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LA BONDAD DE LOS ÁNGELES PDF Imprimir E-mail
Escrito por LORNA BYRNE   

Siempre he mantenido mi vida privada del trabajo que Dios y los ángeles me piden que haga. Y las personas que vinieron a verme en torno a la época de la muerte de Joe no estaban enteradas de mi pena. Una noche, semanas después de la muerte de Joe, estaba en casa con Megan, que dormía, cuando tocaron la puerta. Había un hombre en la entrada. Lo invite a pasar al vestíbulo y, al hacerlo, un ángel me susurro al oído que debía decir que si a lo que me pidiera.

Reconocí la voz del ángel: era Hosus. El hombre que conto que había pasado por Maynooth rumbo a Dublín y que entonces se acordó de mí y quería agradecerme por la ayuda que le había brindado a él y a su familia. Después me pregunto si podía ver a un amigo suyo que estaba muy interesado y, de ser posible, quería que lo viera en los próximos días. Yo estaba indecisa, pero Hosus me había dicho que contestara que sí, y eso hice. Quedamos en que me llamaría al día siguiente para concertar una cita.

Me dio las gracias y se despidió. Cuando se dirigió hacia la verja del jardín, dos ángeles aparecieron a su lado: uno a su izquierda y otro a su derecha. Y se comunicaron conmigo sin palabras para decirme que era un hombre de una gran fe en Dios y en los ángeles, y que sabía escuchar. Al abrir la puerta del automóvil, el hombre se dio la vuelta y me dijo adiós con la mano. Pero yo estaba muy acongojada. Cuando volví a entrar en la cocina, el Ángel Hosus estaba sentado a la mesa, y yo me desplome en una silla a su lado, con el rostro anegado en lágrimas.

 _ No sé si pueda hacerlo_ le dije_. ¿No es demasiado pronto para volver a recibir gente? Hosus se acercó y me tomo la mano y me lleno de paz y valor.
_Lorna, está es tu vida: hacer el trabajo de Dios. Tienes a sus legiones de ángeles a tu disposición, y por eso mismo puedes hacerlo _ dijo, secándome las lágrimas. Después desapareció. El hombre llamo al otro día, y vi a su amigo a la noche siguiente.

Como el clima había empezado a mejorar y cada día hacia más calor, decidí llevar a Megan al zoológico de Dublín. Fuimos en el auto hasta Phoenix Park y lo dejamos en un estacionamiento a unos diez minutos del zoológico. Megan estaba tan emocionada que no le importo que tuviéramos que caminar por el parque, contemplando los arbole y los pájaros y los niños, que jugaban por todas partes. También podía ver a los ángeles jugando con los niños, sin que ellos lo supieran. Al acercarnos al zoológico, pasamos junto a una mujer que vendía dulces y frutas en unos tenderetes. Detrás de ellas había muchos niños jugando en una cañada cubierta de hierba, y me detuve porque pensé que había visto a alguien conocido junto a uno de los árboles. Megan se reía al contemplar a los niños que se deslizaban por la pendiente; quería ir a jugar con ellos. Y mientras observaba la escena, me di cuenta de que la persona que me había resultado conocida era en realidad un ángel. Su luz era tan tenue y tenía una apariencia tan humana, que habría podido pasar por una persona.

El ángel con su apariencia tan humana se apartó del árbol y se sentó en un banco. Unos cuantos  niños corrieron hacia él y, después de unos minutos, lo vi levantarse e ir a jugar futbol con ellos. Otros niños y una pareja se le unieron. Los niños son muy dados a ver a los ángeles, pero parecía que en este caso también los adultos podían verlo. Sin saber que era un ángel, por supuesto. Estaban divirtiéndose de lo lindo. Y yo también me divertí viéndolos, pues nunca había visto a un ángel patear un balón.

Aunque seguía resultándome muy conocido, no lograba saber quién era, hasta que se volvió hacia mí y me saludo agitando la mano. El Ángel Miguel.  Le sonreí y le devolví el saludo. El termino de jugar con el grupo, camino hacia los árboles y desapareció. Los ángeles hicieron muchísimo para consolarme y animarme durante esa época. Y Megan y yo estuvimos felices en el zoológico. 

A veces me sorprendía la capacidad de la gente para encontrarme. Era pura cuestión de boca a boca. Yo no solía darle a nadie mi teléfono, pero la gente se las arreglaba para conseguirlo, o simplemente se aparecían en mi puerta. Yo podía estar colgando la ropa recién lavada en el patio  o alistándome para salir a hacer compras.  A veces querían hablar en ese preciso momento. Otras, venían a  preguntarme si podían venir otro día o traer a alguien más: un pariente enfermo o un amigo con problemas.

Una tarde, tocaron  a la puerta. Al abrir, me encontré con tres mujeres, vestidas con falda y suéteres azul marino y blanco. No llevaban hábitos, pero de inmediato supe que eran monjas católicas. La que estaba en la mitad era muy mayor y llevaba bastón; otra era muy joven y sonriente, y la otra tendría unos cincuenta  años. Había muchos ángeles a su alrededor, con quienes me comunique sin palabras: ¿Por qué han traído a estas mujeres hasta aquí? Ustedes saben que todavía me cuesta mucho atender a la gente”.

Uno de los ángeles que estaba a lado de la monja joven me miro con ojos suplicantes y uniendo las manos como en una plegaria: “Lorna, por favor, necesitan hablar contigo”. No puedo hacer más que ceder. “¿Cómo puedo decirles que no, si ustedes, los ángeles, me lo piden tan tiernamente?”
__ te pedimos disculpas por el atrevimiento_ dijo la monja que tenía unos cincuenta años__. Y espero que no te moleste que hayamos venido a verte, pero hemos oído hablar mucho de ti… y la hermana Catherine__ señalo a la monja anciana con una sonrisa_- ha querido verte desde hace mucho tiempo.  Yo le sonreí y les abrí la puerta de par en par. _ adelante estoy encantada de verlas.

La monja más joven ayudo a la hermana Catherine a subir las escaleras y fuimos a la cocina. La más joven se llamaba Ann; la tercera Mary. Cuando les pregunte si querían verme las tres al mismo tiempo, la hermana Mary respondió enseguida:  _ la hermana Catherine viene a verte a solas, y nosotras también preferimos que así fuera.  Entonces sugerí que la hermana Catherine se quedara en la cocina y lleve a las otras dos al salón.

Tan pronto regrese a la cocina, la luz del ángel de la guarda de la hermana Catherine se abrió. Era un ángel masculino y hermoso, vestido con lo que parecía una delicada armadura de plata. Me dijo  que acercara mi silla a la de la monja, y eso hice. Entonces la hermana Catherine me tomo de las manos y se puso a llorar. Su ángel de la guarda empezó a brillar con más fuerza; sentía mucho amor y compasión por ella. Una luz descendió lentamente a nuestro alrededor. El ángel de la guarda se sonrió, y yo sabía que les había pedido a los ángeles sanadores que vinieran a ayudarnos.

Estábamos rodeadas por cuatro ángeles sanadores. Eran tan altos y delgados que la hermana Catherine y yo nos veíamos pequeñísimas a su lado. Eran muy, muy brillantes, y su resplandor los hacían verse aún más translucidos. Eran de un color opalescente; blanco es el color más parecido para describirlo, pero no le hace justicia a la belleza de lo que viene en ese momento. Yo veo ángeles sanadores con regularidad, casi toda la semana. Y aunque nunca he visto sus alas claramente, y esa vez tampoco las vi, sé que las tienen. Estos ángeles son muy parecidos entre sí, pero aun así puedo ver diferencias sutiles en sus rostros, por ejemplo, en forma o la expresión.

Casi siempre aparecen en grupo, y siempre parecen trabajar en círculo, rodeando a la persona necesitada de la sanación. Los ángeles sanadores son, por supuesto, un regalo de Dios. Y nuestro ángel de la guarda es el que les da paso. Si nuestro ángel de la guarda no le da paso a un ángel (o a cualquier espíritu, es decir, a un alma que se ha ido al cielo), entonces no puede acercársenos, pues, como ya he dicho antes, el ángel de la guarda es el  custodio del alma.

Dios vierte su gracia sobre nosotros a través de los ángeles sanadores, quienes pueden auxiliarnos con toda clase de sanaciones. Físicamente, pueden ayudar un al cuerpo a oponer resistencia ante un virus o a sanar más rápidamente. A veces nos brinda sustento emocional, por ejemplo, al permitirnos ver más luz en nuestra vida cuando estamos deprimidos. Y también pueden ayudarnos espiritualmente, por ejemplo, al disminuir nuestra ceguera espiritual y a favorecer que abramos más los ojos hacia Dios y hacia la existencia de sus ángeles y las maravillas de la vida que nos rodean.

Ahora, los cuatro ángeles sanadores estaban muy cerca de la hermana Catherine t de mí. Podía sentir su amor y su luminosidad enormes. Sentía como si la gracia de Dios estuviera descendiendo sobre nosotras. Entre sollozos, la monja me hablo de su miedo a la muerte y de su certeza de que su hora se acercaba. Me dijo que se avergonzaba de sus temores, pues, como monja, sentía que no debía tener miedo, y que Jesús estaría furioso con ella por sentir ese miedo, por esa falta de fe.

Su ángel de la guarda me dijo que la abrazara: “haz que sienta tu amor. Es un consuelo que no recibe a menudo”. La abrace. Era muy débil, pero me abrazo con fuerza. Entonces le susurre al oído que no había nada que temer, que Dios se la llevaría dulcemente. Le asegure que no había ninguna razón para tener miedo de la muerte. __ Cuando tu alma haya abandonado el cuerpo, no querrás regresar. ¿Por qué te querrías regresar a un cuerpo viejo y cascado? __dije para animar un poco el ambiente, y las dos nos reímos.

Después de unos cuantos minutos,  la hermana Catherine se apartó y yo me enderece en mi asiento, sin soltarle la mano. Me dijo que había estado sola toda la vida, aun cuando había estado rodeada por todas las monjas. Yo le hable de su ángel de la guarda. Ella me pidió que rezara por ella y, mientras lo hacíamos, los ángeles sanadores tocaron sus ojos cerrados. Después me dijeron que cerrara también los míos y, mientras seguimos rezando, sentí como el miedo la abandonaba y en su lugar se posaba una paz profunda.

Debo haber pasado más o menos una hora con la hermana Catherine. Al caminar hacia el salón me dio las gracias. _ya no tengo miedo de morir. Y sé que Jesús estaba diciéndome que viniera a verte. Tenía que venir y ahora sé por qué. Tras dejar a la hermana Catherine con la hermana Mary, hable con Ann  en la cocina. Me explico que era una novicia, que le encantaba ser monja y que iba a hacer sus votos finales el año siguiente, pero que debes en cuando tenía dudas de si eso era lo que Dios quería para ella. Pude ver que había dos ángeles maestros con ella. Uno para ayudarle a aprender u otro para enseñarle a rezar. _ ¿que sientes en tu corazón? _ pregunte, sonriéndole. _el amor de Dios respondiendo rápidamente. Volví a sonreírle. _Allí tienes tu respuesta. Rezamos juntas y después le di la bendición. Con una enorme sonrisa en el rostro, la hermana Ann se fue a llamar  a la hermana Mary. Estaba muy feliz.

Mientras hablaba con la hermana Mary, la luz de su ángel de la guarda se abrió brevemente, mostrándome una apariencia femenina de carácter fuerte. No recuerdo de qué hablábamos, pero me pregunto si podía rezar con ella y darle la bendición. Y lo hice, por supuesto. Cuando terminamos, camine hasta el auto con las tres monjas. La hermana Catherine iba tomada de mi mano con fuerza y repetía: _Gracias Lorna, y dale gracias a Dios de mi parte.

Nos despedimos y les dije adiós con la mano mientras se  alejaban. Después volví a la cocina. El Ángel Miguel estaba de pie junto a la ventana. Me puse feliz de verlo, y él me tomo de la mano y me dijo que lo había   hecho  muy bien.  Miguel me lleno de fuerza y, poco después desapareció. Un día recibí una llamada si podía ver a un joven que había tenido un accidente automovilístico. En la mañana acordada, cuando oí que un vehículo se detenía en la entrada, Salí corriendo a abrir y me quede observando mientras dos  personas, que supuse que eran los padres, acercaban a la entrada a un joven de unos veintitantos años en una silla de ruedas. Nos presentamos y entonces intentamos subir la silla de ruedas por las escaleras que acceden a la casa.

Nos sentamos todos a la mesa de la cocina. Observe al joven,  que se llamaba Conor; la luz de energía que lo rodeaba era muy débil. No podía hablar. Simplemente estaba ahí sentado, inmóvil, en su sillas de ruedas. La madre lloro cuando me explicaron su situación. Tenía un daño cerebral grave y las piernas paralizadas. No parecía tener mucho movimiento en el resto del cuerpo, y tampoco parecía entender ni oír nada. No respondía y no había manera de comunicarse con él. Los médicos habían dicho que no había esperanzas, que permanecería en estado semivegetal el resto de su vida.

Me quede mirándolo. Estaba rodeado por ángeles sanadores, pero no había ninguna luz de energía alrededor de su cuerpo. La luz de ángel de la guarda se abrió para mostrarme una poderosa fuerza masculina y me dijo con un tono muy convincente: “¡Conor no es un vegetal, Lorna! Háblale, él te oirá. Lo que necesita es una razón para vivir. Necesita valor para luchar y levantarse de esa silla de ruedas, caminar y vivir su vida”.  Luego, la luz de su ángel de la guarda se cerró. Entonces me puse de pie, me acerque a Conor y, rezando en silencio, le toque las piernas, las manos y el pecho. Tras sentir el latido de su corazón, puse mi mano en su cabeza y lo mire a los ojos.

_ Sé que puedes oírme _ le dije_. Y sé que vas a mejorarte, pero tienes que luchar. Tienes que hacer un esfuerzo por caminar y por hablar. Tienes que hacerlo. Debes tener deseo de mejorarte. He visto que puedes recuperarte, conseguir un trabajo, casarte y tener hijos, pero no debes darte por vencido. Tienes que luchar para mejorarte. Le rezaré a Dios por ti todos los días, no voy a darme por vencida. No importa lo que digan los médicos ni nadie más. Puedes recuperar tu vida. Pero tienes que luchar.

Guarde silencio un rato, mientras rezaba. Seis ángeles sanadores rodeaban a Conor con los brazos extendidos, tocando cada parte de su cuerpo. _ sé que puedes oírme_ volví a decirle_ sé que has oído lo que acabo de decir, aunque no puedas demostrármelo. Puedes hacerlo pero tienes que luchar.
Sus padres rezaban a mi lado, con el rostro anegado en lágrimas. Habían creído lo que habían dicho los médicos y tenían miedo de hacerse demasiadas esperanzas. Tenían el deseo desesperado de creer que babia una posibilidad de que su hijo se mejorara. Los acompañe hasta el auto móvil, rezando aun por la recuperación de Conor.

Tiempo después _ varios meses, quizás un año_, sus padres me llamaron para ver si podían traer a Conor nuevamente. Era una persona completamente diferente. Todavía estaba en la silla de ruedas, pero podía mover los brazos y la cabeza. Y podía hablar con voz entrecortada. No era fácil entenderlo, pero yo le entendía claramente. _Lorna, te oí ese día_ me dijo_. Estaba gritando por dentro. Y tú fuiste la única persona que pareció darse cuenta de que no era un vegetal. Me diste esperanzas _ tenía que hacer un esfuerzo para hablar, de modo que hizo una pausa. Le sonreí al oírlo continuar _: me distes  fe y valor para obligar a mi cuerpo a responder. Gracias. Sé que voy a mejorarme. ¿Seguirás rezando por mí? Volví a rezar sobre su cuerpo mientras los ángeles sanadores descendían. Y le di la bendición.

Desde entonces, he visto a Conor un par de veces, y cada vez ha mejorado un poco más. La última vez que lo vi fue más o menos un año, en Dublín. Iba riéndose, y parecía caminar perfectamente. No se veía ningún indicio de su accidente. Él no me vio, pero su ángel de la guarda se abrió y me mostro una gran sonrisa. No sé si vuelva a ver a ese joven, pero sigo rezando por él y pidiendo por su recuperación y por todo lo que necesita en su vida.






 

 


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