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VINO, ELIXIR DE VIDA PDF Imprimir E-mail
Escrito por Gabriel Delgado   

Oh, tú, invisible espíritu del vino, para algunos, lacra y epidemia social, sigues siendo para otros una oculta dimensión mágica y esotérica que se relaciona con la alquimia, el amor, la religión, la sabiduría y la medicina.
 
“Donde no hay vino no hay amor”, afirmó alguna vez el poeta dramático griego Euripides. Y cuando alguien le dijo al poeta y astrónomo persa Omar Khayyam que no bebiera más vino, respondió: “Cuando bebo comprendo lo que dicen la rosa, la amapola y el jazmín, y aún comprendo lo que decir no saben los libros ni mi amada”. “Un sorbo de vino vale más que el reino de Kavus; es preferible al trono de Kobad, al imperio de Thus. Cuando muera, ungidme con el jugo de la parra; en lugar de plegarias, cantad sobre mi tumba las alabanzas de la copa y el vino.”
 
Quien así se refiere al jugo fermentado de la uva no es precisamente un borrachín empedernido, sino alguien que, además de poeta y astrónomo, fue un reconocido místico, matemático y alquimista.
 
Entre los esoteristas sufíes del Islam el vino es símbolo de gracia, de la ebriedad del alma, próxima a Dios y plena de conocimiento. Dice Jalal-ud-din Rumi, el mayor de los poetas sufíes: “Antes de que en este mundo hubiera un jardín, una viña y uva, nuestra alma estaba ebria de vino inmortal”
 
El vino es agua de vida”, afirma el Eclesiastés, donde más adelante se dice que el vino, bebido moderadamente, es alegría del alma y del corazón. Por su parte, El Libro de los Jueces asegura que “los árboles, deseando tener un rey, eligieron a la viña”.
 
Este viejo y espirituoso licor, tan antiguo como el hombre, degustado con moderación, es también óleo puro para la lámpara de la inteligencia, da frescura al alma e impulsa la mente hasta las estrellas. Sin duda, pues, esta bebida forma parte de la iconografía de los paisajes de la creatividad.
 
Las propiedades del vino tampoco escapan a la observación de la medicina académica y la naturista. El doctor Ronald Kraus, científico de la Universidad de California en Berkely, y miembro de la Comisión de Asesoría Nutricional de la Asociación de Cardiología en EE.UU., dice que el consumo modesto de vino tinto está asociado a la disminución en el riesgo de sufrir enfermedades cardíacas, y que también eleva el colesterol bueno en la sangre. De otro lado, una investigación de científicos japoneses revela que el vino en pequeñas cantidades intensifica el flujo sanguíneo en el cerebro incrementando la función mental, sexual y la memoria.
 
Se ha demostrado que los pigmentos polifenoles que se hallan en el vino tinto, no así en el blanco o rosado, inhiben la producción del péptido Endotelina-1 que, siendo un vasoconstrictor, contribuye al endurecimiento de las arterias. Durante la comida se recomienda beber muchas veces vino pero poco cada vez; unas dos copas aproximadamente.
 
Entre lo sagrado y lo profano, el vino es una bebida con cuerpo y alma y en su esencia se encuentra el espíritu del viento, la calidez del sol y la frescura de las lluvias. Es un milagro que extrae de las entrañas de la tierra el aliento vital que lo convierte en fruto, y que hasta sería capaz de destilarse a sí mismo para beberse y embriagarse con su propia sustancia.
 
Seguramente por eso el hombre antiguo honró esta milenaria bebida incluyéndola en sus ritos y deidades, porque tal elixir, de tan misteriosa esencia, sólo podía haber sido creado por los dioses. Igual las tierras virtuosas donde se cosechaba el vino eran lugares poderosos, cargados con la esencia de las tradiciones milenarias, testigos de ritos y celebraciones, de cantos y danzas que alababan a Baco. Ojalá el hombre moderno siga considerando los viñedos como territorios mágicos en donde se esconde la esencia misteriosa que da aliento a la vid, que alimenta sus tallos y que luego impulsa a las flores a abrir su mirada al sol para convertirse en uvas.      
 
Salud a ti, amigo lector, y a todos los seres de este infinito Universo, cepas de la misma viña. Bajo la luz de la luna y rodeados de flores, degustemos una copa sin ocuparnos ni de la felicidad ni de la desdicha. Quien no ama el vino, a la mujer y a las canciones, se gradúa de necio para toda la vida.


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