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Escrito por SANTIAGO ROJAS   

Extraído del libro Desestrésate
 

“Si en medio de las adversidades persevera el corazón con serenidad, con gozo y con paz, esto es amor” Santa Teresa de Jesús
 

Parece que el escaso conocimiento del inglés que tenía Hans Selye hizo que eligiera el término stress y no strain, para enmarcar su descubrimiento. Cuando quiso corregirlo no pudo, pues el inesperado auge de su aceptación lo hizo imposible.

El término stress significa “tensión, presión”, y al no existir una traducción satisfactoria en otros idiomas, pasó a formar parte del lenguaje científico universal y, finalmente, apareció el término castellanizado. El término strain hace parte del campo de la física; se emplea al hablar de la presión o tirantez a que es sometido un cuerpo por una fuerza determinada (la tensión de una cuerda o de un músculo, por ejemplo). A pesar de ser más próximo a lo que Selye quiso describir, no consiguió traspasar la barrera idiomática y hoy solo se cita en pocos medios especializados.

Además, la palabra estrés fue adoptada por muchos idiomas en el mundo, de forma general, para referirse siempre al aspecto negativo del término, o sea, al distrés. Esto ha causado el mayor error, ya que hemos vuelto negativo un aspecto natural de adaptación; hemos convertido el estrés en una enfermedad, cuando en realidad tiene dos caras: representa tanto el mal como la solución, pero solo vemos una.



Así, la medicina primó sobre la psicología. La medicina tiende a ver todo como enfermedad. Se dice, con ironía, que los cirujanos opinan que todo paciente bien examinado debe ser operado en alguna parte. La medicina preventiva lleva pocas décadas y la de promoción de salud y bienestar, aunque tiene siglos de generación, solo está empezando a ser valorada en este siglo. La medicina logró que pensáramos negativamente del estrés, desconociendo el eustrés, que es esencial para la vida. En realidad, los médicos y todos los terapeutas de la salud somos, en esencia, educadores y debemos fomentar los buenos hábitos preexistentes en los pacientes o educar en los que consideramos necesario implantar para que sea el propio sujeto quien produzca el cambio definitivo. Así, cada quien se puede encargar de transformar, en la medida de sus posibilidades, el estrés malo en bueno; el distrés en eustrés.

Dedicamos miles de libros a hablar de la enfermedad y solo pocas líneas para rescatar los factores propios que actúan en la resolución de los conflictos y las dificultades, para salir triunfadores frente a las crisis y la enfermedad. Si esto cambiara, se fortalecería la motivación de poner en actividad la capacidad de curación que todos tenemos.

También, desde el punto de vista funcional y de la química del cuerpo, se puede hacer una diferenciación entre eustrés y distrés, dado que con el primero se aumentan las catecolaminas (provenientes del sistema nervioso central y vegetativo) sin la aparición del cortisol (proveniente de la corteza suprarrenal, estimulada desde la hipófisis). En esencia, el cortisol es la hormona del distrés. Su secreción excesiva produce infinidad de efectos desafortunados en la salud, aunque tenga otros necesarios como la inhibición de los efectos de la testosterona, la hormona sexual masculina, que tiene importantes actividades a todo nivel, incluso en la sensación de control y dominio del hombre.

De la compleja bioquímica del cerebro humano también se sabe que existen tres sustancias que favorecen nuestro bienestar: la serotonina, la noradrenalina y la dopamina. Estos son los químicos cerebrales que, infortunadamente, comienzan a fallar cuando los niveles de distrés son mayores que los niveles que una persona puede manejar. Entre otras funciones importantes, la serotonina regula el sueño y, por ende, el descanso y la recuperación; la noradrenalina nos da energía y vitalidad para enfrentar las demandas, y la dopamina nos da placer y disfrute por la vida. Cuando hay eustrés, se recupera la función de estas aliadas del bienestar.

Se puede decir que el eustrés es una situación que involucra al sistema nervioso y al endocrino, generada por actividades en las que hay alto grado de control por parte de la persona, sin importar las demandas.

En palabras del investigador John Milsum, en 1985, el eustrés es “la condición ideal en cuya dirección se efectúa el trabajo del complejo sistema homeostático de cada individuo”, o sea, va en dirección favorable a la función natural del organismo como producto de la adaptación frente a la demanda, equilibrada por la propia capacidad del organismo.

EUSTRESORES

Es bueno empezar a hacer un uso adecuado de los términos para entender que existen eustresores o estímulos favorables que llevan al equilibrio y al bienestar, y darles la importancia que requieren, en vez de solo resaltar los distresores.

El eustresor es una herramienta que le permite a la persona desplazar las resistencias que encuentra en su camino. Pueden ser personales o ambientales, casuales o totalmente buscadas, que refuerzan el bienestar psíquico y físico, así como sus defensas ante los desajustes. Los eustresores también pueden venir de afuera, como apoyo social, profesional, espiritual y demás, para mejorar la adaptación y reducir los efectos desfavorables del distrés. Los eustresores están presentes cuando se tiene un punto de vista favorable de lo que se realiza. Las personas optimistas, contentas y que irradian bienestar y alegría mantienen sus estímulos favorables activos, como el buen humor, el mirar los hechos de una manera positiva y ver oportunidades valiosas en cada acción de la vida. 


 Es esencial trabajar en los eustresores para facilitar la transformación del distrés en eustrés, desde antes que la tensión aparezca. A veces, al utilizar técnicas para afrontar el distrés, tales como la respiración, relajación y meditación, que son por supuesto muy eficaces en el control del distrés, damos por sentado lo inevitable que es el evento distresante, aumentando la percepción negativa del hecho, sin que podamos comprender que, muchas veces, necesitamos solamente un cambio de actitud, pues siempre hay eustrés en cada acción, una persona cualquiera, por ejemplo, puede sentir severo distrés frente a una presentación en público, así que deberá relajarse, aprender a respirar, o incluso orar o meditar para minimizar el efecto distresante que esto le genera. Estas estrategias, que avalo y recomiendo permanentemente como solución, se hacen necesarias cuando no podemos disfrutar el hecho de hacer algo que a otros les agrada y disfrutan, realizándolo con pleno eustrés. Tener que recurrir a medidas antidistrés significa que no logramos gozar y disfrutar de lo que se nos presenta en la vida de una manera simple y espontánea. Si fortalecemos en nuestra vida eustresores como los citados anteriormente, y no como respuesta posterior al distrés, podremos resolver de una manera más simple y saludable los eventos demandantes, obteniendo mayor bienestar. Toda actividad eustresante alimenta la adaptación mental y física con respecto a sí mismo y al entorno. Cada actividad dependerá de la intensidad, capacidad y disfrute con que se viva. Para algunos, pasear, estar en una obra de teatro, visitar a un amigo o reírse, puede ser tan favorable como la intensidad de un acto de paracaidismo o de cualquier otro deporte extremo.
 
Siempre que haya una adaptación adecuada a lo que se está viviendo y que se experimente con gozo, el resultado será una situación eustresante que se pondrá en contra de la balanza del distrés. Así que no solo hay que combatir el distrés, también hay que desarrollar el  cada día.
 

 



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