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CONDUCTA ADICTIVA PDF Imprimir E-mail
Escrito por DEEPAK CHOPRA   

Tomado del libro Vencer las Adicciones

Cada vez que quiero entender  el significado de la maravilla y la dicha, evoco una luminosa y bella tarde en que fui a caminar con la hija de mi vecino, una niña de tres años. Si bien el paseo no consistió más que en dar una vuelta a la manzana, tardamos casi una hora. Casi todo lo que veíamos u oíamos era un gozoso descubrimiento y daba ocasión a una  entusiasta discusión. Una y otra vez nos deteníamos a mirar  los coches estacionados a lo largo de la calle. Mi pequeña amiga comentaba, entusiasmada, los colores, los tamaños, las formas y hasta insistía en tocar cada uno de ellos. Dedicaba la misma atención fervorosa a las flores que crecían en los jardines ante los cuales pasábamos y al sonido lejano  de una locomotora.  Cuando  pasaba un avión, nos deteníamos de inmediato y contemplábamos el cielo hasta que el aparato sólo era una mota en la lejanía. Y, por supuesto, lo saludábamos con la mano.


Durante esa caminata alrededor de la manzana, hubo muchas cosas importantes que aprender. Por ejemplo, era evidente que el placer de la pequeña no provenía de las cosas que encontrábamos. Lo que veíamos, oíamos o tocábamos no eran más que oportunidades  para que la niña expresara lo que ya estaba dentro de ella. El sentimiento no derivaba de ningún objeto del mundo exterior  sino que  se  proyectaba al mundo, partiendo desde su corazón y su alma.  En lo que a mí respecta, alegría es la palabra que mejor describe ese estado de placer generado en uno mismo.

La mayoría de la gente, o al menos los adultos, no experimentan alegría cada vez que dan un paseo en torno de la manzana, y tienen buenos motivos. Los niños viven en un universo de pura contemplación y, para ellos, lo que ven, lo que oyen, lo que tocan existe para ser disfrutado, para jugar con eso, no para ser usado. La vida de los mayores, en cambio, está dominada por las responsabilidades. Un día soleado, cuando caminamos, percibimos el mundo como una mezcla difusa de colores y texturas, mientras nuestras mentes siguen concentradas en los problemas que nos parecen más urgentes en el momento, cualesquiera sean éstos. No importa el nombre que demos a este nivel de experiencia; sin duda no se trata de alegría.

Pero, supongamos que ese adulto preocupado camina con la vista en la acera, y de pronto encuentra algo inesperado: ¡un billete de cien dólares! ¡El efecto es casi mágico! Ante este golpe de buena suerte, las aflicciones que lo abrumaban se desvanecen de pronto, al menos por un momento. Si a usted le sucediera esto, de inmediato surgiría en su mente una lista de las cosas que podría hacer con ese dinero. Quizá no lo consideraría una experiencia transformadora, pero por cierto lo consideraría algo muy bueno, y su estado de ánimo cambiaría de manera evidente. ¿Qué sentiría? Estoy seguro de que al instante surgiría una palabra: felicidad. Encontrar cien dólares le hace feliz. El dinero es un motivo externo, y la felicidad un resultado interno. La dicha, por el contrario, podría definirse como felicidad sin motivo. La dicha es un estado interno preexistente que define la manera que percibimos el mundo. La dicha es una causa, mientras que la felicidad es un efecto.

No sugiero que nosotros, los adultos, intentemos siempre vivir la vida como si fuéramos niños; se trata de que tomemos conciencia del dichoso estado de ser que una vez fue nuestro. Todavía podemos acceder a él, si bien a menudo se confunde con esa experiencia tan diferente que he llamado felicidad. La felicidad es aquello que buscamos, que anhelamos, incluso es aquello por lo que luchamos. Es lo que tratamos de encontrar o, más bien, que tratamos de comprar. La dicha es lo que somos. Las personas procuran evitar el dolor y sentir placer, y buscarán sentirlo en cualquier forma que les parezca accesible. Si hemos permitido el contacto con nuestras fuentes internas de dicha, si la felicidad que se origina fuera de nosotros es la única dicha que conocemos, ésa será la experiencia que buscaremos por nosotros mismos. Según nuestras circunstancias, esta podría ser una tarea muy positiva y fructífera. Por desgracia, también podría ser una adicción, en cualquiera de sus formas.

Permítame cambiar la experiencia de encontrar cien dólares por otras posibles. Supongamos que, en lugar de encontrar dinero, un joven que vive en un universo  de dolor y de violencia, s e topa con una sustancia que lo transporta, al instante, a una vivencia por completo diferente, aunque sólo sea por breve tiempo. Imaginemos a otro joven, estancado en su carrera, sufriendo las presiones económicas de la familia, que se siente más relajado si se queda levantado después que su esposa se ha acostado, y bebe una cerveza… y se siente mejor aún si consume media docena. En el caso de otra persona, esta clase de huida podría hallarse en la lista interminable de sustancias y  comportamientos  potencialmente adictivos. Cualquier experiencia que brinde placer despertará, como es lógico, el deseo de repetirla. En el comienzo, al menos, esta repetición es voluntaria. Después, cuando la adicción está instalada, se convierte en una necesidad, incluso en una compulsión.

El Ayurveda identifica con claridad los mecanismos psicológicos y fisiológicos que hemos estado comentando. Cada vez que ejecutamos una acción, ya sea recoger un lápiz o navegar por los rápidos en un bote de goma, la registramos dentro de nosotros de acuerdo con un espectro que va del máximo dolor al máximo placer. Finalizada la acción, sigue existiendo en nuestras mentes –y también en nuestros cuerpos-, como recuerdo  catalogado  según un  dolor o placer de determinada intensidad.  Si el porcentaje de “dolor” es lo bastante alto, haremos todo lo posible por no repetir la acción. Pero si nos proporciona gran placer, pondremos el mismo esfuerzo para realizar una vez más esa acción.

La palabra sánscrita Karma significa Acción. Puede referirse  tanto a una actividad física como a un proceso mental, un pensamiento o una emoción. Cada acción contiene semillas del recuerdo, que, en el mismo idioma, se llaman sanskara, y las del deseo, que se denominan vasana. La diferencia esencial entre estos dos conceptos consiste en que uno mira atrás, mientras que el otro mira adelante. Si el recuerdo de una acción es placentero, engendrará el deseo de ejecutar una nueva acción que será por lo menos, tan disfrutable como la original. Quizá, la nueva acción no haga más que duplicar  la anterior,  o tal  vez trate de obtener mayor placer aún.

La verdad esencial   de  este paradigma fue reconocida incluso por tradiciones filosóficas muy lejanas de la hindú. El escritor francés Honorato de Balzac observó que en las vidas de personas muy emotivas –se refería, en especial, a jugadores y amantes-, existe a menudo una experiencia cumbre que llega a dominar todas las futuras acciones dando lugar a luchas individuales por recrear la intensa estimulación de aquel momento irrepetible. Tal vez sin comprenderlo, Balzac nos brindaba una descripción perfecta de la conducta adictiva, si tenemos en cuenta que el juego y el sexo compulsivos son dos de las adicciones mejor documentadas.
 

 



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