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EL CORAZÓN PDF Imprimir E-mail
Escrito por THORWALD DETHLEFSEN Y RUDIGER DAHLKE   

El palpitar del corazón es un proceso relativamente autónomo que, sin una técnica determinada (por ejemplo, biofeedback), se sustraer a la voluntad. Este ritmo  sinusal es expresión de una rigurosa norma del cuerpo. El ritmo cardiaco imita al ritmo respiratorio, el cual es susceptible de alteración voluntaria. El palpitar del corazón lleva un ritmo rigurosamente ordenado y armónico. Cuando, por las llamadas arritmias, el corazón se encalla momentáneamente o se desboca, ello manifiesta una perturbación del orden y el desfase respecto al esquema normal.

Si repasamos algunas de las muchas frases hechas en las que se habla del corazón, veremos que siempre se refieren a situaciones emotivas. Una emoción es algo que el individuo saca de sí, un movimiento de dentro afuera (latín emovere, mover hacia fuera). Decimos: El corazón me salta de alegría; del susto, me ha dado un vuelco el corazón; se me sale del pecho; lo noto en la garganta; se me oprime el corazón. Si una persona carece de esta parte emotiva, independientemente del entendimiento, nos parece que no tiene corazón. Si dos personas están bien compenetradas decimos que sus corazones laten al unísono. En todas estas imágenes, el corazón es símbolo de un centro del individuo que no está regido por ni por el intelecto ni por la voluntad.

Pero el corazón no es solo un centro, sino el centro del cuerpo; esta aproximadamente en el centro, ligeramente ladeado hacia la izquierda, el lado de los sentimientos (correspondiente al hemisferio cerebral derecho). Esta exactamente en el lugar que uno toca cuando se señala a sí mismo.  El sentimiento y, como nos indica ya las frases hechas. El que lleva a los niños en el corazón es que los quiere. Cuando se encierra a una persona en el corazón es que uno se abre a ella. Tiene gran corazón la persona que es abierta y expansiva, todo lo contrario del individuo de corazón mezquino, que no conoce sentimientos cordiales, que tiene el corazón duro. Ese nunca dejaría que nadie le robara el corazón y por eso en nada pone el corazón. El blando por el contrario, se arriesga a amar con todo el corazón, infinitamente. Estos sentimientos apuntan a la superación de la polaridad que para todo necesita unos límites y un fin.

Ambas posibilidades las encontramos simbolizadas en el corazón. Nuestro corazón anotómico está dividido interiormente, y el <<latido>> es bitonal. Con el nacimiento del individuo y su  entrada en  la polaridad, consumada con la primera inspiración de aire, se cierra la divisoria del corazón con un movimiento  reflejo y lo que era una gran cámara y un sistema circulatorio se convierte súbitamente en dos, lo cual el recién nacido suele acusar con llanto. Por otra parte, la representación esquemática del símbolo del corazón-tal como lo pintaría espontáneamente un niño- se compone de dos cámaras redondas que terminan en un vértice. De la dualidad surge la unidad. A esto nos referimos al decir que la madre lleva al niño debajo del corazón.

Anatómicamente la expresión no tiene sentido: aquí el corazón se considera símbolo de amor, y no importa que la anotomía lo situé en la parte superior del cuerpo cuando el niño se está formando más abajo.  También podría decirse que el ser humano tiene dos centros, uno arriba y otro abajo: cabeza y corazón, entendimiento y sentimiento. De una persona completa esperamos que disponga de ambas funciones y que las tenga en armónico equilibrio. El individuo puramente cerebral resulta incompleto y frio. El que solo se rige por un sentimiento resulta con frecuencia imprevisible y atolondrado. Solo cuando ambas funciones se complementan y enriquecen mutuamente, el individuo se nos aparece redondo.

Las múltiples expresiones en las que se invoca el corazón indican que lo que hace perder al corazón su ritmo habitual y mesurado es siempre una emoción, que tanto  puede ser el miedo que dispara el corazón o lo paraliza, como alegría o amor, los cuales aceleran de tal modo los latidos que uno los siente en la garganta. Lo mismo ocurre con las perturbaciones patológicas del ritmo cardiaco. Solo que aquí la emoción que las provoca no se advierte. Y este es el problema: las perturbaciones afectan a las personas que no se dejan desviar de su camino por <<simples emociones>>. Y el corazón se altera porque el ser humano no se atreve a dejarse alterar por las emociones.

El individuo se aferra a la razón y a la norma y no está dispuesto a dejarse gobernar por los sentimientos. No quiere romper la rutina de la vida por las acometidas de la emoción. Pues bien, en estos casos, la emoción pasa al terreno somático y uno empieza a padecer trastornos cardiacos y tiene que auscultar su corazón literalmente.

Normalmente no percibimos los latidos del corazón: solo una emoción o una enfermedad nos hacen sentirlos. No percibimos los latidos del corazón más que cuando algo nos excita o cuando algo se altera. Aquí tenemos la clave para la comprensión de todos los síntomas cardiacos: son síntomas que obligan al  individuo a escuchar su corazón. Los enfermos cardiacos son personas que solo quieren escuchar a la cabeza y dejan en su vida muy poco espacio al corazón. Esto se aprecia especialmente en el cardiófobo.

Se llama cardiofobia (o neurosis cardiaca) a una angustia, sin fundamento físico, por el funcionamiento del propio corazón, que induce a una observación enfermiza del corazón. El miedo al ataque al corazón es tan fuerte en el cardioneurótico que este no tiene inconveniente en cambiar totalmente de vida.

Si buscamos el símbolo de este comportamiento, apreciamos una vez más la sabiduría y la ironía con la que actúa la  enfermedad: el que solo quiere regirse por el cerebro, es obligado a vigilar constantemente su corazón y supeditar su vida a las necesidades del corazón. Tiene tanto miedo de que su corazón un día se pare_ miedo, por otra parte, totalmente justificado_ que vive pendiente de él y lo sitúa en el centro de su mente. ¿No tiene gracia? Lo que en el neurocardíaco se opera en el plano mental, en la angina de pecho ya ha pasado al cuerpo.

Los vasos que llevan  la sangre al corazón no reciben suficiente alimento. Aquí no hay mucho que explicar, pues todo el mundo sabe lo que significa un corazón duro o un corazón de piedra. Angina equivale a angostura,  y angina de pecho, por lo tanto, es estrechez de corazón. Mientras que el cardioneurótico experimenta esta estrechez en forma de ansiedad, en el enfermo de angina pectoris esta estrechez se ha concretado. La terapia aplicada por la medicina académico en estos casos tiene un simbolismo original. Se administra al enfermo capsulas de nitroglicerina (por ejemplo, cafinitrina), es decir, material explosivo. De este modo se dilatan las estrecheces, a fin de volver a hacer sitio para el corazón en la vida del enfermo. Los enfermos cardiacos temen por su corazón, ¡y con razón!

Pero muchos no entienden la invitación. Cuando el miedo al sentimiento crece de tal  modo que uno solo se fía de la norma absoluta, la solución es hacerse colocar un marcapasos. Y  así el ritmo vivo se sustituye por un marcador de compas (¡el compás es al ritmo lo que lo muerto es a lo vivo!). Lo que antes hacia el sentimiento lo hace ahora un aparato. Pero, si bien uno pierde la flexibilidad y capacidad de adopción del ritmo cardiaco, y ya no ha de tener los brincos de un corazón vivo. El que tiene un corazón <<estrecho>>es víctima de las fuerzas del Yo y de sus ansias de poder.

Todo el mundo sabe que la hipertensión favorece el infarto de miocardio. Ya hemos visto que el hipertenso es un individuo que tiene agresividad pero la reprime por miedo del auto dominio. Esta acumulación de energía se descarga por el infarto de miocardio: le rompe el corazón. El ataque al corazón es la suma de todos los ataques no lanzados. En el infarto, el individuo comprueba la verdad de que la sobrevaloración de las fuerzas del Yo y el dominio de la voluntad nos aísla de la corriente de la vida. ¡Sólo un corazón duro puede quebrarse!
 



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