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LA PIEL PDF Imprimir E-mail
Escrito por PAOLO CATALDI   
Extraído del libro La Dieta Mayr (Paolo Cataldi)

“En la piel sentimos el mundo que nos rodea y de la piel no podemos salirnos”

Las consecuencias de la enfermedad intestinal interesan a muchos parámetros relacionados con ese concepto genérico que tenemos de la belleza y de la armonía de nuestro cuerpo: el volumen del abdomen, la forma de tórax, la postura erecta, la constitución de la piel. Entre estos parámetros el más importante para determinar la belleza es la piel, que es también el espejo más claro de nuestra salud.

La piel de un individuo sano es de color rosado, suave, lisa, tersa, elástica y más bien gruesa. Se adhiere firmemente al tejido subcutáneo, reproduciendo tenuemente la forma de los músculos, los huesos y los órganos que cubre: así es como se crean esas curvas espléndidas que admiramos en un cuerpo sano. Por efecto de las toxinas intestinales la piel sufre unas alteraciones progresivas que, además de estropear cada vez más la belleza, constituyen importantes parámetros diagnósticos para evaluar el grado de intoxicación en que se encuentra el organismo.
El color de la piel del rostro. La coloración normal de los individuos de raza blanca va del rosa claro al marrón clarito, según el origen étnico y el grado de bronceado. Además, la piel sana siempre tiene un aspecto delicado, liso, luminoso, como si acabara de ser lavada. Cualquier desviación del color que hemos indicado manifiesta intoxicación.
El tono pálido puede ser difuso, es decir, que puede apreciarse en toda la cara, o bien verse sólo en algunas zonas de ella, como por ejemplo alrededor de la boca, en la barbilla o en las sienes. Lo causan las toxinas que circulan en la sangre: al producir espasmos en los capilares obstaculizan el flujo de la sangre en esas zonas de la piel.
La coloración grisácea es característica de quien sufre estreñimiento desde hace años. E las primeras fases de la enfermedad puede reconocerse sólo si se observa con atención, sobre todo si la piel está morena; es más evidente en la zona de las sienes.

El tono rojizo-azulado, que suele apreciarse que puede apreciarse sobre todo en las mejillas, se suele erróneamente considerar signo de buena salud. En realidad no es más que un síntoma del estado avanzado de la enfermedad, el de la parálisis. E hecho, en la primera fase, la de la excitación, los capilares se estrechan como consecuencia de los espasmos; en la segunda fase se relajan y dilatan, reduciendo la velocidad de la sangre, que se concentra todavía más en anhídrido carbónico. En las zonas donde la sangre contiene mayor cantidad de anhídrido carbónico, la normal coloración rosácea se oscurece, se transforma en rojiza, azulada o incluso violácea. Simultáneamente, los capilares dilatados se vuelven visibles, especialmente en la nariz, las mejillas y las orejas. ¡Se trata de la clásica “cara de borracho”, típica de los individuos que sufren fermentación intestinal crónica que, en vez de consumir alcohol, lo produce constantemente en su intestino!

El tono amarillento lo provoca un depósito de ácidos biliares que se forman en la piel, indicio de una disfunción hepática. Si el color de la piel tiende al amarillo-verdoso es que, también por efecto de las toxinas intestinales, existe una anomalía en la destrucción de glóbulos rojos en la sangre.
Las manchar marrones sobre la piel, de dimensiones más o menos grandes, suelen ser claras al principio, casi imperceptibles, pero se oscurecen al empeorar la enfermedad; en algunos casos llegan a ser casi negras. Las provoca el depósito de toxinas, que se concentran justo en esas zonas de la piel.
Hay que tener en cuenta que hay casos donde puede apreciarse coloraciones diferentes en un mismo rostro: por ejemplo, podemos encontrar una coloración amarillenta alrededor de la boca, una nariz rojizo-azulado con capilares dilatados, sienes en un tono grisáceo y manchas marrones en la frente. Un observador inteligente tendrá suficiente con echarse una mirada en el espejo para darse cuenta de lo avanzada que se encuentra su enfermedad intestinal.

Estructura y tono de la piel. La piel sana es espesa y elástica, tanto que resulta difícil separarla de las capas inferiores al pellizcarla suavemente con los dedos. La piel enferma, en cambio, al haber perdido su tono normal, puede levantarse fácilmente y crear pliegues, incluso sólo rozándola ligeramente con las puntas de los dedos.

Constitución superficial y secreciones de la piel. La superficie de la piel sana es lisa, luminosa, aterciopelada y pura. Produce escaso sudor, sólo cuando hace mucho calor y humedad o tras un intenso y duradero esfuerzo físico. La piel sana tiene un olor delicado, olor que puede variar según la raza, pero que siempre es agradable. Por efecto de la intoxicación intestinal la superficie de la piel se vuelve tosca, frágil, opaca, de aspecto sucio y con los poros dilatados.

El cabello. El cabello, que no es más que un anexo de la piel de la cabeza, también constituye un parámetro de diagnóstico importante para valorar el nivel de intoxicación.
El cabello de una persona sana es abundante, luminoso, de un color pleno y vivaz. En el enfermo, en cambio, se vuelve primero graso, de aspecto sucio, con caspa; luego, seco, opaco, frágil; por último, se vuelve canoso y cae.


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