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AMOR PDF Imprimir E-mail
Escrito por SANTIAGO ROJAS   

(Extraído del libro Desintoxícate)
“El verdadero amor no es otra cosas que el deseo inevitable de ayudar al otro para que sea quien es” Jorge Bucay

Todos tenemos nuestra versión sobre el amor y nuestra forma de acercarnos a él. La ciencia se ha acercado de manera reduccionista y ha aportado mucho desde su visión sobre la forma como “el mal amor” afecta nuestra salud y bienestar, así como también vislumbra que el amor puede ser una “medicina milagrosa”. Los enamorados no lo entienden, pero gozan y sufren por él. Los abandonados lo añoran y los violentos lo ignoran. Veamos cómo puede ser el amor una herramienta esencial de desintoxicación de la cual todos podemos beneficiarnos.
El amor es la esencia misma del creador en la vida, aunque como seres humanos seamos incapaces de llegar a conocer su realidad íntima. Es la fuerza coherente que renueva todas las cosas, con él se puede transformar cualquier cosa, desde la fatiga, o un dolor emocional, hasta una enfermedad.
Su presencia llena nuestra vida de gozo y su ausencia nos colma de dolor. Con su fuerza, hemos conquistado cimas y cuando ha sido esquivo, hemos caído a abismos. Debo reconocer que el verdadero amor es incorrupto, que como esencia viva nos enseña que recibimos de él en igual medida, forma y manera que se entregue.
Psiconeuroinmunología.
La ciencia médica ha empezado a reconocer que la manera de pensar y sentir influye directamente sobre nuestra salud, actuando sin restricciones sobre el sistema nervioso, sobre la inmunidad y sobre el sistema endocrino.
Hay un camino para desintoxicarse de lo que nos sobra a nivel afectivo, que consiste en utilizar el amor en tres modalidades que se ha comprobado que actúan favorablemente en toda esta cadena de sistemas orgánicos.
Las tres formas son: el amor a uno mismo, el amor a los demás y el amor a lo que hacemos en la vida cotidiana.
Amarse a uno mismo no significa narcicismo, orgullo o soberbia, sino simple y llanamente saber que uno mismo es lo más importante que cada ser tiene. Esta acción nos dará un sistema inmune fuerte, que nos protegerá de caer en las enfermedades autoinmunes, donde nuestro sistema de defensa se ataca a sí mismo. Si nos odiamos, nos recriminamos, nos reprochamos y nos menospreciamos; el efecto dominó desafortunado de estos sistemas se dejará ver. Amarse a sí mismo significa referirse a uno mismo en términos amables, darse alimentos adecuados, descanso necesario y sobre todo ser comprensivo con nuestras fallas. El maltratarse a uno mismo o “darse palo”, como se dice popularmente, no beneficia en nada y solo aumenta la autoagresión y sus efectos desafortunados. Por supuesto que una complacencia e indulgencia para consigo mismo tampoco es la estrategia. El punto de equilibrio bien puede entenderse como un autocuidado responsable, una manera presente de la verdadera disciplina con amor que se sugiere a los padres y educadores para con los niños.
Amar a los demás es en realidad más sencillo que amarse a uno mismo; sin embargo, se enfrenta el obstáculo del odio y el rencor que tanto prevalece de manera fácil en todo tipo de relaciones. Bien se sabe cómo estos estados alteran nuestro sistema de defensa, aumentan la presión arterial y favorecen la aparición o agravamiento de múltiples enfermedades. El amor a los otros inicia con la simple y esencial tolerancia, se fortalece con el respeto y tiene su avance con la aceptación por la diferencia, pero no florece sin el perdón. Este perdón no es olvidar, justificar la acción del otro, o negar lo ocurrido. Es, en realidad, recordar sin dolor, porque se ha aprendido la lección. Este perdón es en realidad la reparación total de la pena, es el aliento que acompaña a la soledad para todo tipo de bienestar. El verdadero perdón renuncia a toda condena porque el juicio no impera.
El perdón inadecuado justifica la condena, haciendo imposible la libertad. Esto nos exilia de la conciencia, y nos hace naufragar en el círculo vicioso de nuestra mente; quedamos en la imposibilidad, anclándonos en esa época de la vida, convirtiéndonos, sin quererlo, en cómplices de la causa primaria. Dicho de otra forma, quedamos presos del duelo sin término ni liberación. Entonces, cuando la consecuencia pasiva persiste, el estado débil nos lleva a buscar la ayuda, pero mediante la victimización ante los demás y así nunca se logrará el restablecimiento del orden de vida. Por el contrario, la conciencia activa del perdón, buscando también la ayuda de los demás, nos fortalece, alienta y restituye las ganas de luchar para conseguir el premio de la sanación real.
La estrategia del perdón es el secreto de la alquimia que nos conduce a la libertad espiritual. Así, se puede de nuevo desplegar ese amor a los seres queridos y hasta a la naturaleza, sin estar inhibido o alterado por la rabia y el dolor.
Ese amor, que es terapéutico y al que me refiero, es conocido en el Tíbet como la compasión, que significa la acción consciente de ayudar a mitigar el sufrimiento del otro. Es un amor altruista, que no ata ni lesiona, sino que, por el contrario, libera. También es una forma de ternura que fácilmente se siente por los pequeños.
Es tan saludable, que los cuidadores compasivos de enfermos son los que mejor la pasan en las epidemias.
Amar lo que se hace nos da el gusto de la actividad que desarrollamos y la confianza en que vale la pena vivir, pues disfrutamos el vivir en la acción que hacemos en cada momento.
En esencia, el amor a uno mismo mejora el sistema inmune con claros beneficios para la salud. El amor a los demás, además de favorecer las correctas relaciones, nos da una excelente salud mental. Y el amor a lo que se hace es la clave para lograr la prosperidad. Si ese amor lleva ternura y compasión, la desintoxicación estará garantizada.


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