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UNA NUEVA MANERA DE VER EL PERDÓN PDF Imprimir E-mail
Escrito por SHARON M. KOENIG   

Tomado del Libro Los Ciclos del Alma

“Sólo Dios a través de nosotros puede trabajar el verdadero perdón”

La primera forma de amarnos es a través del perdón. Perdonándonos a nosotros mismos nos amamos, perdonando a otros nos liberamos. En realidad, el perdón es una arrogancia del ser humano y de nuestro ego, pues nosotros no tenemos la capacidad, ni la potestad real de perdonar a otro ser humano. Para que exista este tipo de perdón, debe haber primero una condena. La condena y el castigo no son el modo por el cual Dios maneja Su Universo, por este motivo nosotros no tenemos derecho a castigar, condenar y juzgar. Cada persona que comete una falta ha hecho la mejor elección posible de acuerdo a su etapa de evolución y conciencia del momento. Dios no culpa, de la misma forma que no culpamos a un niño por su error. La ignorancia de la ley tampoco evita que a ambos les corresponda una justa lección, de acuerdo a su grado de entendimiento. Desde el punto de vista de Dios y Su orden, el perdón, no es un privilegio concedido sino una lección aprendida.


Una lección puede aprenderse en un instante o en una eternidad. La lección, o el hecho de darse cuenta de los errores cometidos, es producto de un plan perfecto diseñado por el alma para lograr que el ser que cometió la falta o violó una ley universal aprende la forma más alta y armoniosa de actuar en el futuro. Para esto se hace un plan, y el ser que comete la falta comienza a aprender lecciones, hasta que por sí mismo y por su propia iniciativa finalmente se da cuenta y corrige su pensamiento.

Por eso nunca podemos intervenir en los planes y en la vida de los demás y tampoco podemos juzgar, ya que simplemente no sabemos qué clase de lecciones estamos aprendiendo junto a este ser ni cuánto tiempo ha llevado, o llevará aprenderlas. Tampoco sabemos qué ha conducido a esta persona a cometer lo imperdonable, lo cual no es una excusa. Debemos entender que la mayoría somos víctimas de otras víctimas, que en su momento fueron igualmente agredidas, creando una gran cadena de dolor. Sólo Dios sabe. Por providencia, cada cual tiene la elección de cortar y dar fin a los lazos que nos atan a ese dolor.

Las lecciones del alma no son el castigo de una ley impersonal de causa y efecto. Dios es personal. Las lecciones vienen por un Orden Misericordioso y amoroso donde un ser verdaderamente renovado puede liberarse en el instante mismo en que aprende la lección. Aunque existan ocasiones en que ya no se puede eliminar la estela de consecuencias de una falta, sí puede eliminarse el dolor de ambas partes, tanto del agresor como del agredido, superando así la lección. Este aprendizaje es muy diferente del arrepentimiento. Pues arrepentirse sin aprender la lección es el preludio a recaer en la falta y reincidir. Lo que sí podemos hacer, por otro lado, es responsabilizarnos por lo que sentimos y estar abiertos a la posibilidad de dejar ir el dolor constante que nos provoca la necesidad de venganza, junto al recuerdo del dolor que nos produjo la agresión. Existen faltas a primera vista imperdonables, por esta razón sólo podemos perdonar si contamos con la ayuda de la gracia divina de Dios, al darnos cuenta de que sólo nosotros mismos podemos dar el poder para que una acción en contra nuestra nos duela eternamente.

¿QUÉ ES EL PERDÓN?

Perdonar no es excusar o condonar las acciones de otros, consiste en darse cuenta de que nada ni nadie puede dañarte a menos que tó mismo le des el permiso para hacerlo.

El dolor ante los hechos es la interpretación y el valor que le des a la acción de esa persona que te ha herido. Si caminas por la calle y un borracho te grita cosas horribles, probablemente te ríes y no le das mayor importancia. Sin embargo, si una persona cercana a ti o conocida hace lo mismo, probablemente te ofenda y te duela quizás por toda una vida. Como verás, la acción es exactamente la misma, pero sólo tú puedes dar a los otros el permiso de herirte a través de lo que interpretas, o por el valor que le das a ese insulto, permitiendo en muchos casos que te lastime indefinidamente.

Perdonar no es olvidar, pero sí es dejar ir el dolor del recuerdo. Si puedes recordar un momento en el que te han herido y puedes contarlo sin la emoción negativa atada a ese recuerdo, significa que ya has perdonado. En cambio, si sientes la tristeza, ira, culpa o reproche, todavía lo estás viviendo, como un cáncer que te corroe y aunque no lo recuerdes conscientemente está ahí mortificando tus otras relaciones. Cuando puedas relatar ese momento como una anécdota y no como una tragedia, habrás superado ese paso trascendental y sabrás que has perdonado.

La falta la comete tu agresor la primera vez, pero de ahí en adelante la ausencia del perdón hace que tú mismo te hieras eternamente con el recuerdo. Si quieres olvidarte de esa persona, dejarla libre es la única forma de hacerlo, pues mientras decidas no mirar de cerca esta situación para sanarla haces lo contrario: te mantienes ligado a la persona que te hizo la ofensa. La llevas atada a ti por medio de una cadena invisible y cada vez que la recuerdas le envías directamente tu veneno, pero no sin antes sentirlo en tu propio cuerpo.

LA TÉCNICA DEL PERDÓN

Quizás tu dolor es tan grande que pienses que  NO puedes o quieres perdonar, pero como sabes que te estás haciendo daño a ti mismo y a tus relaciones con los demás debes hacer un esfuerzo. La falta de perdón sobre una situación es la principal causa de enfermedades mortales, bien se ha visto a una persona sanar totalmente luego de un perdón.

1.    La Técnica de apertura. Hasta en los momentos que sientes que no puedes perdonar, es posible lograrlo porque Dios sólo necesita una apertura en tu corazón. No se trata de negar tus sentimientos, es aceptarlos y estar dispuesto. Basta pronunciar dos palabras mágicas: ESTOY DISPUESTO “Estoy dispuesto a perdonar”.

2.    Siente tus emociones, escribe y quema. Para complementar el primer paso escribe en un papel toda tu experiencia. Escribe mientras sientes cada emoción de ira sin reprimirla. No reprimas el dolor, siéntelo. Cuando termines, toma el papel y quémalo. Al tirar las cenizas, pronuncia estas palabras: “Esto también pasará. Suelto y dejo ir todo rencor”. Luego olvida y no pienses más en la situación.

3.    Ora por el bien de tu enemigo. Quizás esto arezca lo más difícil, pero cada vez que venga a tu mente la imagen de la persona que te ha faltado envía una luz rosada de amor y pronuncia la siguiente oración: “Que Dios te proteja y que encuentres tu más alto destino de amor y felicidad, ése es mi deseo”. La principio, quizás tus palabras no fluyan con sinceridad, pero a medida que sigas con el ejercicio te aseguro que ocurrirán milagros. Muchas personas hieren a otras precisamente porque no tienen dicha propia. Estas personas al encontrar su propia felicidad liberan a los demás.

4.    Suelta, deja ir y permite. Es importante soltar, dejar ir y permitir, entregando totalmente la situación a Dios, sin esperar nada específico, ni que la solución venga como tú la deseas, ni que las personas reaccionen como quieres. Retira completamente tu apego al resultado.

Cuando digo soltar, no quiero decir que hay que dejarle a Dios todo el trabajo, ya que debemos hacer nuestras propias elecciones, sólo que éstas deben ser por medio de Su guía. Asimismo, debemos estar dispuestos a errar y aprender de nuestros desaciertos porque sólo por medio de la práctica aprenderemos a discernir la guía correcta.

La Historia del Sabio y el Viajero

Un viajero en el desierto conversaba con un sabio sobre la Voluntad de Dios y sobre si debía confiarle todo a El.
Cuando el viajero le preguntó al sabio:
-¿Qué puedo hacer en el desierto? ¿Dejo suelto mi camello y confío en Dios?
El sabio le respondió:
-Ata tu camello y confía en Dios.



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