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SAN CRETINO PDF Imprimir E-mail
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Escrito por MARIA CECILIA BETANCUR   

Tomado del libro Hojas de Fe

No debería, de ningún modo, permitirme esta falta de tolerancia…O…si? La verdad es que me molesta profundamente la actitud de esos hombres y mujeres a quienes Dios, inútilmente, les ha dado todo y ellos, en lugar de multiplicar sus dones y aportarlos generosamente a otras personas que tanto necesitan, abandonan su hacienda, desechan los bienes recibidos y siguen pidiendo. Han dejado de trabajar para convertirse en unos limosneros, santurrones de inteligencia mínima.


Estos apocados ejemplares huyen del trabajo. Muchos ni siquiera tienen un oficio que les permita satisfacer las necesidades de su familia. “Ved cómo florecen los lirios del cambio y no trabajan, todo lo reciben de Dios”, afirman con puerilidad pasmosa. Para todo tienen una respuesta que sacan del sombrero mágico del Evangelio amañado a sus intereses. Dedican escaso tiempo a los suyos; incluso, a causa de sus remilgos espirituales, con frecuencia entran en conflicto con ellos.

Viven atareados, por supuesto, ya que se dedican a cultivar su fanatismo religioso: asisten a cursos, seminarios, encuentros; donde quiera que haya un grupo de oración, donde se produzca un “milagro”, o una “aparición” de la Virgen, allí están. “Estudian” mucho libros de pseudoespiritualidad y teología-ficción. Entre una cosa y la otra, o mientras se desplazan de uno a otro santuario, repiten, a velocidades fantásticas, largas e inconscientes fórmulas verbales, rezos, mejor que oraciones. A donde quiera que van, asumen el rol de evangelizadores. Toda conversación les cae como anillo al dedo para tratar de convertir a las ovejas descarriadas que tienen enfrente. Porque, es claro, ellos son los ungidos por la gracia de Dios, a ellos les ha sido revelada la verdad. Los errados y los confundidos están afuera.

Si quieres, haz un ejercicio sencillo: cuando tengas identificado a uno de estos falsos ascetas, pregúntale: ¿Qué le pides a Dios en tus oraciones? Y lo primero que responderá, sin vacilar, será que reza por la salvación de las otras personas. ¡Tan convencido vive de que la suya está asegurada!

En el fondo, esta actitud no es más que cobardía. Es un mecanismo para defenderse del miedo. Es una manera egoísta de escapar, de evitar el encuentro con la responsabilidad de un  comportamiento realista y práctico. Es pavor de enfrentarse a las carencias personales. Es paraplejia mental cultivada, ante el deber de trabajar en la construcción de sí mismo, y, a partir de allí, en la construcción de la obra de Dios.
 

 

 



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