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ES EL MAESTRO QUIEN VIENE AL DISCIPULO O VICEVERSA? PDF Imprimir E-mail
Escrito por OSHO   

Tomado del libro No te Cruces en Tu Camino

Es el maestro quien viene, pero no siempre encuentra abierto el corazón del discípulo. En la mayoría de las ocasiones, está cerrado. Así que esta pregunta, en realidad, muestra las dos caras de una misma moneda. El maestro viene, pero el discípulo tiene que  estar  receptivo,   tiene   que  estar abierto. Si esperas que,  de repente, el maestro entre de algún modo, estés abierto o no, estás esperando en vano. Aunque viniese, tendría que volverse a marchar. No ofrecerás una vía; cerrarás tu puerta y te encerrarás dentro.


A la gente le aterra abrir sus corazones. Los motivos de ese miedo tienen sus raíces en nuestra educación; cada vez que hemos abierto nuestros corazones, hemos sido castigados, explotados o engañados. Naturalmente, hemos aprendido a estar a la defensiva, a mantener el corazón cerrado para que nadie pueda engañarnos, para que nadie pueda acercarse a nosotros. Es una medida defensiva. Y en una sociedad en la que todo el mundo es competitivo, es normal que te defiendas, de lo contrario te explotarán. Alguien te pisoteará para pasar por encima de ti, te utilizará, abusará de ti en todos los sentidos.

En cierto lugar de la India; uno de los más importantes puntos de enlace. Yo esperaba en mi compartimiento: el tren partía en una hora; estaba esperando que pasaran otros trenes…

Un hombre, un mendigo, se acercó a mí. Al verme solo, me dijo: “Se ha muerto mi padre. Ayúdame”. Le di una rupia y le dije: “Si se muere alguien más, puedes volver. Voy a estar aquí al menos una hora”.

Me miró muy sorprendido, pero no pudo resistirse. A los diez minutos, volvió: “Tenía razón. Se ha muerto mi madre”.   Le dije: “Lo sabía. Sabía  que se  moriría  alguien  más. ¡En estos sesenta minutos, se te va a morir casi toda tu familia!”.

Me preguntó: “¿Cómo puede decirlo tan tranquilo?”. Le contesté: “Yo no tengo nada que ver… Lo que ha de ocurrir, ha de ocurrir; me va a costar diez rupias por lo menos”; y le di otra rupia.

Me miraba una y otra vez pensando: “¿Qué clase de hombre es este…?”. Le dije: “Escucha, en lugar de estar viniendo una y otra vez, toma estas diez rupias. ¡Que se mueran todos!”. Él me dijo: “No está bien que diga eso”. Le  dije: “Pero si no tendrás que volver”. Me dijo: “Es verdad. No me puedo resistir. Pero usted es un hombre extraño. He sido mendigo toda la vida. Si no toda mi vida, al menos desde hace varias generaciones. Mi padre era mendigo, mi abuelo era un gran mendigo –es algo hereditario-, pero a ninguno de nosotros le había ocurrido nada parecido; ¡lo suyo es increíble!

“En primer lugar, por lo general, la gente no da nada. La mayoría dice: “¡Largo de aquí! Vete a pedirle a otro. Nosotros ni siquiera conocíamos a tu padre. Si se ha muerto, se ha muerto. ¿A nosotros qué nos importa?” ¡Pero usted no solo mata a toda mi familia, sino que además me adelanta la limosna!”.

Le dije: “Acércate a echar un vistazo a tu familia. Si queda alguien vivo, vuelve, porque se van a morir todos. Algunas veces, las personas mueren; una vez, dos veces, tres veces… Las personas son increíbles; por ejemplo, cuando vuelvas, puede que tu padre haya resucitado. Tú, simplemente, acércate a tu casa”. Me dijo: “Si usted lo dice, iré a ver”. Le dije: “Ve a echar un vistazo y vuelve, porque se van a morir en cualquier momento (si no es hoy, será mañana) y, entonces, no estaré aquí”.

Diez minutos más tarde, regresó con las diez rupias y me dijo: “Tenga, se lo devuelvo”. Le pregunté: “¿Por qué? ¿Han resucitado todos?”. Me dijo: “¡No se burle de mí! Siempre han estado vivos. No ha muerto nadie. Pero es la primera vez que ha muerto toda mi familia ¡y por adelantado! No, no puedo aprovecharme de usted, es demasiado ingenuo”.

Le dije: “No soy ingenuo. Tan solo me estoy divirtiendo. Diez rupias tampoco es gran suma… por matar a toda tu familia. Si tienes algún pariente más…”.

Me preguntó: “¿Ahora quiere matar también a mis parientes?”. Le dije: “¡A cualquiera! Parientes, vecinos; y si no han muerto, te lo adelantaré. Tú acércate a ver”. Me dijo: “Usted está loco y no me puedo aprovechar de una persona loca. No soy tan depravado. Yo timo a la gente lista pero a un hombre como usted, no. Está demasiado dispuesto a ser timado”.

Le dije: “Si quieres, puedo acompañarte a contar las personas que han muerto, porque a lo mejor no sabes contar hasta un número tan elevado. ¿Hasta qué número sabes contar? ¿Qué educación has recibido?”. Me dijo: “Es cierto: No sé contar muy bien”. Le dije: “Puedo ir contigo. Este tren no partirá sin mí. El maquinista es amigo mío; le diré que espere, porque tengo que acompañarte a tu casa para contar personas que han muerto y las que van a morir. La verdad es que, en este mundo, todo el que nace ha de morir, así que ¿por qué no aceptar un anticipo?”.

Se sentó en el suelo del compartimiento con lágrimas en los ojos.  Me  dijo: “Nunca le  he  devuelto  el dinero a nadie; estoy devolviendo diez rupias. ¡Y está dispuesto a venir conmigo a contar los que siguen vivos y los que han muerto! ¡Y está dispuesto a adelantarme lo de los que estén vivos porque también morirán…!”. Le dije: “Si te sientes ofendido, no aceptes las diez pero, al menos, acepta una; ¡por ti!”. Me dijo: “Pero yo estoy vivo”. Le dije: “Estás vivo; todo el mundo está vivo; ¡pero te morirás! Y, entonces, me resultará muy difícil saber dónde estás, dónde vives, por qué has vivido y por qué has muerto; demasiado complicado. Toma una rupia y déjame”.

Me dijo: “No, no puedo aceptar nada de usted. El tren está lleno de gente. Me las arreglaré con lo que les saque. Ellos timan a otros, así que no me importa timarlos a ellos. Pero timarle a usted duele, aunque sea un mendigo. Aunque sea un mendigo, tengo cierto sentido de humanidad”.

Le dije: “Como quieras, pero seguiré aquí una hora. Si alguien se muere de verdad, puedes venir sin miedo. Estas diez rupias son tuyas, me las quedo de depósito. Te las devolveré con intereses; pero durante una hora. Después, me habré ido. Aunque suelo pasar a menudo por esta ruta, y soy fácil de reconocer”. Me dijo: “¡Eso es verdad, no podré olvidar ni perdonarle!”. Le pregunté: “¿Por qué no podrás perdonarme?”. Me dijo: “Usted me ha engañado. ¡Ha recuperado sus diez rupias!”.

En este mundo hay cada individuo…

 

 



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