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LA FE Y LA RESISTENCIA PDF Imprimir E-mail
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Escrito por MARIANNE WILLIAMSON   

Tomado del libro Volver Al Amor

“Pues descansemos despreocupados en las manos de Dios…”

LA FE.

“No hay ningún problema que la fe no pueda resolver”

¿Y si verdaderamente creyéramos que hay un Dios, un orden benéfico en las cosas, una fuerza que las mantiene unidas sin necesidad de nuestro control consciente? ¿Y si pudiéramos ver, en nuestra vida diaria, cómo opera esa fuerza? ¿Y si creyéramos que de alguna manera nos ama, se preocupa por nosotros y nos protege? ¿Y si creyéramos que podemos darnos el lujo de relajarnos?


El cuerpo físico está siempre funcionando, es un conjunto de mecanismos de un diseño tan brillante y de tal eficacia que nuestras obras humanas jamás ni siquiera se le han acercado. El corazón late, lo pulmones respiran, lo oídos oyen, el pelo crece. Y nosotros no tenemos que hacerlos funcionar: simplemente, funcionan. Los planetas giran alrededor del sol, las semillas se convierten en flores, los embriones en bebés, sin necesidad de nuestra ayuda. Su movimiento forma parte de un sistema natural. Tú y yo también somos partes integrantes de un sistema natural. Tú y yo también somos partes integrantes de ese sistema. Podemos dejar que dirija nuestra vida la misma fuerza que hace crecer las flores… o podemos dirigirla por nuestra cuenta.

Tener fe es confiar en la fuerza que mueve el universo. La fe no es ciega, es visionaria. Tener fe es creer que el universo está de nuestra parte, y que sabe lo que hace. La fe es el conocimiento psicológico de que el bien despliega una fuerza que opera constantemente en todas las dimensiones. Nuestros intentos de dirigirla no hacen más que interferir en ella. Nuestra disposición a confiar en ella le permite operar en beneficio nuestro. Sin la fe intentamos frenéticamente controlar lo que no es asunto nuestro controlar, y arreglar lo que no tenemos poder para arreglar. Lo que tratamos de controlar funciona mucho mejor sin nuestra intervención, y lo que tratamos de arreglar, de todas maneras, no podemos arreglarlo. Sin fe, estamos perdiendo el tiempo.

Hay leyes objetivas y discernibles de los fenómenos físicos. Tomemos la ley de la gravedad, por ejemplo, o las leyes de la termodinámica. No se trata exactamente de que uno tenga fe en la ley de la gravedad, sino de que sabe que existe. También hay leyes objetivas y discernibles de los fenómenos que no son físicos. Estos dos conjuntos de leyes –las del mundo externo y las del mundo interno- son paralelos. Externamente, el universo apoya nuestra supervivencia física. La fotosíntesis en las plantas y el plancton en el océano producen el oxígeno que necesitamos para respirar. Es importante respetar las leyes que rigen el universo físico porque al violarlas amenazamos nuestra supervivencia. Cuando contaminamos los océanos o destruimos la vida vegetal, estamos destruyendo nuestro sistema de apoyo, y por lo tanto nos estamos autodestruyendo. Internamente, el universo apoya también –emocional y psicológicamente- nuestra supervivencia. El equivalente interno del oxígeno, lo que necesitamos para sobrevivir, es el amor. Las relaciones humanas existen para producir amor. Cuando contaminamos nuestras relaciones con pensamientos faltos de amor, o las destruimos o abortamos con actitudes poco amorosas, estamos amenazando nuestra supervivencia emocional.

Es decir, que las leyes del universo se limitan a describir cómo son las cosas. No se inventa esas leyes, se las descubre. No dependen de nuestra fe. Tener fe en ellas sólo significa que entendemos lo que son. La violación de estas leyes no indica falta de bondad, sino falta de inteligencia. Respetamos las leyes de la naturaleza para sobrevivir. ¿Y cuál es la suprema ley interna? Que nos amemos los unos a los otros. Porque en caso contrario, moriremos todos. La falta de amor nos puede matar con tanta seguridad como la falta de oxígeno.

LA RESISTENCIA.

“La falta de fe no es realmente falta de fe, sino fe que se ha depositado en lo que no es nada”

Un curso de milagros dice que “no existen personas sin fe”. La fe es un aspecto de la conciencia. Tenemos fe en el miedo o en el amor. Tenemos fe en el poder del mundo o en el poder de Dios. Lo que básicamente nos han enseñado es que, en cuanto a adultos responsables, lo que nos corresponde es ser activos, ser de naturaleza masculina, salir a conseguir trabajo, llevar el control de nuestra vida, agarrar el toro por los cuernos. Nos han enseñado que ahí reside nuestro poder. Creemos que somos poderosos más bien por lo que hemos logrado que por lo que somos, de manera que caemos en la trampa de sentirnos impotentes para lograr nada hasta que ya lo hemos logrado.

Si alguien nos sugiere que nos dejemos llevar por la corriente y arrojemos un poquito de lastre, nos ponemos realmente histéricos. De todas maneras, a la vista está que en ciertos aspectos somos totalmente improductivos, y lo último que nos podemos imaginar es ser todavía más pasivos de lo que somos. La energía pasiva tiene su propia clase de fuerza. El poder personal resulta de un equilibrio entre las fuerzas masculinas y femenina. La energía pasiva sin energía activa se convierte en ociosidad, pero la energía activa sin energía pasiva se convierte en tiranía. Una sobredosis de energía masculina, agresiva, es machista, controladora, desequilibrada y antinatural. El problema es que la energía agresiva es la única que nos han enseñado a respetar. Nos dijeron que la gente agresiva es la que triunfa en la vida, para que exaltáramos nuestra conciencia masculina, que cuando no la atempera la femenina, es dura y rígida. Por consiguiente, así somos: todos, hombres y mujeres. Nos hemos creado una mentalidad batalladora. Siempre estamos “luchando” por algo: por el trabajo, el dinero,. Una relación, para dejar una relación, perder peso, abandonar la bebida, para que nos entiendan, para conseguir que alguien se quede o se vaya, y así interminablemente. Jamás deponemos las armas.

El lugar femenino y de entrega que hay en nosotros es pasivo. No “hace” nada. El proceso de espiritualización –tanto en los hombres como en las mujeres- es un proceso de feminización, un aquietamiento de la mente. Es el cultivo del magnetismo personal. Si tienes una pila de limaduras de hierro y quieres realizar con ellas hermosos diseños, puedes hacerlo de dos maneras: tratar de disponer los minúsculos fragmentos de hierro en hermosas líneas como telarañas con los dedos… o comprarte un imán. El imán, que simboliza nuestra conciencia femenina, la cual ejerce su poder mediante la atracción más bien que mediante la actividad, atraerá las limaduras. Este aspecto de nuestra conciencia –atrayente, receptivo, femenino- es el espacio de la entrega mental. En la filosofía taoísta, el “yin” es el principio femenino, que representa las fuerzas de la tierra, mientras que el “yang” es el principio masculino, que representa el espíritu. Cuando nos referimos a Dios como “El”, toda la humanidad se convierte en “Ella”. No se trata de una cuestión de hombre-mujer. La referencia a Dios como principio masculino no afecta en modo alguno a la convicción feminista. Nuestra parte femenina es exactamente tan importante como la masculina.

La relación correcta entre el principio masculino y el femenino es tal que en ella lo femenino se entrega a lo masculino. La entrega no es debilidad ni pérdida. Es una poderosa no resistencia. Mediante la apertura y la receptividad por parte de la conciencia humana, se permite que el espíritu impregne nuestra vida, que le dé significado y dirección. En términos de la filosofía crística, María simboliza lo femenino que hay dentro de nosotros, lo que es fecundado por Dios. La hembra permite este proceso y se realiza entregándose a él. Esto no es debilidad de su parte; es fuerza. El Cristo sobre la tierra tiene como padre a Dios, y como madre a nuestra condición humana. Por mediación de una conexión mística entre lo humano y lo divino, damos nacimiento a nuestro Yo superior.
 

 



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