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DIOS Y LA GRATITUD PDF Imprimir E-mail
Escrito por NEALE DONALD WALSCH   

Tomado del Libro Conversaciones con Dios 1

Hay tantas cosas que quiero decirte, tantas cosas que deseo preguntarte, que no sé por dónde empezar. Por ejemplo, ¿por qué no te revelas? Si de verdad hay un Dios, y eres Tú, ¿por qué no te revelas de un modo que todos podamos entenderlo?

Ya lo he hecho, una y otra vez. Estoy haciéndolo de nuevo aquí y ahora.

No. Me refiero a una forma de revelación que resulte incuestionable; que no se pueda negar.


¿Cómo cuál?

Como apareciendo ahora mismo ante mi vista.

Lo estoy haciendo.

¿Dónde?

Dondequiera que mires.

No. Yo quiero decir de un modo indiscutible. De un modo que ningún hombre pueda negar.

¿De qué modo sería? ¿Bajo qué forma o aspecto Me harías aparecer?

Bajo la forma o aspecto que realmente tengas.

Eso sería imposible, ya que no poseo una forma o aspecto que puedas comprender. Puedo adoptar una forma o aspecto que puedas comprender, pero entonces todos supondrían que lo que han visto es la sola y única forma y aspecto de Dios, en lugar de una forma y aspecto de Dios; una entre muchas. La gente cree que Yo soy como me ven, en lugar de como no me ven. Pero Yo soy el Gran Invisible, no lo que Me hago ser a Mí mismo en un momento determinado. En cierto sentido, Yo soy lo que no soy. Y es de este no-ser de dónde vengo, y a donde siempre retorno. Pero cuando vengo bajo una u otra forma determinada -una forma bajo la que creo que la gente puede comprenderme, entonces la gente Me atribuye esa forma para siempre jamás. Y si viniera bajo cualquier otra forma, ante cualquiera otras personas, los primeros dirían que no habría aparecido ante los segundos, ya que no Me habría mostrado a los segundos igual que a los primeros, ni les habría dicho las mismas cosas; de modo que ¿cómo iba a ser Yo?

Como puedes ver, no importa bajo qué forma o de qué manera Me revele: cualquiera que sea la manera que elija o la forma que adopte, ninguna de ellas resultará incuestionable.


Pero si Tú hicieras algo que evidenciara la verdad de quién eres más allá de cualquier duda o interrogante...

…habría todavía quienes dijeran que es cosa del diablo, o simplemente de la imaginación de alguien. O de cualquier causa distinta de Mí. Si me revelara como Dios Todopoderoso, Rey de los Cielos y la Tierra, y moviera montañas para demostrarlo, habría quienes dirían: «Debe de ser cosa de Satanás». Y eso es lo que sucedería, puesto que Dios no se revela a Sí mismo por, o a través de, la observación externa, sino de la experiencia interna. Y cuando la experiencia interna ha revelado al propio Dios, la observación externa resulta innecesaria. Y cuando la observación externa es necesaria, entonces no resulta posible la experiencia interna.

Así pues, si se pide la revelación, entonces no puede darse, puesto que el acto de pedir constituye una afirmación de que aquella falta, de que no se está revelando nada de Dios. Esta afirmación produce la experiencia, ya que el pensamiento de ustedes sobre algo es creador y su palabra es productora, y su pensamiento y su palabra juntos resultan magníficamente eficaces en tanto dan origen a su realidad. Por lo tanto, experimentas que Dios no se ha revelado, ya que, si lo hubiera hecho, no se lo pedirías.


¿Significa eso que no puedo pedir nada que desee? ¿Me estás diciendo que rezar por algo en realidad aleja ese algo de nosotros?

Esta es una pregunta que ha sido respondida a través de los siglos, y que ha sido respondida cada vez que se ha formulado. Pero no has escuchado la respuesta, o no quieres creerla. Responderé de nuevo, con palabras de hoy, en un lenguaje actual, de la siguiente manera: No tendrás lo que pidas, ni puedes tener nada de lo que quieras. Y ello porque tu propia petición es una afirmación de tu carencia, y el decir que quieres una cosa únicamente sirve para producir esa experiencia concreta –la carencia- en tu realidad. Por lo tanto, la oración correcta no es nunca de súplica, sino de gratitud.

Cuando das gracias a Dios por adelantado por aquello que has decidido experimentar en tu realidad, estás efectivamente reconociendo que eso está ahí... en efecto. La gratitud es, pues, la más poderosa afirmación dirigida a Dios; una afirmación a la que Yo habré contestado incluso antes de que me la formules. Así pues, no supliques nunca. Antes bien,
agradece.

Pero ¿qué ocurre si yo agradezco algo a Dios por adelantado, y luego eso no aparece nunca? Eso podría llevar al desencanto y la amargura.

La gratitud no puede utilizarse como una herramienta con la cual manipular a Dios; un mecanismo con el que engañar al universo. No puedes mentirte a ti mismo. Tu mente sabe la verdad de tus pensamientos. Si dices «Gracias, Dios Mío, por esto y lo otro», y al mismo tiempo está claro que eso no está en tu realidad presente, estás suponiendo que Dios es menos claro que tú, y, por lo tanto, produciendo esa realidad en ti. Dios sabe lo que tú sabes, y lo que tú sabes es lo que aparece en tu realidad.

Pero entonces ¿cómo puedo estar realmente agradecido por algo, si sé que eso no está presente?

Fe. Si tienes aunque sólo sea la fe equivalente a un grano de mostaza, moverás montañas. Sabrás que eso está presente porque Yo digo que está presente, porque Yo digo que, incluso antes de que me preguntes, habré respondido; porque Yo digo y te lo he dicho de todas las maneras concebibles, a través de cualquier maestro que me puedas mencionar, que, sea lo que sea lo que quieres, si lo quieres en Mi Nombre, así será.

Sin embargo, hay tanta gente que dice que sus oraciones han quedado sin respuesta...

Ninguna oración -y una oración no es más que una ferviente afirmación de lo que ya es- queda sin respuesta. Cualquier oración -cualquier pensamiento, cualquier afirmación, cualquier sentimiento- es creador. En la medida en que sea fervientemente sostenido como una verdad, en esa misma medida, se hará manifiesto en vuestra experiencia.

Cuando se dice que una oración no ha sido respondida, lo que realmente ocurre es que el pensamiento, palabra o sentimiento sostenido de modo más ferviente ha llegado a ser operativo. Pero lo que has de saber -y ese es el secreto- es que detrás del pensamiento se halla siempre otro pensamiento -el que podríamos llamar Pensamiento Promotor-, que es el que controla el pensamiento.

Por lo tanto, si ruegas y suplicas, parece que existe una posibilidad mucho menor de que experimentes lo que piensas que has decidido, puesto que el Pensamiento Promotor que se halla detrás de cada súplica es el de que en ese momento no tienes lo que deseas. Ese pensamiento promotor se convierte en tu realidad. El único Pensamiento Promotor que puede ignorar este pensamiento es uno fundado en la fe en que Dios concederá cualquier cosa que se le pida, sin falta.

Algunas personas poseen este tipo de fe, pero muy pocas. El proceso de la oración resulta mucho más fácil cuando, en lugar de creer que Dios siempre dirá «sí» a cada petición, se comprende intuitivamente que la propia petición no es necesaria. Entonces la oración se convierte en una plegaria de acción de gracias. No es en absoluto una petición, sino una afirmación de gratitud por lo que ya es.

Cuando dices que una oración es una afirmación de lo que ya es, ¿estás diciendo que Dios no hace nada, que todo lo que ocurre después de una oración es un resultado de la acción de rezar?

Si crees que Dios es un ser omnipotente que escucha todas las oraciones, y responde «sí» a unas, «no» a otras, y «ya veremos» al resto, estás equivocado. ¿Por qué regla de tres decidiría Dios? Si crees que Dios es quien crea y decide todo lo que afecta a tu vida, estás equivocado. Dios es el observador, no el creador. Y Dios está dispuesto a ayudarte a vivir tu vida, pero no de la manera que supondrías.

La función de Dios no es crear, o dejar de crear, las circunstancias o condiciones de tu vida. Dios los ha creado a ustedes, a imagen y semejanza suya. Ustedes han creado el resto, por medio del poder que Dios les ha dado. Dios creó el proceso de la vida, y la propia vida tal como la conocen. Pero Dios les dio el libre albedrío para hacer con la vida lo que quieran. En este sentido, tu voluntad respecto a ti es la voluntad de Dios respecto a ti.

Estáis viviendo tu vida del modo como la estás viviendo, y Yo no tengo ninguna preferencia al respecto. Esta es la grandiosa ilusión de la que participas. Que Dios se preocupa de un modo u otro por lo que haces. Yo no me preocupo por lo que haces, y eso te resulta difícil de aceptar.
 
Pero ¿Te preocuparías tú por lo que hacen tus hijos cuando les dejas salir a jugar? ¿Es importante para ti si juegan al corre que te pillo, al escondite o a disimular? No, no lo es, porque sabes que están perfectamente seguros, ya que les has dejado en un entorno que consideras favorable y adecuado. Por supuesto, siempre confiarías en que no se lastimen. Y si lo hacen, harás bien en ayudarles, curarles, y permitirles que se sientan de nuevo seguros, que sean felices de nuevo, que vuelvan a jugar otro día. Pero tampoco ese otro día te preocupará si deciden jugar al escondite o a disimular.

Por supuesto, les dirás qué juegos son peligrosos. Pero no podrás evitar que tus hijos hagan cosas peligrosas. Al menos, no siempre; no para siempre; no en todo momento desde ahora hasta su muerte. Los padres juiciosos lo saben. Pero los padres nunca dejan de preocuparse por el resultado. Esta dicotomía –no preocuparse excesivamente por el proceso, pero sí por el resultado- describe con bastante aproximación la dicotomía de Dios. Pero Dios, en un sentido, no siempre se preocupa por el resultado. No por el resultado final. Y ello porque el resultado final está asegurado.

Y esta es la segunda gran ilusión del hombre: que el resultado de la vida es dudoso. Es esta duda acerca del resultado final la que ha creado a tu mayor enemigo: el temor. Si dudas del resultado, entonces dudarás del Creador: dudarás de Dios. Y si dudas de Dios, entonces vivirás toda tu vida en el temor y la culpa. Si dudas de las intenciones de Dios -y de su capacidad de producir este resultado final- entonces ¿cómo podrías descansar alguna vez? ¿Cómo podrías hallar realmente la paz alguna vez?

Sin embargo, Dios posee pleno poder para encajar las intenciones con los resultados. No puedes ni quieres creer en ello (aunque afirmas que Dios es todopoderoso); y, en consecuencia, has de crear en tu imaginación un poder igual a Dios, con el fin de encontrar una manera de que la voluntad de Dios se vea frustrada. Así has creado en tu mitología el ser al que llamas «el diablo». Incluso has imaginado a Dios en guerra con ese ser (pensando que Dios resuelve sus problemas del mismo modo que tu). Finalmente, has imaginado realmente que Dios podría perder esa guerra. Todo esto viola lo que dices que sabes acerca de Dios, pero eso no importa. Vives tu ilusión y de este modo, sientes tu temor, debido a tu decisión de dudar de Dios.

Pero ¿qué ocurriría si tomaras una nueva decisión? ¿Cuál sería entonces el resultado? Deja que te diga algo: deberías vivir como Buda. Como Jesús. Como lo hicieron todos los santos que siempre has idolatrado. Sin embargo, como ocurrió con la mayoría de los santos, la gente no te entendería. Y cuando trataras de explicar tu sensación de paz, tu alegría de vivir, tu éxtasis interior, ellos oirían tus palabras, pero no te escucharían. Tratarían de repetir tus palabras, pero las acrecentarían. Se asombrarían de que tuvieras lo que ellos no pueden encontrar. Y entonces se volverían envidiosos. Pronto la envidia se convertiría en rabia, y en su furor tratarían de convencerte de que eras tú quien no entendía a Dios. Y si fracasaran a la hora de arrancarte tu alegría, tratarían de hacerte daño; tan enorme sería su rabia. Y cuando tú les dijeras que eso no te importaba, que ni siquiera la muerte podría privarte de tu alegría, ni cambiaría tu verdad, seguramente te matarían. Entonces, cuando vieran con qué paz aceptabas la muerte, te llamarían santo, y te amarían de nuevo. Y ello porque está en la naturaleza de las personas amar, luego destruir, y luego amar de nuevo a aquello que más aprecian.

 



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