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Mayra Caballero


Administradora de Empresas
Universidad Autónoma del Caribe
Orientadora Familiar
Universidad de la Sabana, Bogotá
Universidad de Navarra, España
Especialización en Familia
Universidad Simón Bolivar, Barranquilla
Entrenamiento en Terapia de Familia Sistémica
Participación en Talleres Ser Pleno 2005-2010

 


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HIJOS AFECTIVAMENTE SANOS, UNA MISION DE FAMILIA PDF Imprimir E-mail
Escrito por MAYRA CABALLERO   

¿Se ha preguntado Ud. alguna vez la razón por la cual, tanta gente reacciona de un modo exagerado ante situaciones cotidianas que no revisten mayor gravedad?

Es probable que no lo haya pensado, pero alrededor nuestro estas situaciones se presentan una y otra vez: El padre que se enfurece ante un vaso que rompe el hijo, o una madre que pierde el control con su hija adolescente que se ha demorado en el teléfono; o peor aún, los padres que se ponen al nivel de sus hijos reaccionando como niños, es decir, sin el menor asomo de madurez, ante las pataletas normales que a esta edad se pueden presentar.  Muchos individuos no saben como asumir el control de sus reacciones antes situaciones inesperadas; más allá de lo sencillo o complejo de éstas, es muy frecuente perder la calma.

Parte de la situación a la que se ha hecho  referencia se debe a que se desconoce totalmente la importancia de educar en y desde la afectividad. En muchas  familias y colegios  el papel fundamental que lo afectivo tiene en el  desarrollo integral de niños y jóvenes no esta muy claro.


La afectividad es una realidad propia  del ser humano, que da sentido y orientación a sus relaciones  con los demás. Podría definirse como la capacidad de entender y asimilar la realidad que se presenta ante nosotros y poder asumir ante ella, actitudes  adecuadas, oportunas, mesuradas y controlables. Lo cual sólo es posible si como individuos se ha alcanzado una madurez emocional. En efecto, Las emociones, los sentimientos,  las pasiones, manifestaciones de la afectividad, se pueden educar, he ahí su importancia.

En los niños la afectividad es comparable con un diamante en bruto, porque ellos no tienen la capacidad para racionalizar las situaciones que viven, por lo que no existe freno alguno sobre sus reacciones; sin embargo, si pueden captar el lenguaje afectivo con toda claridad. Es como si sólo tuvieran una conexión directa y exclusiva con su corazón.

Cuando observamos a  nuestros pequeños hijos, podemos notar como ellos reflejan  transparencia, verdad, espontaneidad, pureza; por lo que este primer período de la vida pasa sin mayores  sobresaltos y con relativa estabilidad, sobre todo cuando  viven en condiciones normales, y como  padres hemos hecho lo que debíamos hacer.

En el adolescente, debido a sus cambios hormonales y proceso de identidad, las experiencias de vida pueden ser más complejas y el diamante sigue sin pulirse.  Es como si se retrocediera en el proceso de madurez: las experiencias cotidianas con su familia y su entorno las vive con muy baja tolerancia, se frustra fácilmente y en ocasiones  reaccionan con brusquedad, pasando fácilmente de la risa al llanto y lo contrario.

Partiendo del hecho de que lo afectivo puede disciplinarse los padres pueden desarrollar al interior de sus hogares procesos integrales de educación en la afectividad. Para ello se recomienda trabajar fuertemente en la propia persona y desde esta experiencia personal de autodisciplina afectiva educar a sus hijos  ayudándolos a sentirse: seguros, aceptados, respetados, valorados admirados, apoyados, escuchados, necesitados, comprendidos importantes e independientes.

• Es importante evitar expresiones como: Eres un torpe,  inconforme,  flojo, mal educado, Malcriado,  rebelde,  tonto, perdedor, egoísta, mandón, llorón.

• Por el contrario muestre respeto por los sentimientos de sus hijos.

• Exprese sus sentimientos en vez de dar órdenes.

• Exprese sus temores modele y enseñe empatía, compasión, comprensión.

• Tome conciencia de sus expresiones faciales y tono de voz.

• No trate de satisfacer sus necesidades emocionales a través de sus hijos. Acepte sus errores, pida perdón, enséñele a perdonarse el mismo.

Si hacemos todo esto existe una alta probabilidad que nuestros hijos al crecer:

Sean más sanos, más felices, exitosos, aprendan mejor, tengan un mejor comportamiento, una autoestima elevada, mejores relaciones con los demás, tengan más amigos, sean menos violentos, resistan a la presión de grupo, desarrollen  capacidad para resolver  conflictos,  disminuyan la posibilidad de involucrarse en comportamientos autodestructivos como drogas, alcohol, embarazos tempranos, etc.

De verdad que vale la pena esforzarse por educar en el afecto a nuestros hijos. No lo olviden, la afectividad es un producto que se hace en casa.
 



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