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INFANCIA, CONFIGURACION DEL FUTURO PDF Imprimir E-mail
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Escrito por LOUISE L. HAY   

Tomado del Libro Vivir

Recuerdo con amor al niño o la niña que fui, sabiendo que hice lo mejor que pude con el conocimiento que tenia en ese momento

Mis comienzos. A menudo, las personas que asisten a mis conferencias me miran y piensan: «Ella lo tiene todo controlado, jamás ha tenido un problema en su vida y conoce todas las respuestas». Eso está muy lejos de ser verdad. Personalmente no sé de ningún buen maestro que no haya experimentado muchas noches oscuras del alma. Muchos han tenido una infancia increíblemente difícil. Y han aprendido a ayudar a los demás a sanar su vida mediante la curación de su propio sufrimiento.

En mi caso, sé que mi vida fue absolutamente maravillosa hasta los 18 meses de edad. Después todo se me derrumbó, en particular desde mi punto de vista. De pronto mis padres se divorciaron. Mi madre no tenía estudios y empezó a trabajar de empleada doméstica. A mí me colocaron al cuidado de una serie de familias. Todo mi mundo se desmoronó. No tenía a nadie con quien contar, a nadie que me abrazara y me quisiera. Finalmente mi madre consiguió un trabajo donde le permitieron que me llevara a vivir con ella. Pero el daño ya estaba hecho.

Cuando yo tenía cinco años, mi madre se volvió a casar. Años después me diría que lo había hecho para que yo tuviera un hogar. Desgraciadamente se casó con un hombre violento y la vida se convirtió en un infierno para las dos.

En el transcurso de ese mismo año me violó un vecino. Cuando se descubrió, me dijeron que yo había tenido la culpa y que había avergonzado a toda la familia. El caso fue a los tribunales, y aún recuerdo el trauma que representó para mí el examen médico y que se me obligara a declarar en el juicio. Al violador lo condenaron a 16 años de cárcel. Yo vivía aterrada por la posibilidad de que lo pusieran en libertad; creía que él vendría a vengarse de mí por haber sido una niña mala que lo metió en 1a cárcel.

Además, crecí en los años de la Depresión, y prácticamente no teníamos dinero. Había una vecina que solía darme diez centavos a la semana, y ese dinero iba a parar al presupuesto familiar. En aquel tiempo se podía comprar una barra de pan o un paquete de harina de avena por diez centavos. En mi cumpleaños y por Navidad esta vecina me daba la enorme suma de un dólar, y mi madre iba a los almacenes Woolworth y me compraba ropa interior y calcetines para todo el año. Mi ropa provenía de una asociación caritativa, la Buena Voluntad. Tenía que ir a la escuela con ropa que no era de mi talla. Mi infancia transcurrió entre malos tratos físicos, trabajo arduo, pobreza y burlas en la escuela. Todos los días me hacían comer ajo crudo para evitar los parásitos intestinales.

No tuve parásitos, pero tampoco tuve amigas. Yo era la chica que olía y vestía mal. Ahora comprendo que mi madre no podía protegerme porque tampoco sabía protegerse a sí misma. También había sido educada para creer que las mujeres tenían que aceptar todo lo que hicieran los hombres, fuera lo que fuese. Me llevó mucho tiempo comprender que esa manera de pensar no tenía por qué ser la verdad para mí.

De niña escuché repetidamente que yo era estúpida y fea, y que no valía nada; era una mocosa muy mala, la hija de otro hombre a la que había que alimentar. ¿Cómo podía sentirme a gusto conmigo misma si me bombardeaban constantemente con afirmaciones negativas? En la escuela solía quedarme en un rincón viendo cómo jugaban los demás niños. No me sentía querida ni necesitada en casa, ni tampoco en la escuela.

Cuando me convertí en adolescente, mi padrastro dejó de pegarme tanto, y en lugar de ello decidió meterse en mi cama. Así se inició un nuevo ciclo de horror que duró hasta que me fui de casa a los 15 años. A esa edad estaba tan hambrienta de amor y mi autoestima era tan baja, que bastaba con que un chico me rodeara con su brazo para que me fuera a la cama con él. No me valoraba en absoluto, de modo que, ¿cómo podía tener sentido moral?

Cuando acababa de cumplir los 16 años, tuve un bebé, una niña. Sólo estuve con ella cinco días, porque la entregué a sus nuevos padres. Al pensar en esa experiencia ahora, comprendo que esa pequeña necesitaba encontrar su camino hacia esos determinados padres y que yo fui su vehículo para llegar a ellos. Con mi falta de autoestima y mis creencias negativas, necesitaba la experiencia de la vergüenza. Todo encajaba.

Lo que aprendemos de niños influye en la clase de persona en que nos convertimos. Actualmente hablamos mucho del embarazo en las adolescentes y de lo terrible que es. Pero algo que al parecer se pasa por alto es que ninguna chica que tenga autoestima y se valore a sí misma se quedará embarazada. Si te han educado para creer que eres una basura, entonces las enfermedades de transmisión sexual y el embarazo serán las consecuencias lógicas.

Los niños son los seres más valiosos, y es deplorable la manera como se trata a muchos de ellos. En estos momentos el mayor número de personas sin hogar en este país son madres con hijos, y sigue creciendo. Es vergonzoso que esas madres duerman en la calle y anden vagando con sus pertenencias en carros de compra. Sus hijos prácticamente crecen en la calle. Los niños son nuestros futuros líderes. ¿Qué tipo de valores van a tener esos niños sin hogar? ¿Cómo van a respetar a los demás cuando cuidamos tan poco de ellos?

Desde que tenemos edad suficiente para sentamos ante el televisor, nos bombardean con anuncios de productos que generalmente son perjudiciales para la salud y el bienestar. Por ejemplo, he mirado durante media hora la televisión mientras daban programas para niños, y he visto anuncios de bebidas azucaradas, cereales azucarados, pastelillos, galletas y muchísimos juguetes. El azúcar intensifica las emociones negativas, y a eso se debe que los niños chillen y griten. Estos anuncios pueden ser beneficiosos para los fabricantes, pero no lo son para los niños, y además aumentan nuestra sensación de insatisfacción y avidez. Crecemos pensando que la gula es algo normal y natural.

Los padres suelen hablar de los «terribles dos años» y de lo difícil que es ese periodo. Lo que muchas personas no comprenden es que en esa época el niño comienza a expresar en palabras las emociones reprimidas de sus padres. El azúcar amplifica esos sentimientos reprimidos. El comportamiento de los niños pequeños siempre refleja las emociones y sentimientos de los adultos que los rodean. Lo mismo ocurre con los adolescentes y su rebelión. Las emociones reprimidas de los padres se convienen en una carga para sus hijos, quienes expresan exteriormente esos sentimientos mediante la rebelión. Lo que ven los padres son sus propios sentimientos y emociones manifestados por sus hijos.

Permitimos a nuestros hijos pasarse cientos de horas viendo violencia y crímenes en la televisión. Y después nos preguntamos por qué hay tanta violencia y tantos delitos en las escuelas y entre los jóvenes. Culpamos a los delincuentes y no nos responsabilizamos de la parte que nos toca, por haber contribuido a provocar esta situación. No es raro que haya armas en las escuelas; todo el tiempo estamos viendo armas en la televisión. Los chicos desean lo que ven. La televisión nos enseña a desear cosas. Gran parte de lo que vemos en la televisión tampoco nos enseña a respetar a las mujeres ni a nuestros mayores. La televisión nos enseña muy pocas cosas positivas. Y eso es una lástima y una vergüenza, porque la televisión tiene la oportunidad de contribuir al ennoblecimiento de la Humanidad, pero en lugar de ello, nos ha ayudado a configurar la sociedad en que vivimos, una sociedad a menudo enferma y disfuncional.

Centrarse en la negatividad sólo genera más negatividad. Por eso hay tanta en nuestro mundo actualmente. Todos los medios de comunicación (televisión, radio, prensa, cine, revistas y libros) contribuyen a este enfoque, sobretodo cuando retratan y describen la violencia, los crímenes y los malos tratos. Si los medios de comunicación se centraran solamente en cosas positivas, al cabo de un tiempo la delincuencia disminuiría espectacularmente. Si sólo tenemos pensamientos positivos, poco a poco nuestro mundo se volverá positivo.

 

Podemos contribuir. Hay maneras mediante las cuales podemos contribuir a sanar nuestra sociedad. Yo creo que es esencial que dejemos inmediatamente de maltratar a los niños. Los niños que sufren malos tratos tienen una autoestima tan baja que muchas veces de mayores se convierten en agresores y delincuentes. Nuestras cárceles están llenas de personas que sufrieron malos tratos en su infancia. Y después, con hipocresía continuamos castigándolos y maltratándolos de adultos.

No podemos construir suficientes cárceles, promulgar suficientes leyes ni tomar suficientes medidas contra la delincuencia cuando centramos exclusivamente nuestra atención en el delito y el delincuente. Creo que nuestro sistema penitenciario necesita una revisión total. Los malos tratos jamás rehabilitan a nadie. Todas las personas que están en la cárcel necesitan terapia de grupo, tanto los guardianes como los presos. También les iría bien una terapia a los directores de las cárceles. Cuando todas las personas del sistema penitenciario empiecen a tener autoestima, la sociedad habrá dado un gran paso en el camino hacia la salud.

Sí, estoy de acuerdo en que a algunos criminales ya no se los puede rehabilitar y deben continuar encerrados. Pero en la mayoría de los casos, los presos cumplen su periodo de condena y salen en libertad, de vuelta a la sociedad. En realidad, lo único que han aprendido en prisión es a ser mejores delincuentes. Si pudiéramos sanar el dolor y la angustia que sufrieron en su infancia, ya no necesitarían castigar a la sociedad.

Ningún niño nace agresor. Ninguna niña nace víctima. Son comportamientos que se aprenden. El peor de los criminales fue una vez un pequeño bebé. Es necesario que eliminemos las pautas de conducta que contribuyen a crear esa negatividad. Si pudiéramos enseñar a todos los niños que son seres humanos valiosos y merecen que se los ame, si alentáramos sus talentos y capacidades y les enseñáramos a pensar de una manera que les creara experiencias positivas, entonces en una generación podríamos transformar la sociedad. Esos niños serían la siguiente generación de padres y nuestros nuevos dirigentes. En dos generaciones estañamos viviendo en un mundo en el que habría respeto, cuidado y cariño entre todas las personas. La droga-dicción y el alcoholismo serian cosas del pasado. No habría necesidad de cerrar las puertas con llave. La dicha sería una parte natural de la vida para todo el mundo.

Estos cambios positivos comienzan en la conciencia. Tú puedes contribuir a crearlos teniendo estos conceptos en la mente. Considéralos posibles. Medita cada día en la transformación de la sociedad, en su vuelta a la grandeza que es nuestro destino aquí en la Tierra.
 

 



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