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"MAS VALE MALO CONOCIDO" PDF Imprimir E-mail
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Escrito por WALTER RISO   

Extraído del libro El Poder del Pensamiento Flexible

“La persistencia de una costumbre está ordinariamente en relación directa con lo absurdo de ella”  Marcel Proust

Las mentes rígidas ven en la normatividad (el apego a las normas, reglas, doctrinas, costumbres, hábitos) una fuente de seguridad y de orgullo: “Mantenerse firmes y no torcer el rumbo, pase lo que pase”. ¡Pero hay tantas estupideces que repetimos sistemáticamente sin preguntarnos por qué lo hacemos! En el libro Aplícate el cuento, Jaume Soler y Mercé Conangla reseñan un relato (¿Reflexión o tradición?) que reproduzco aquí con la debida autorización:

Se cuenta que en medio del patio de un cuartel militar situado junto a un pueblecito cuyo nombre no recuerdo, había un banco de madera. Era un banco sencillo, humilde y blanco. Junto a ese banco, las veinticuatro horas del día, los soldados se alternaban en una guardia constante, tanto nocturna como diurna. Nadie sabía por qué. Pero lo cierto es que la guardia se hacía. Se hacía noche y día, durante todas las noches, todos los días, y de generación en generación, todos los oficiales trasmitían la orden y los soldados la obedecían. Nadie dudó nunca, nadie preguntó nunca. La tradición es algo sagrado que no se cuestiona ni se ataca: se acata. Si así se había hecho siempre, por algo sería. Así se hacía, siempre se había hecho y así se haría. Y así siguió haciéndose hasta que un día alguien, no se sabe con certeza quién, quizás un general o un coronel curioso, quiso ver la orden original. Hizo falta revolver a fondo los archivos; y después de mucho hurgar la encontró: ¡Hacia treinta y un años, dos meses y cuatro días que un oficial había mandado montar guardia junto al banco, que estaban recién pintado, para que a nadie se le ocurriera sentarse sobre la pintura fresca.

Cuando alguien rompe los moldes convencionales o cuestiona la tradición, las mentes rígidas entran en pánico y se sienten profundamente heridas, ofendidas o amenazadas: “¿Cómo te atreves a decir que la Tierra es redonda? ¿Quién crees que eres para afirmar que el Sol es el centro de la galaxia? ¿Cómo se te ocurre pensar que el hombre desciende del mono? ¿De dónde sacas que puede haber más de un Dios?” Los grandes hombres y mujeres de la historia han adoptado posturas inconformistas, que han generado en las personas y en grupos de fanáticos ira profunda y actitudes de repudio, persecuciones y muerte. ¡Por favor no cambien nada, prefiero el solaz de la ignorancia a la incomodidad del saber!

En cada uno de nosotros reposa un rebelde en potencia que, liberado de los lastres del conformismo, puede hacer y deshacer a su antojo. Uno de mis pacientes estudiaba abogacía porque todos los varones de su familia lo habían hecho. Un buen día resolvió romper la continuidad histórica y, llevado por su verdadera vocación, optó por estudiar veterinaria. Debido a esta decisión y luego de varias asambleas familiares, su padre lo desheredó y sus tíos y hermanos lo hicieron a un lado. Sólo las mujeres de la familia lo recibieron con el mismo afecto de siempre. En una de las citas, me dijo emocionado: “Nunca en mi vida he sido tan feliz… Estoy haciendo lo que me gusta… Ya no tengo que ir a esas reuniones aburridas, ni escuchar hablar de leyes y política a mi abuelo… Es como volver a nacer… Sé que hay un costo, pero también hay una ganancia: soy lo que quiero ser…”.

Muchas veces, hacer lo que se espera que hagamos nos da un sentido de seguridad; sin embargo, la experiencia nos enseña que los momentos más intensos e inquietantes de la vida ocurren cuando somos honestos con nosotros mismos y actuamos en consecuencia.

Evidentemente, la idea no es convertirse en un rebelde sin causa. En mi caso personal, soy capaz de acomodarme a infinidad de tradiciones por respeto a quienes las practican: puedo quitarme los zapatos en un templo musulmán, no levantar mi cabeza por encima de la cabeza de un emperador japonés y escuchar en silencio una misa completa, sin que eso me afecte especialmente. Pero no estoy dispuesto a acatar, sin más y solamente porque la convención lo manda, normas que puedan ser destructivas para mí, para la gente que amo o para el mundo que habito. En esos casos, intentaré siempre resistir y sentar un precedente de inconformidad.

EN DEFENSA DE LA INDIVIDUALIDAD: “SIMILARES, PERO NO IGUALES”. La gente se asusta cuando alguien hace algo que se sale del patrón tradicional. Haz la prueba de salir a la calle descalzo o intenta comer en un restaurante con las manos a ver qué pasa. Es probable que en el primer caso te miren con extrañeza y en el segundo te saquen del lugar, así utilices tus dedos con glamour y sofisticación.

El conformismo o la adecuación absoluta a los cánones sociales y culturales se llama “normatividad”: la creencia de que las normas deben ser respetadas y acatadas a lo que dé lugar, no importa su grado de irracionalidad o de desajuste con la realidad. La gente normativa o conformista no es capaz de tomar decisiones por sí misma y tiene dificultades para ensayar comportamientos nuevos que no estén autorizados por las “buenas costumbres”.

En muchas ocasiones, mientras que en público decimo sí a todo, en privado despotricamos y planeamos revoluciones imaginarias. Recuerdo que alguna vez escribí un artículo titulado: “Los derechos de los padres”. Por la temática (pensar más en los padres que en los hijos) yo esperaba una lluvia de críticas. Pero no fue así; mi correo electrónico se llenó de mensajes que apoyaban la idea y se quejaban abiertamente del “peso de ser padres”. En público, aceptamos gustosos nuestro papel de mártires educadores y en la intimidad, decimos que es una carga amorosa, pero carga al fin.

En el fondo, los sujetos inconformes desean defender su individualismo y reafirmar su identidad personal. No obstante, hay que tener claro que si estamos dispuestos a decir lo que pensamos, habrá costos: el rechazo, la culpa, perder imagen o estatus, la burla, en fin, la mayoría te recordará que no vas por el camino que deberías ir de acuerdo con las manías del lugar y la época.

Y es verdad, no seguir al abanderado trae problemas. Me pregunto. Jesús tuvo mala reputación, al igual que Giordiano Bruno y Galileo, lo mismo Malcom X y Mandela, ni qué hablar de Sócrates, Epicúreo y otros grandes filósofos antiguos. ¿La “mala reputación” será tan indigna como la quieren pintar?

 



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