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Escrito por WALTER RISO   

Extraído del libro Aprendiendo a quererse a sí mismo

“Tal vez suceda que una vez cada siglo, la alabanza eche a perder a un hombre o lo haga insufrible, pero es seguro que una vez cada minuto algo digno y generoso muere por falta de elogio”

Si alguien dijera: “Mi pareja me elogia muy pocas veces, no suele darme gusto y cuando lo hace teme excederse, no se preocupa por mi salud, me dedica poco tiempo y casi nunca me contempla”, estaríamos de acuerdo en dudar de que existe un sentimiento de afecto.

El amor se exterioriza hacia afuera con conductas. Si no expreso el sentimiento positivo y hago lo arriba mencionado, el amor se vuelve algo inconcluso, trunco y descolorido. De manera similar, el amor a uno mismo debe expresarse con comportamientos tangibles, aunque la cultura los vea mal.

Promulgamos el amor al prójimo a los cuatro vientos, repudiamos la agresión y el maltrato a otros, pero se nos permite, y hasta es bien visto, que regateemos, economicemos y midamos las autoexpresiones de afecto. ¿Por qué debemos ser miserables con nosotros mismos? ¿Cuántas veces nos auto-elogiamos, nos damos gustos y nos contemplamos? No suele haber tiempo para eso. Si el trabajo dignifica al hombre, el descanso y la recreación también. Planeamos con una exactitud rigurosa los compromisos asumidos, horarios de trabajo, presupuestos económicos, visitas de condolencia, cambios de aceite al carro, idas al dentista, etc. El tiempo libre es, en cambio, considerado como un efecto residual, algo que “sobra” después del trabajo y que muchas veces no sabemos qué hacer con él. El trabajo es sagrado y nuestro tiempo libre no. La sociedad actual nos lleva a cien kilómetros por hora en un viaje donde no hay tiempo para el paisaje. Si alguien se detiene, le pasan por encima... ¡No hay tiempo! El descanso se ha reducido a una función pasiva de recuperación de fuerzas. Muchas personas no duermen, ¡se desmayan!

Debemos disponer de tiempo para los hijos, la pareja, los padres, pero no se nos ocurre utilizar algunas horas en beneficio propio. Pensamos que el tiempo mejor aprovechado es el destinado a producir bienes materiales o dinero. No nos interesa producir salud mental. Muchos de mis pacientes se sienten culpables cuando están sentados debajo de un árbol mirando cómo se mueven las hojas. Otros sólo ven en el cambio la posibilidad de una finca ganadera: la inversión sólo se justifica si redunda en cosas vendibles.

Es indudable que la cultura no enseña a “perder el tiempo”de manera psicológicamente productiva, esto es, dándonos gusto y contemplándonos. El miedo a caer en el ocio ha desarrollado un patrón de conducta hiperactivo. Irracionalmente creemos que es fundamental mantenerse “activos” casi todo el tiempo, o sea, haciendo algo. Se considera que pensar, soñar, fantasear, dormir, meditar o mirar, no es actuar. Así, dedicarse a uno es sinónimo de vagancia o “buena vida”. Si pensamos de este modo, jamás disfrutaremos de amarnos, ya que siempre podríamos estar haciendo algo “más productivo”. Es un acto de irresponsabilidad no dedicar tiempo a ti mismo.

Quererse a sí mismo, en principio, no debería ser distinto a querer a otros. Cuando amamos a alguien, intentamos hacérselo saber con actos dirigidos a producirle bienes y satisfacción. De manera similar, debes demostrarte a ti mismo que te quieres con actos dirigidos a producir auto-bienestar y autosatisfacción.

Es absurdo que algo tan obvio no se cumpla. Casi siempre ocupamos el último lugar en nuestra capacidad de expresión de afecto. Vivimos postergando las gratificaciones que merecemos y nos decimos: “Algún día lo voy a hacer”, pero ese día no suele llegar. Desde niños se nos inculca que el autocontrol y la postergación de lo placentero nos diferencia de los animales. Pensar que los humanos jamás deben reaccionar a sus deseos de manera inmediata y que deben aprender a esperar, se ha exagerado sin lugar a dudas. Postergar los reforzadores puede ser una habilidad importante en una dieta, para dejar de fumar o intentar no ser agresivo, pero si hacemos de la postergación del placer una manera de vivir, nos convertimos en zombis. La vida irá perdiendo lentamente su lado ameno y satisfactorio. El costo será la insensibilidad. El estar con el freno de emergencia puesto las veinticuatro horas, viendo si es prudente, adecuado, conveniente o no, puede llevarte al letargo afectivo y a la indiferencia absoluta. Perderás la capacidad de vibrar y de emocionarte. Crearás una coraza y te acostumbrarás a lo rutinario.

La vida cotidiana en la cultura industrializada no ofrece demasiadas oportunidades de disfrute. Nos anestesia. Si dejamos de auto-administrarnos una dosis de gratificación, nadie lo hará. El autocontrol no es, de ninguna manera, sinónimo de responsabilidad. Muchas personas se sienten irresponsables si se exceden o “caen” en ciertas tentaciones, como por ejemplo escaparse del trabajo un rato antes. La idea rígida del cumplimiento y el deber para con los otros nos ha hecho olvidar el compromiso que hemos contraído con nosotros mismos al llegar a este mundo: crecer como personas. Y es imposible crecer si no nos queremos a nosotros mismos. No controles todos tus “antojos”. Tírate una canita al aire. Quítate el freno y date gusto. El mejor antídoto contra el malestar psicológico es el autorrefuerzo.

Desgraciadamente, tal como he vivido diciendo, no nos auto-expresamos afecto de manera sistemática y consistente. La manera de comportarnos con nosotros mismos, al igual que el ejemplo inicial, deja grandes dudas sobre el amor que nos profesamos.

 



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