Suscribete a nuestro Boletín y recibe todas las novedades de nuestra página web.







Banner


Últimos comentarios

Online
Tenemos 356 invitados conectado(s)

Acceso a Universo VIVA


Banner

TRES DEBILIDADES MASCULINAS PDF Imprimir E-mail
Usar puntuación: / 11
MaloBueno 
Escrito por Walter Riso   

Extraído del Libro Intimidades Masculinas
 

“Los hombre no somos, definitivamente, tan fuertes como la cultura ha querido mostrar”

Aunque las fragilidades psicológicas masculinas podrían llenar varios tomos de una enciclopedia, aquí sólo señalaré tres miedos básicos, por lo general encubiertos por el ego, comunes a casi todas las culturas, altamente dañinos y mortificantes para aquellos varones que aún se empecinan en ser duros, intrépidos y osados. Estos son: 1) Miedo al miedo, 2) El miedo a estar afectivamente solo y 3) El miedo al fracaso. Veamos cada uno de en detalle.

1. El Miedo al miedo.

Un hombre miedoso no es bien visto en ninguna parte. Es posible que algunas mujeres de fuerte instinto maternal se sientan momentáneamente enternecidas, o que algunos varones voluntarios de la Cruz Roja Internacional se apiaden, pero a la larga o a la corta un desprecio ancestral y muy visceral hace su aparición.

Si un hombre saltara de la mesa, pálido, tembloroso y gritando ante la presencia de un diminuto roedor que corre a su alrededor, creo que además de la novia, perdería hasta el apellido. Conozco un caso donde el matrimonio se suspendió por un incidente similar a este: “Qué puedo esperar de un incapaz de controlar sus miedos?”, manifestaba indignada la candidata a esposarse. Si el de la mesa fuera una mujer, la irracionalidad de su comportamiento se juzgaría mucho más benévolamente, y se le darían algunos consejos sanos sobre cómo afrontar al diminuto e insignificante roedor, pero no se atacaría su autoestima, ni que hablar del desmayo masculino: mínimo, la extradición. Hombre que se desmaye es epiléptico o marica.

¿Quién dijo que el hombre no puede tener miedo? De hecho, hagamos lo que hagamos, ya sea que recurramos al antiguo chamanismo o a la moderna ingeniería genética, el miedo es la respuesta natural e inevitable ante situaciones de peligro. Es la manera como la evolución nos equipó para defendernos de los depredadores, y aunque a los machistas no les guste, parece que va seguir acompañándonos por algunos siglos más. No estoy promulgando el miedo como una virtud a exaltar, sino como una característica irremediable con la cual hay que aprender a vivir. Puede que sea exagerado, irracional y patológico en algunos casos, pero definitivamente es imposible de eliminar de cuajo y para siempre.

2. El miedo a estar afectivamente solo.

Existe un déficit psicológico masculino que suele hacerse manifiesto cuando el hombre se ve obligado a estar solo. Este síndrome de soledad regresiva aparece en situaciones de estrés o en acontecimientos vitales que impliquen pérdida afectiva como la separación, el rompimiento de un noviazgo o la viudez. La privación afectiva en la vida de un varón tradicional es devastadora y responsable directa de todo tipo de miedos, inseguridades y depresión.

La adhesión que los hombres establecemos con las fuentes de seguridad afectiva merece ser investigada más a fondo por la ciencia psicológica. Además del imprescindible sexo que nos puedan proporcionar nuestras esposas, necesitamos compañía, apoyo y ánimo en cantidades considerables. Aunque queramos disimular la cosa y mostrar un desapego cercano a la iluminación, sin el soporte afectivo no sabemos vivir. Muchos superhombres exitosos, líderes económicos y políticos, en lo más reservado de su ser necesitan del consejo y el empujón femenino para seguir adelante. Trátese de un golpe de estado o de la más riesgosa inversión bursátil, la oportuna sugerencia femenina deja su marca. La mujer ideal para la mayoría de los varones: una ninfómana en la cama y una mamá fuera de ella; una relación cuasi incestuosa en la cual los hombres proponen y las mujeres disponen.

Pese a que muchos hombres viven solos y parecen adaptarse adecuadamente a ese rol, el proceso psicológico que debe elaborar el varón para llegar a aceptar su soledad afectiva es muy complejo, e indudablemente más difícil de procesar que el de la soledad femenina. Las estadísticas muestran que el hombre separado no es capaz de disfrutar de su soltería por mucho tiempo. Un sentimiento de ansiedad lo empuja a buscar nueva compañera para tapar rápidamente la vacante. Por desgracia, este acelere lo puede llevar nuevamente a equivocarse: otra vez la que no era.

Cuando un hombre propone e incita la separación de manera segura y reposada a su esposa, pueden ocurrir dos cosas: o es un varón muy superado o tiene otra. Mi experiencia profesional me ha enseñado que la segunda opción es la más probable. Aunque la incapacidad para divorciarse se debe a muchas causas (por ejemplo culpa, sentido de responsabilidad, amor por los hijos, problemas económicos), realmente la mayoría de los hombres les gusta la vida cómoda y la separación, por definición, es incómoda. El varón no suele saltar al vacío porque perdería sus principales fuentes de afecto, seguridad, placer y conveniencia, es decir, hijos, sexo, comida y muchacha de servicio; el paquete entero, con calor de hogar. Por tal razón, muchos varones funcionan con el principio de Tarzán: No soltarse de una liana hasta que no se tenga la otra bien agarrada. Cuando un hombre se va de la casa, casi siempre tiene algo seguro a qué aferrarse, aunque a veces puedan ocurrir “atascamientos afectivos”. Algunos “Tarzanes” quedan colgados de dos lianas, inmóviles y quietos, con cara de “yo no fui”, atrapados entre dos mujeres. La una forma parte del bienestar hogareño y la estabilidad maternal; la otra, el vendaval de emociones, el deseo y la locura incontrolable que le recuerda que aún es joven y puede rehacer su vida. Por lo general, la que desagota el trancón afectivo es la esposa del implicado.
 

En el 85% de los casos de separación tratados por mí durante veinte años de ejercicio profesional, la voz cantante la ha llevado la mujer. Lo mismo ocurre en los países ricos: El 90% de los divorcios es solicitado por mujeres. Si la solvencia económica se los permite, ellas son, definitivamente, más decididas que nosotros. Para la mujer, el desamor puede llegar a justificar cualquier adiós. He visto relaciones absolutamente machistas y despóticas eliminarse en un segundo cuando la mujer, tranquila y amablemente, le dice al hombre que ya no lo quiere y que desea separarse: “Creo que viviría mejor sola con mis hijos”, “Quiero ser libre”, “Me cansé de dar”, “Quiero encontrarme a mí misma”. En estas situaciones, el típico macho dominante sufre una involución al regazo materno y a las formas más arcaicas de miedo y sumisión. La caída del héroe. Es definitivo: Los hombres tenemos el control afectivo, hasta que las mujeres quieran que lo tengamos.

Más allá de cualquier consideración sociológica, el dictamen es casi que lapidario: Al hombre lo cría la mujer. No pretendo negar la sana importancia del cuidado femenino, sino ciertos valores erróneos que se trasmiten durante la crianza, y que son aplaudidos e instigados por el padre ausente. Las “supermamás” no sólo generan en sus hijos hombres un apego a la mujer-niñera, sino un estilo afectivo supremamente egoísta y ególatra. Al tratar de hacer lo correcto se equivocan. Creo que la recriminación femenina a los maridos es más escuchada en los hogares, debe ser: “Sólo piensas en ti” o “No sabes compartir”. Y es cierto. El varón aprende a ser mejor receptor que dador. Somos excelentes receptores de afecto, pero no tan buenos a la hora de dispensarlo. No estoy diciendo que no sepamos dar amor, sino que preferimos recibir.

3. El Miedo al fracaso.

La sentencia es indiscutible: cuanto más poderoso sea un macho, más privilegios tendrá para la supervivencia personal.

Querer ser un triunfador a toda costa y por encima del que sea, adquiere en el hombre características verdaderamente obsesivas. Los varones no sabemos perder, porque si lo hacemos, así sea de vez en cuando, estaríamos derrochando nuestro principal encanto. Día a día, la compulsiva necesidad de escalar nos impulsa una y otra vez. Necesitamos ser exitosos, como la mujer necesita ser bella para poder competir. Un hombre “mantenido” es mucho más horrible que una mujer muy fea. Un varón poco ambicioso y sin “espíritu de progreso”, es definitivamente insulso. Cuando por falta de ambición en el varón, la mujer se ve obligada a asumir el liderato económico, las consecuencias afectivas para la pareja pueden ser mortales. Una estocada directa al corazón. La autoestima del varón entra a tambalear y la admiración, uno de los principales motores donde se fundamenta el amor femenino, deja de funcionar; cuando esto ocurre, el desplome sólo es cuestión de tiempo. Convivir con un alcohólico es aterrador, ni qué hablar con un mujeriego crónico, pero con un hombre que sea “poquito”, es imposible. Para los machistas, el alegato inverso es igualmente válido: “Convivir con una mujer cantaletosa, ineficiente y frígida es doloroso, pero con una mujer que ejerza con éxito su profesión y que sea económicamente independiente, es tortuoso”. Por donde se mire, el mandato cultural del varón es claro y sofocante: “Tu esencia se medirá por el rasero de tus propios logros”. 

Si consideramos los beneficios y las recompensas potenciales que produce el prestigio, no es de extrañar que, con el tiempo, la apetencia  alcanzar y sostener el estatus propio y familiar se convierta en codicia y adicción al trabajo. Hay hombres a los cuales las vacaciones les producen depresión, y otros a quienes el ocio les produce estrés. No sabemos manejar ni disfrutar el tiempo libre: o nos aburrimos o nos sentimos culpables. Un paciente que no llegaba los cincuenta año, vicepresidente de una reconocida multinacional, se sentía “muy raro”, casi enfermo, cuando estaba en paz. Su motivo de vida era producir dividendos. Si no había activación autonómica (adrenalina)  presión se sentía extraño.

Si algún día nos descubrimos a nosotros mismos pensando de esta manera, habremos entrado a formar parte de las estadísticas epidemiológicas. Por ejemplo, el índice de suicidio masculino casi triplica el de las mujeres; algo similar ocurre con el abuso de sustancias.

Parte de la problemática esbozada hasta aquí sobre el miedo al fracaso, encuentra explicación en dos peligrosos mitos responsables del aprendizaje social del varón. Ellos son: a) “Vales por lo que tienes”, y b) “Todo lo puedes”. El primero orienta nuestra atención a los aspectos más superficiales de la vida y nos separa abruptamente de un sentido de vida más trascendental. El segundo nos priva de la mejor de las virtudes: la humildad.

“Vales por lo que tienes”. Es equivalente a decir, “No importa quién eres”. Si la valía personal comienza a depender de la declaración de renta, será muy difícil que nos amen por lo que somos; la visión de la vida se hará cada vez más pequeña y superficial. Y aunque en este preciso instante tu masculinidad proteste y te parezca poco realista mi alegato, no hay duda: vales por lo que eres y no por lo que tienes. 

“Todo lo puedes”.  Es lo mismo que decir: “Suicídate en el intento” o “No tienes el derecho a equivocarte”. Los hombres debemos aprender a ser más humildes, y a desprendernos de esa estúpida autosuficiencia que nos ha caracterizado por siglos. Decir: “No sé” o “No soy capaz”, es un acto liberador. Es un descanso para el alma y la mente. El prototipo del varón sabelotodo, diligente y solucionador de problemas, lleva implícita la creencia de que los hombres debemos hacernos  cargo de todo y brindar seguridad y protección por doquier. A veces, indudablemente nos gusta jugar el papel de salvadores, pero no siempre. La nueva masculinidad quiere disfrutar del privilegio de pedir ayuda sin sonrojarse y de reconocer los errores con honestidad. No queremos ser los mejores sino vivir en paz, aprendiendo y disfrutando del arte de saber perder.

No importa que se noten nuestros errores nos humanizan. No importa que debamos reconocer públicamente la ignorancia, nos purifica. Si fuéramos infalibles nos perderíamos el placer del aprendizaje y la fascinación del descubrimiento. La consigna del varón buen perdedor es sencilla y reconfortante: “Alégrate, afortunadamente no lo sabes todo, y mejor aún, no lo puedes todo”.



Añadir esta página a tus sitios web favoritos Social Bookmarking
 
 
Cargando...



Banner