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UNO NUNCA SABE... QUE ESTOY ESPERANDO? PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Loretta LaRoche   

Tomado del libro Life is Short – Wear Your Party Pants
 

Cuando yo era niña, una de las expresiones favoritas de mi madre era “Uno nunca sabe”. Teníamos que limpiar la casa todos los sábados, porque… “Uno nunca sabe”. Si disfrutábamos una deliciosa comida, teníamos que cerciorarnos de dejar sobrantes, porque… “Uno nunca sabe”. Se guardaban pequeños trozos de papel encerado, junto con cuerda café y cajas de huevos vacías, porque… bueno, ya sabes.

Tal vez mi madre sabía que algo malo iba a pasar y teníamos que estar preparados. Yo solía preguntárselo, pero ella siempre me salía con un “Ya lo verás”. ¿Ver qué? ¿Qué era lo que yo iba a ver?

Yo podía soportarlo todo, pero la verdad me era muy difícil no poder ponerme mis zapatos de charol hasta la Pascua, especialmente porque me los habían comprado en febrero. Lo único que se me permitía era ponerles vaselina encima, para que no se agrietaran. ¿Acaso no era un reto? Yo no dejaba de suplicar que me dieran permiso de ponérmelos, pero mi madre no dejaba de darme la misma respuesta… ya sabes lo que ella decía ¿no?

Lo que realmente me desquiciaba era la ropa interior. Ella siempre me compraba los calzones más feos. Decía que estaban rebajados y que la empleada le había dicho que no se gastaban. Bueno, yo no sé qué pensaba la empleada que yo haría: ¿tal vez meterme al pozo de una mina y no salir en un mes? ¿Por qué tenían que ser tan tiesos? ¿Por qué yo no podía tener unos bonitos y femeninos, con florecitas y encaje?

Bueno, mi madre tuvo por fin un momento de debilidad y me compró un par. Yo caí en éxtasis hasta que ella dijo lo de costumbre: que no me los podía poner seguido porque… “Uno nunca sabe”. Añadió que serían mis “calzones de fiesta”. Eso no aminoró el dolor ¿A cuántas fiestas va una niña de nueve años? Yo no era una estrella de cine ni nada semejante. Así que mis calzones se quedaron en el cajón, rodeados por sus similares feos. Tal vez me los puse dos veces. Todavía los tengo, sólo que ya no me quedan.

Como adulta, ahora tengo una mucho mejor comprensión de lo que “uno nunca sabe” significaba para mi madre, y por qué ella tenía que decirlo tan seguido. Ella y mis abuelos vivieron la gran depresión y la segunda guerra mundial. Esa gente fue llamada “la más grandiosa generación”, a causa de su sorprendente resistencia. Fue producto de un mundo donde el presente económico era nulo y el futuro alarmante. En consecuencia, la capacidad de mi madre para disfrutar las cosas plenamente estaba teñida de temor y culpa.

Por ejemplo, ella tenía un precioso juego de platos pintados a mano que había sido propiedad de la familia desde que yo tenía 14 años. Los llevamos a casa de unas vacaciones en las Bermudas y  casi nos rompen el lomo de tan pesados que eran. Era un juego de 12 piezas, cada una pintada a mano con una flor azul. Cada una era diferente. Ahora, francamente, creo que eso era un poco loco. ¿A quién le importaba el hecho de que cada una fuera diferente? ¿Qué iba a pasar: nos íbamos a poner a comparar los platos y a decir: “Oh, mira, el tuyo no tiene tallo”?

Mi madre pensaba que esos platos eran increíblemente especiales. ¿Y por qué no? Los había comprado con un dinero ganado con mucho esfuerzo, algo que ella señalaba una y otra vez. Estaban en el aparador de la porcelana, esperando a esos especiales individuos que mi madre consideraba suficientemente dignos para comer en ellos. Nosotros, los idiotas del pueblo, no éramos lo bastante buenos para comer en esos platos superiores en circunstancias ordinarias. De vez en cuando, ella me recordaba que iba a dejármelos. Durante mucho tiempo, realmente me fascinó esa idea. Un día, hace dos años, ella me preguntó: “Quieres los platos?”. Yo pensé: “Debes estar bromeando…”. Mi idea de la loza es ahora unos platos de plástico en los cuales comer “comida para llevar”.

No creo que mi madre fuera tacaña, y no creo que en realidad haya pensado que su familia era indigna de eso buenos platos. Simplemente vivía la vida como se le había enseñado.

Todos heredamos un punto de vista de nuestra familia y nuestra sociedad que, para bien o para mal, crea lo que somos y en lo que creemos. A menudo heredamos conceptos sobre la vida, pero en realidad no entendemos por qué.

Una de mis historias favoritas concierne a una mujer que estaba en su cocina preparando una carne para cenar. Su hija la veía preparar el platillo y le preguntó:

- Mamá, ¿por qué le quitaste las puntas a la carne?
Y la madre le contestó:
- ¡Ay, mi cielo!, es que así es como se prepara.
- ¿Pero por qué?
Y la madre tuvo que pensarlo un segundo y reconoció:
- ¿Sabes qué? No lo sé. Así lo preparaba mi madre, y estoy segura de que tenía una buena razón.
- Preguntémosle a mi abue.
Así que la señora le llamó a su madre y le preguntó por qué le quitaba las puntas a la carne. La anciana tuvo que admitir que tampoco ella lo sabía, pero que lo hacía porque así era como lo preparaba su madre.
Así que le llamaron a aquella anciana mujer, la bisabuela de la niña, que ya tenía más de 90 años, y le preguntaron por qué le quitaba las puntas a la carne antes de cocinarla.
Bueno –respondió la anciana dama-, porque en mi sartén no cabía entera.

Muchos de nosotros hemos heredado una mentalidad de escacez de nuestros padres, o una mentalidad que dice que no deberíamos celebrar y usar la buena porcelana en nuestra vida diaria. Pero como la mujer que cocinaba la carne, tenemos que ver más allá de lo que se nos ha enseñado para tratar de encontrar nuestro propio camino a una vida feliz.

Es cierto, debemos ahorrar para el futuro, y no simplemente desperdiciar para complacernos con bienes materiales que no necesitamos. Pero nunca deberíamos esperar para celebrar la vida sólo en ocasiones especiales. Debemos introducir una sensación de celebración en nuestra vida todos los días. No tenemos tiempo para esperar. Como acostumbro decirle a mi público y a los miembros de mis talleres sobre la precariedad de la vida: “Nadie va a salir vivo de aquí”.

Cuando hago esta afirmación, muchas personas se ríen, pero también sé que están pensando: “¿Por qué tiene que ser tan mórbida? Se supone que esto tiene que ser divertido”. Pero cuando de verdad reconocemos nuestra mortalidad, nos vemos obligados a vivir en el presente, porque comprendemos que esto es lo único seguro. Esto nos obliga a concentrarnos en las cosas realmente importantes, y nos permite dejar de lado las cosas que no lo son. Nos recuerda que lo que hoy nos fastidia pasará. La lenta fila para la caja se convierte en un paseo en el parque. El embotellamiento de tránsito se convierte en momento de oír buena música. Y dos horas extra en el trabajo no son tan terribles si planeas llegar a casa a tiempo para desear buenas noches a tu hija y darle un beso.

Tenemos muy poco tiempo en este planeta, y desperdiciamos muchas horas sin disfrutar realmente el tiempo que tenemos. Muchos de nosotros parecemos esperar, esperar…

¿Alguna vez te has preguntado: “Qué estoy esperando? ¿Qué tiene que pasar para que yo pueda hacer lo que estoy posponiendo? ¿Qué debo tener para poder hacerlo, y por qué?”, o “¿El permiso de quién estoy esperando?”?

Créeme: nadie va a venir a darte permiso. Se la están pasando de lo lindo.



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