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NO!...Renuncies a Tus Sueños PDF Imprimir E-mail
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Escrito por JIM BRICKMAN   

Tomado del libro Simple Things

Cuando me dedicaba a la publicidad, trabajé en un comercial para una importante cadena de hamburgueserías que no puedo mencionar porque no tengo la menor necesidad de recibir llamadas de sus abogados.

Como sea, entré a esa sesión de edición, y todos los publicistas tenían la clásica competencia de gritos y aullidos ensordecedores a causa de su comercial: los pepinillos no eran suficientemente grandes, la hamburguesa parecía algo chiquita en comparación con las rebanadas de jitomate; y, si algún genio no lo arreglaba, entonces, ¡por Dios!, las cebollas serían realmente arrolladoras. Me mordí el labio para no reír, pero mi impulso a la risa fue fugaz, porque entonces oí unas palabras que nunca olvidaré.

Un fanfarrón gritó: “Y la música suena como algo que Elmer Gruñón haya escrito en su tiempo libre!”.

Sí, está bien sentir dolor. Aún recuerdo esa sensación. Es cuando el estómago cae un centenar de metros, el corazón empieza a hacer un mambo interno y la cabeza comienza a doler, aunque uno no sea del tipo de aquellos a quienes les dan migrañas.

Pero los insultos no pararon ahí. El mismo idiota añadió: “La música es preciosa. ¡Lástima que éstas no sean caricaturas!”.

Los publicistas eran implacables. Mi teoría es que son tan “directos” porque en realidad preferirían escribir música o libros, pero sus lujosas oficinas y corbatas de marca parecen darles permiso para ejercer su frustración como un superpoder. Son la kriptonita de tu Superman. Y si algún ejecutivo de publicidad está leyendo este libro, lo siento. Desde luego que no me refiero a ti. Sólo a tus colegas.

Cuando empecé a escribir jingles, a menudo oía estas palabras: “Jim, ¡esto es una porquería!”. En realidad, en muchos sentidos, me ayudó. Cada rechazo añadía una especie de capa de teflón sobre mí. Es verdad lo que dicen acerca del desarrollo de una piel muy dura. Ahora, si entro a mi casa disquera, recorro con la mirada la sala de esos potentados de la música y digo: “Hola, muchachos. Voy a decir algo muy en serio: díganme qué piensan de esta canción”.

Puedo transmitir aquí un poco de aliento. Y lo digo de corazón.

Antes que nada, si te rechazan, por favor no renuncies a tu sueño. Tuve una amiga que estudiaba fotografía en una universidad importante. Era una excelente fotógrafa, pero cierto “gran” profesor simplemente no apreciaba a las mujeres. La hizo sufrir todo el semestre hasta que finalmente ella se cambió a Administración. Se rindió por completo y permitió que una opinión acabara con su sueño de toda la vida.

Si yo me hubiera dado por vencido cada vez que alguien me decía que jamás podría dedicarme profesionalmente a la música, hoy tal vez estaría sentado en la oficina de un ejecutivo de publicidad oyendo: “Tu música hace que el hot dog parezca menos significativo que la mostaza”.

El cantante Richard Marx fue rechazado por 12 compañías disqueras antes de conseguir un disco de éxito internacional. A Sylvestre Stallone le dijeron casi todos los grandes estudios que Rocky era una idea aburrida para una película y que nadie querría ir a verla. Ganó el Oscar a la mejor película en 1976.

La cuestión es que nada es bueno o malo: todo depende de la interpretación. A lo mejor a ti te gusta el regaliz; yo no lo soporto. A lo mejor te gusta Madonna; a mí no me interesa. Me gusta el dulce; tal vez a ti te guste lo salado. Frutal, olvídalo; pero sé que hay personas que saborean esos caramelos de manzana agria. A mí denme chocolate M&M.

De todas maneras, qué padre que haya toda una variedad de alimentos que obstruyan tus arterias y te arruinen los dientes. Obviamente, todos tenemos gustos diferentes. Y alguien que te rechace en algún nivel –profesional, personal o de preferencia en las golosinas-, puede ser tratado de una manera sencilla. No comparte tus gustos. Punto.

Algunas personas en mi compañía disquera siempre me están molestando. Me dicen: “Jim, creemos que necesitas una imagen más actual. No nos gusta nada oírte contar en el escenario la historia de cómo aprendiste a tocar el piano sobre un corte de fieltro antes de que tu madre pudiera permitirse comprarte el instrumento”.

Así que cambié mi acto. Empecé a saltarme la historia del fieltro. Luego, después de los shows, platicaba con las fans tras bastidores, y una y otra vez oía: “Qué buen show, pero, ¿por qué no contaste la historia del fieltro? Yo le dije a mi esposo: ‘Espera a oír la parte de cómo aprendió a hacer música’”.

En la vida de todos, oímos esto: “Bueno, sencillamente no nos gusta tal y cual cosa”. Te sugiero enfrentar a esos cínicos con una simple respuesta. Sólo di: “Está bien. ¿Qué preferirías entonces?”. Tú di después: “Bueno, hasta que lo sepas, yo lo seguiré haciendo a mi modo”.

Puedes ser rechazado por muchas cosas: por no saber cocinar, o no saber besar, lo que me lleva a los críticos, que guardé para el final de esta historia. Hablando del rechazo, he leído esto: “La música de Jim es muy melosa”. Pero esto está mejor: recientemente fui apaleado por un periodista (claro que fue mi mamá quien recortó la reseña del periódico y me la mandó). Baste decir que el artículo no era amable, porque el crítico escribió: “Jim Brickman hace la música más de vainilla que yo haya oído en mi vida”.

Lo que pasa es que ¡me encanta la vainilla! Le pongo vainilla a todo. Incluso a mis licuados de proteínas. Tengo velas de vainilla. Y conozco a mucha gente a la que también le gusta la vainilla.

Mi reacción fue que ésa no era una crítica contra mí: fue un aplauso a los amantes de la vainilla en todas partes…

 



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