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Escrito por WILLIAM J. BENETT   

Tomado de El Libro de Las Virtudes

“Siempre trabaja en su daño el astuto engañador. A un engaño hay otro engaño; a un pícaro, otro mayor.” Samaniego

La Historia de Chantecler y Renard
Version de J. Berg Esenwein y Marietta Stockard

Este cuento está tomado del “Cuento del Sacerdote”, de los Cuentos de Canterbury del poeta medieval inglés Geoffrey Chaucer. Nos recuerda que existe un coraje falso que puede nacer de la vanidad. Hay ciertos peligros que conviene temer, y no debemos afrontarlos sin tener clara conciencia de ellos.

Erase una vez un corral cerca de un bosque, es un pequeño valle. Allí vivía un gallo llamado Chantecler. Tenía una cresta más roja que el coral, plumas que parecían oro bruñido y una voz maravillosa. Todas las mañanas antes del alba su canto sonaba en todo el valle, y sus siete esposas lo escuchaban con admiración.



Una noche, mientras estaba sentado junto a Pertelot, su esposa más amada, comenzó a hacer un extraño ruido con la garganta.

-¿Qué es eso, querido? –Preguntó Pertelot-. Pareces asustado.

-Oh –dijo Chantecler-. Tuve un sueño espantoso. Soñé que mientras merodeaba por el bosque una bestia semejante a un perro saltaba sobre mí. Tenía color rojo, hocico pequeño y ojos como rescoldos. ¡Vaya! ¡Qué susto!

-¿Qué? ¿Eres tan cobarde que te asustas de un sueño? Has comido más de lo conveniente. Espero que mi esposo sea sabio y valiente si desea conservar mi amor. –cloqueó Pertelot alisándose las plumas, y cerró lentamente los ojos rojizos. Le molestaba que la hubieran despertado.

-Tienes razón, querida, naturalmente, pero he oído hablar de muchos sueños que se hacían realidad. Estoy seguro de que me sucederá una desgracia, pero no hablemos de eso ahora. Me alegra estar junto a ti. Eres muy bella, querida.

Pertelot abrió lentamente un ojo e hizo un ruidito de placer con la garganta.

A la mañana siguiente Chantecler echó a volar y llamó a las gallinas para el desayuno. Caminó con aire altivo, cacareando cada vez que encontraba un grano de maíz. Se sentía muy orgulloso porque todas lo miraban con admiración. Se pavoneaba al sol, agitando las alas para lucir las plumas, y de cuando en cuando erguía la cabeza y cantaba con euforia. Había olvidado el sueño, y no tenía miedo en el corazón.

Entretanto, Renaldo el zorro se ocultaba en las matas de la linde del bosque que bordeaba el corral. Chandecler se acercaba cada vez más a su escondrijo. De pronto vio una mariposa en la hierba, y al agacharse para mirarla vio al zorro.

Cloqueando de terror, se dispuso a escapar.

-Querido amigo, ¿Por qué te vas? –preguntó Renard con su voz más tierna-. Sólo vine hasta aquí para oírte cantar. Tu voz es angelical. Tu padre y tu madre visitaron mi casa una vez. Me gustaría mucho verte también allí. ¿Te acuerdas del  canto de tu padre? Aún puedo verlo mientras erguía de puntillas, estirando el cuello largo y esbelto, cantando con esa voz gloriosa. Siempre aleteaba y cerraba los ojos antes de cantar. ¿Tú lo haces del mismo modo? ¿Por qué no cantas sólo una vez para que te oiga? Ansío saber si de veras cantas mejor que tu padre.

Chantecler quedó tan halagado con esta adulación que agitó las alas, se puso de puntillas, cerró los ojos y cacareó a todo pulmón. En cuanto lo hizo, Renald saltó sobre él, lo agarró por el pescuezo, se lo cargó al hombre y corrió hacia su madriguera del bosque.

Las gallinas armaron un gran alharaca al ver que se llevaban a Chantecler, así que la gente de la casa los oyó y se puso a perseguir al zorro. El perro lo oyó y corrió aullando. La vaca corrió, el becerro corrió, los cerdos se pusieron a gruñir y también corrieron. Los patos y gansos graznaron aterrorizados y volaron a las copas de los árboles. Nunca se había oído tamaño alboroto. Renard empezó a sentir un poco de miedo.

-¡qué veloz eres! –Dijo Chantecler desde su lomo-. Yo que tú me divertiría un poco con esos lentos sujetos que te persiguen. Llámalos y diles: “¿Por qué os arrastráis como babosas? ¡Mirad! Os llevo la delantera y pronto me haré un festín con este gallo.”

Renard complacido con la idea, abrió la boca para llamar a sus perseguidores, pero en cuanto lo hizo el gallo echó a volar y se posó en un árbol, fuera de su alcance.

El zorro vio que había perdido la presa y recurrió nuevamente a sus mañas.

-Sólo te demostraba cuán importante eres en el gallinero. Mira qué conmoción hemos causado. No quise asustarte. Ahora baja e iremos juntos a mi casa. Tengo algo muy interesante que mostrarte.

-No, no –dijo Chantecler-. No me pillarás de nuevo. Un hombre que cierra los ojos cuando debe estar mirando merece perder la vista.

Los amigos de Chantecler ya se acercaban, así que Renard se dio a la fuga.

-El hombre que habla cuando debería callar merece perder lo que ha ganado –dijo mientras corría por el bosque. 


 



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