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COMPASION, GUIA DEL CORAJE PDF Imprimir E-mail
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Escrito por WILLIAM J. BENNETT   

Tomado del  Libro de Las Virtudes

El  Minotauro

El  mito griego del hilo que guió a Teseo en el laberinto del rey Minos es una historia donde la compasión es guía del coraje. Aquí  hay dos héroes: Teseo, que se interna en el laberinto para salvar a sus compatriotas atenienses, y Ariadna, que busca en su corazón y comprende que debe enfrentarse con su padre para salvar a las víctimas atenienses de un cruel destino. La conciencia es la raíz del auténtico coraje.


Esta historia  comienza en  Atenas, una de las más grandes y nobles ciudades de la antigua Grecia. En estos tiempos, sin embargo, Atenas era una pequeña aldea encaramada en la cima de un risco que se elevaba sobre la planicie a cinco kilómetros del mar. El rey Egeo, que gobernaba Atenas en esos días, acababa de dar la bienvenida a un hijo que no veía desde el nacimiento del pequeño, un joven llamado Teseo, que estaba destinado a convertirse en uno de los mayores héroes de Grecia.

Egeo estaba muy feliz de tener a su hijo de regreso, pero Teseo notó  que por momentos el rey estaba distraído  y triste.  Poco a poco, Teseo  notó la misma melancolía  en la gente de Atenas. Las  madres callaban, los padres meneaban la cabeza y los jóvenes miraban el mar todo el día, como si esperaran que de allí llegara algo espantoso. Notó la ausencia de muchos jóvenes atenienses, y se decía que habían ido a visitar amigos en partes lejanas de Grecia. Al fin Teseo decidió preguntar a su padre qué mal afligía esas tierras.

-Me temo que has llegado en mal momento –suspiró Egeo-. Una maldición pesa sobre Atenas, una maldición tan extraña y espantosa que ni siquiera tú, príncipe Teseo, puedes enfrentarla. –Cuentame todo –dijo Teseo-, pues aunque soy sólo un hombre, los dioses eternos me protegen y me ayudan. –El problema tiene muchos años. Data de una época en que los jóvenes de toda Grecia y otras tierras venían a Atenas para participar en nuestras competencias de carrera, pugilato y lucha. El hijo del gran Minos, rey de Creta, se encontraba entre los competidores, y murió mientras estaba aquí. Su muerte aún me tiene intrigado. Algunos dicen que fue un accidente, otros que fue asesinado por rivales envidiosos. De cualquier modo, sus camaradas huyeron por la noche, llevando las nuevas a Creta.

Las naves del rey Minos cubrieron el mar cuando él llegó en busca de venganza. Su ejército era demasiado poderoso para nosotros. Salimos humildemente de la ciudad para recibirlo y suplicarle misericordia. Y su respuesta fue: “He aquí mi misericordia. No incendiaré vuestra ciudad, no tomaré vuestros tesoros y no os convertiré en cautivos. Pero cada siente años deberéis pagar un tributo. Debéis jurar que escogeréis por suertes a siete mozos y siete doncellas, y los enviaréis a mi isla”. No tuvimos más remedio que aceptar. Cada siete años, un navío de velas negras llega a Creta y se lleva a los cautivos. Éste es el séptimo año, y pronto llegará esa nave.

-¿Y qué les sucede cuando llegan a Creta? –preguntó Teseo. –Lo ignoramos, pues no regresan. Pero los marineros de Minos dicen que los encierran en una extraña prisión, un tortuoso lugar llamado el  Laberinto. Está lleno de caminos sinuosos y oscuros, tallados en la roca, y allí vive un monstruo pavoroso llamado Minotauro. Este  monstruo tiene cuerpo de hombre, cabeza de toro y dientes de león, y devora a todos los que encuentra. Me temo que ése es el destino de los jóvenes atenienses. –Podríamos quemar esa nave de velas negras cuando llegue y matar a los marineros –dijo Teseo. –Sí, podríamos –respondió Egeo-, pero entonces Minos regresaría con su flota y su ejército, y destruiría toda Atenas. –Entonces permíteme ir como cautivo –dijo Teseo, poniéndose de pie- y mataré al Minotauro. Soy tu hijo y heredero, y es justo que trate de liberar Atenas de esta espantosa maldición.

Egeo intentó disuadir a su hijo, pero Teseo estaba decidido y se unió al grupo  de condenados cuando la nave de velas negras tocó la costa. Su padre fue a despedirse con amargas lágrimas. –Si logras regresar con vida –le dijo a Teseo-, arría las velas negras al aproximarte, e iza velas blancas, para que yo sepa que no pereciste en el Laberinto. –No te preocupes –dijo Teseo-. Busca velas blancas, pues regresaré victorioso. Mientras hablaba, la oscura nave se hizo a la mar, y pronto se perdió en el horizonte.

Al cabo de varios días de navegación, el barco llegó a Creta. Los prisioneros atenienses fueron conducidos al palacio, donde el rey Minos estaba sentado en su trono dorado, rodeado por sus capitanes y príncipes, gloriosamente ataviados con túnicas de seda y joyas de oro. Minos, un hombre de rostro moreno, con cabello entrecano y larga barba, estaba sentado con el codo sobre la rodilla y la barbilla en la mano, y fijó los ojos en los ojos de Teseo. Teseo se inclinó y luego permaneció erguido, sosteniendo la mirada de Minos. –Sois quince en   total  -dijo  al fin  Minos-, y mi ley sólo exige catorce. –Yo vine  por  propia voluntad –respondió Teseo. -¿Por qué? –preguntó Minos. –El   pueblo de Atenas anhela la libertad,  oh rey. –Hay una manera –dijo Minos-. Mata al Minotauro  y estaréis libres de mi tributo.

-Me propongo matarlo –dijo Teseo, y ante esas palabras hubo un murmullo en la multitud de jefes y príncipes, y una bella joven se deslizó entre ellos y se detuvo detrás del trono. Era Ariadna, la hija de Minos, una doncella sabia de tierno corazón. Teseo se inclinó, y de nuevo permaneció erguido, fijando los ojos en Ariadna. –Hablas como el hijo del rey –dijo Minos con una sonrisa. Tal vez alguien que nunca ha conocido el sufrimiento. –He conocido el sufrimiento, y mi nombre es Teseo, hijo de Egeo. He venido a pedirte que me dejes enfrentar solo al Minotauro. Si no puedo matarlo, mis compañeros me seguirán en el laberinto. –Entiendo –dijo Minos-. Bien. El hijo del rey desea morir solo. Que así sea.

Los atenienses fueron conducidos a cámaras tan suntuosas como jamás habían soñado. Los bañaron y vistieron con ropas nuevas, y luego les ofrecieron un generoso banquete. Ninguno tenía ganas de comer, salvo Teseo, pues sabía que necesitaría sus fuerzas. Esa noche, cuando se disponía a acostarse, oyó un golpe suave en la puerta, y Ariadna, la hija del rey, entró en su habitación. Una vez más Teseo la miró a los ojos, y vio una fuerza y compasión que nunca había conocido.

-Demasiados compatriotas tuyos han desaparecido en el laberinto de mi padre –murmulló Ariadna-. Te he traído una daga, y puedo mostrarte la manera de huir con tus amigos. –Gracias por la daga –dijo Teseo-, pero no puedo huir. Si deseas mostrarme algo, muéstrame cómo llegar al Minotauro. –Aunque tengas fuerza suficiente para matar al monstruo –susurró Ariadna-, necesitarás saber cómo salir del laberinto. Tiene tantas vueltas y recodos, y tantos pasajes sin salida y pasadizos falsos, que ni siquiera mi padre conoce sus tortuosos secretos. Si estás resuelto a continuar con tu plan, debes llevar esto contigo. Sacó de la túnica un carrete de hilo de oro y lo puso en la mano de Teseo. -En cuanto entres en el laberinto, sujeta el extremo del hilo a una piedra, y sostén el carrete mientras avanzas. Cuando estés preparado para regresar, el hilo será tu guía. Teseo la miró sin saber qué responder. -¿Por qué haces esto? –preguntó-. Si tu padre lo averigua, correrás gran peligro. –Sí –respondió Ariadna-, pero si yo no hubiera actuado, tú y tus amigos correríais un peligro mayor. Y Teseo supo que la amaba.

A la mañana siguiente Teseo fue  conducido al laberinto. En cuanto los guardias lo encerraron dentro, sujetó un extremo del hilo a una piedra puntiaguda y comenzó a avanzar despacio, aferrando con fuerza el precioso carrete. Avanzó por el corredor más ancho, desde el cual salían otros a izquierda y derecha, hasta llegar a una pared. Desanduvo el camino y probó otro pasaje, y luego otro, siempre deteniéndose cada tanto para aguzar el oído. Atravesó muchos pasajes oscuros y sinuosos, a veces regresando a lugares donde ya había estado, pero cada vez se internaba más en el laberinto. Al fin llegó a una habitación abarrotada de huesos, y supo que estaba muy cerca de la bestia.

Se quedó quieto, y a lo lejos oyó un ruido tenue, como el eco de un rugido. Se irguió y prestó atención. El sonido se acercaba. No era profundo como el bramido de un toro, sino más agudo y estridente. Teseo se agachó y recogió un puñado de polvo del suelo del laberinto, y con la otra mano empuñó la daga. Los rugidos del Minotauro se aproximaban. Ya se oían sus resonantes pisadas. Hubo un susurro, un olisqueo, silencio. Teseo se movió hacia el rincón umbrío del angosto sendero y se agazapó. El corazón le palpitaba aceleradamente. El Minotauro embistió. Vio la figura agazapada, soltó un gran rugido y atacó. Teseo brincó, saltó a un costado, arrojó el puñado de polvo en los ojos de la bestia.

El Minotauro bramó de dolor. Se frotó los ojos con sus monstruosas manos, lanzando alaridos de confusión. Movía la enorme cabeza al girar, buscando la pared a tientas. Estaba enceguecido. Teseo se le acercó con sigilo, le acuchilló las piernas. El Minotauro se desplomó emitiendo un rugido, mordiendo el suelo rocoso con sus dientes de león, agitando las manos, clavando las zarpas en el aire. Teseo esperó su oportunidad. Cuando las manos se aquietaron, clavó tres veces la filosa hoja en el corazón del Minotauro. El cuerpo tembló y quedó tieso.

Teseo se arrodilló para darles las gracias a los dioses, y al terminar su plegaria empuñó la daga y cortó la cabeza del Minotauro. Con la cabeza en la mano, salió del laberinto siguiendo el hilo. Parecía que nunca saldría de esos sombríos pasajes. ¿El hilo se habría cortado y él se habría extraviado a pesar de todo? Pero siguió su camino, y al fin llegó a la entrada, y cayó al suelo, extenuado por la lucha y sus vagabundeos. –No sé qué milagro te permitió salir con vida del laberinto –dijo Minos cuando vio la cabeza del monstruo-, pero cumpliré mi palabra. Te prometí la libertad si matabas al Minotauro. Puedes irte con tus camaradas. Ahora habrá paz entre tu pueblo y el mío. Adiós.

Teseo sabía que debía su vida y la libertad de su patria al coraje de Ariadna, y sabía que no podría partir sin ella. Algunos dicen que pidió a Minos la mano de la princesa, y que el rey accedió gustosamente. Otros dicen que se la llevó oculta en el barco sin que su padre lo supiera. De un modo u otro, los enamorados estaban juntos cuando la oscura nave levó anclas y zarpó de Creta.
 

 

 



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