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MI CASA SOY YO PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Nuria Berlanga   

La mayoría vemos nuestro hogar como una prolongación de nosotros mismos, una expresión de nuestra historia pasada y proyectos futuros

En ella amamos, sufrimos, reímos. No hace tanto tiempo también se nacía y se moría en ella. Hoy en día, podríamos pensar que nuestra relación con la casa ha cambiado. Nos hemos convertido en nómadas que van de un sitio a otro sin establecerse definitivamente en ningún lugar; como electrones cada vez más libres en un mundo donde ya no existen las distancias. Con estas premisas, podríamos darnos por satisfechos disponiendo de pequeños apartamentos anónimos, pero una rápida mirada a nuestro alrededor certifica que la realidad no es ésa. Todos seguimos necesitando un lugar donde sentirnos protegidos, seguros y resguardados, en el que relajar y rodearnos de todo lo que apreciamos. Un espacio al que sentirnos unidos como si fuera una segunda piel.

 

La Dimensión protectora.  
La casa nos protege de las inclemencias del tiempo, nos da un techo bajo el que resguardarnos y nos ofrece una inestimable sensación de seguridad que permite que nos sintamos al abrigo de cualquier mal proveniente del exterior. La dimensión protectora es sin duda lo primero que buscamos en una casa. La idea de un verdadero hogar nos ofrece la posibilidad de entrar en contacto con nuestra seguridad interior. Para ello no hacen falta grandes muros protectores, basta con simples objetos familiares, un olor que nos trae recuerdos, una decoración a nuestra imagen y semejanza…
Como nos indica el psicoterapeuta Francesc Sorribes, “Cuando salimos del vientre de la madre, nuestra casa se convierte en una segunda placenta. El lugar donde reposamos y podemos disfrutar de nuestro espacio libremente. Lo que una casa nos proporciona no es sólo comodidad, sino también paz, recuerdos y belleza”. En ese sentido, la sensación de estar en casa va más allá de cuatro paredes en las que dormir o acumular cosas.
Expresión de Uno mismo.
Hoy, más que nunca, el individuo parece apegado a la dimensión expresiva del hogar. Yendo a visitar a alguien a su casa podemos saber más sobre él que durante horas de conversación: los colores que le gustan, los objetos que ha decidido exponer, el cuidado o la negligencia con los que trata su interior…”las casas reflejan nuestra personalidad y también, muchas veces, nuestras psicopatologías – señala Francesc Sorribes-. Si una persona es extremadamente ordenada en su casa tenderá a serlo en todo y, al revés, una persona que es caótica en su casa reflejará también ese caos en sus relaciones y en su vida. Hay una clara comunión entre cómo construyo mi casa y cómo construyo mi mundo”. Nuestra casa sirve para revelar nuestro carácter a los demás, pero también para mostrar cómo evoluciona con el paso del tiempo en relación a las experiencias que vivimos. Para ello basta con que nos fijemos en cómo arreglamos nuestro espacio.
Nuestras Relaciones.
La decoración del hogar no sólo revela nuestros gustos, cultura y convicciones, también indica cuáles han sido y son nuestras relaciones con los demás. Tal vez por ello, en ocasiones, tras una ruptura o una pérdida, sentimos el impulso de mudarnos para escapar de los recuerdos dolorosos. Algo que, tal como nos recuerda Francesc Sorribes, no es una verdadera solución: “La gente cree erróneamente que si cambia de casa superará el dolor y, en realidad, lo que hace es apartarlo o negarlo. Evidentemente, las rupturas o las pérdidas suelen ser dolorosas, pero no tenemos que huir de ese sufrimiento, sino que debemos aceptarlo y adaptarnos a la nueva realidad. No tenemos que intentar cambiar la situación, sino crear nuevos significados y recuerdos. Cambiar de casa es una solución fácil e inmediata pero lo que hacemos es escapar del dolor en vez de elaborar el duelo para superarlo realmente”. Con el paso del tiempo, la disposición de los objetos en nuestro hogar cambia a la vez que lo hacen nuestras relaciones. Una casa pensada para dos que se convierte en unipersonal tras una separación, la llegada de un hijo que hace que se llene de juguetes el antes impecable salón, pasar de vivir solo a hacerlo con nuestra pareja en el mismo espacio y aprender a aceptar que lo que antes era de uno ahora es de dos… Nuestro hogar, su distribución y su decoración evoluciona al mismo ritmo que lo hacen nuestras relaciones con los demás, adaptándose a las nuevas necesidades y convirtiéndose así en un fiel reflejo de nuestra evolución personal.

 



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