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COMO DESPRENDERSE DE LA NECESIDAD DE POSESION PDF Imprimir E-mail
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Escrito por WALTER RISO   

Tomado  del libro Desapegarse sin Anestesia

“Un hombre es rico es relación a las cosas que puede desechar” Thoreau

1.    TENER SIN POSEER.  ¿Cómo acabar la sed de posesión? Aunque la solución es compleja podríamos empezar por algo muy simple, pero eficaz: cambiar el “deseo de posesión” por las “ganas de disfrutar”. Y no hablo de hacer una mera interpolación semántica, sino de una transformación más profunda y significativa respecto a los logros personales. Cambiar el “poseer” por el “tener”, sin atar ni atarse. Disfrutar mientras lo conservamos y queremos, mientras la vida nos lo presta o nos lo alquila. No digo que haya que odiar las cosas o despreciarlas, sino que hay que estar dispuesto a la pérdida, porque nos guste o no, tal pérdida es inevitable. Mientras llegue ese día, usufructuar o beneficiarnos de lo que nos llega y sacarle el mayor jugo posible (si son personas, obviamente no en un sentido utilitarista). El Diccionario Ideológico de la Lengua Española da la siguiente definición de “usar”: “Disfrutar cualquier cosa, sea o no uno dueño de ella”. Repitamos para que los poseedores crónicos recapaciten: disfrutar del objeto o la persona que nos genera placer, sin querer o tener que adueñarnos de nada.


Uno de mis pacientes había desarrollado una curiosa obsesión: quería que las cosas materiales de su casa nunca se deterioraran. Debido a la testarudez típica de estos cuadros clínicos (trastornos obsesivos compulsivos TOC), lavaba, limpiaba y controlaba la suciedad para “retardar” el desgaste de los objetos que más le interesaban. Pasaba varias horas a la semana quitando las capas de polvo de los muebles, tapándolos e impidiendo que los demás los utilizaran. Un análisis más profundo mostró que venía de una familia humilde donde su padre siempre había valorado exageradamente los logros materiales, por lo cual él asociaba su éxito profesional a las cosas que poseía. Su mente había creado una identificación errónea y confusa: si los objetos que había conseguido con su esfuerzo y trabajo se “degradaban”, él también lo haría. Fue mejorando, pero todavía pelea con el problema.

2.    NO DEJAR QUE LAS COSAS TE DOMINEN. Cuando tus posesiones te hacen sufrir es mejor alejarse emocional o físicamente de ellas. Hay tres opciones terapéuticas: que ya no te importen (devaluarlas mentalmente), considerar su valor relativo (redimensionarlas o ponerlas “entre paréntesis”) o salir de ellas de una vez por todas (echarlas fuera de tu vida). Es el juego de quién domina a quién: ¿yo “poseo” tal objeto o tal objeto me “posee” a mí? Un bello relato de la cultura china nos ilumina al respecto: -Un valeroso general contemplaba con admiración su colección de antigüedades.

En un momento determinado, cuando sostenía una de sus piezas más apreciadas,  se le resbaló de las manos y estuvo a punto de caerse al suelo y romperse. En ese momento, el valeroso general sintió miedo como nunca lo había sentido antes, ni siquiera en las batallas cuando enfrentaba al enemigo y dirigía a miles de hombres. Pero cuando estuvo a punto de perder su amada reliquia, había temblado como un niño. Después de meditar unos instantes y sin el menor asomo de rabia, el general tomó la reliquia que había estado a punto de romperse y la destruyó deliberadamente-.

3.    CONVERTIRSE EN UN BANCO DE NIEBLA. Si no hay un “yo” que reciba, atrape o quiera retener las situaciones o las cosas, estas pasarán de largo y nos atravesarán como si fuéramos un fantasma. El ejercicio consiste en imaginarte a ti mismo como un ser nebuloso, sin que haya nada sólido en tu interior que recoja algo. Esta actitud hará que la necesidad de posesión en general se debilite: aprenderás a discernir entre lo que vale la pena procesar y lo que hay que desechar. La afirmación “No me importa” puede asimilarse perfectamente a las frases: “No es conmigo” o “Me resbala”. Si te molestas por algo que te dicen, pues eres tú quien lo ha “capturado” y lo ha hecho suyo, de otra manera la supuesta afrenta seguiría por su propia inercia hasta el infierno (o hasta que alguien susceptible la recoja). Cuando eres un banco de niebla tu mente no se queda allí a la espera de nada ni nadie; se hace volátil, insustancial y especialmente lúcida.

Supongamos que alguien intenta insultarte diciendo que tu madre es una prostituta y tú un imbécil. Un “yo que atrapa” se ofendería y querría defender el honor de su madre y dejar claro que su cociente intelectual supera la media de la población. Un “yo que no atrapa” podría pensar: “Mi madre no fue ni es una prostituta, ni tengo nada contra ellas. Respecto a mí, si bien a veces n=me comporto estúpidamente, no soy un imbécil en el sentido estricto del término, y aunque así lo fuera, no pienso que las personas diferentes sean menos”. Entonces no me posesiono de las palabras y no me doy por aludido. El lenguaje cruza mi ser sin aposentarse en el orgullo, o lo que es lo mismo: no hay quien perciba ni haga propio lo que llega de afuera con mala intención.

4.    EL PAISAJE COMO META. Cuando hablo de movilidad, no solo me refiero a estar inmersos en la dinámica del cosmos y la naturaleza, sino también a nuestro movimiento interior. La felicidad, si es que existe, no siempre consiste en llegar a la meta; la mayoría de las veces es suficiente con saber viajar y desarrollar una motivación intrínseca. La gente que ha logrado liberarse del instinto de posesión no espera el gran resultado para pasarla bien, n ose obsesiona con el trofeo; entiende que el “proceso” es la parte operativa de la vida, lo esencial. Lo que hiciste, el intento en sí, independiente de las consecuencias, guarda un encanto especial. No te olvides del paisaje mientras viajas. Inténtalo seriamente: sembrar sin esperar frutos, reír por reír, jugar por jugar, estudiar por estudiar o  escribir por escribir. Proceso en estado puro: “ir hacia” es tan importante como “llegar a”.

5.    DECLARACION DE AUTONOMIA AFECTIVA.
“Usted no es mi felicidad”. Lee esta pequeña reflexión y mientras lo haces imagínate que te estás dirigiendo a la persona de la cual te desprendes. Recuerda simplemente que si consideras que alguien es responsable de tu felicidad, tratarás de poseerla para que no te falte nunca.

“Lo siento, pero usted  no es mi felicidad. No, no lo es y por eso me libero. Me niego a poner mi vida emocional en sus manos. Si usted fuera mi felicidad, su ausencia sería mi acabose y viviría en el filo de la navaja. No quiero intentar “adueñarme” de usted, no va conmigo,  no me interesa. Mi bienestar y mi autorrealización dependen básicamente de mí, lo demás contribuye, ayuda,  pero el proceso interior  que va configurando  mi auténtico ser no vendrá de afuera, no será prestado. Es cuestión de principios y de estética.  No solo quiero mejorar, quiero hacerlo con la inspiración del artista, como una obra de la cual me sienta satisfecho. ¡Qué pesado es hacerse cargo de la dicha del otro! ¡Qué tarea tan difícil, por no decir imposible!

Prefiero respirar por mí mismo, andar sin muletas y ser como soy. No quiero pertenecer a usted, ni que usted me pertenezca. Andemos juntos, si nos parece, pero no seamos “el uno para el otro”, por favor. El bienestar psicológico o el intento de ser feliz requiere de un compromiso personal e intransferible. No es algo que nos regalan, se compre o se posea por decreto: es intransferible. Y como yo no estoy en venta, y espero que usted tampoco lo esté, tenemos la oportunidad de ser libres. Usted no define mi existencia ni yo la suya, de ser así, no podríamos vivir el uno sin el otro. Usted no es mi felicidad, afortunadamente, ni yo soy su amo y señor. La mejor relación que podemos tener es no pertenecernos. El que no posee al otro lo respeta, y eso es belleza, ternura y desapego.

 

 



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