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RESISTENCIA AL CAMBIO PDF Imprimir E-mail
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Escrito por LOUISE L. HAY   

Tomado del libro Usted Puede Sanar su Vida

La conciencia es el primer paso hacia la curación o el cambio. Cuando llevamos algún modelo mental profundamente sepultado en nuestro interior, para poder curarnos debemos empezar por tomar conciencia de ello. Quizás hablemos al respecto con alguien, o veamos aparecer el mismo modelo mental en otras personas. De una manera o de otra, emerge a la superficie, nos llama la atención y empezamos a tener alguna relación con ello. Con frecuencia, atraemos hacia nosotros a un maestro, un amigo, una clase, un seminario o un libro que comienza a sugerirnos maneras nuevas de abordar la disolución del problema.


Mi propio despertar se inició con un comentario casual de un amigo sobre una reunión de la que le habían hablado, y aunque él no iba a ir, yo sentí no sé qué respuesta interior y fui. Aquella pequeña reunión fue mi primer paso por la senda de mi evolución. Hasta cierto tiempo después no me di cuenta de su importancia. Con frecuencia, en esta primera etapa nuestra reacción es pensar que todo eso es una tontería, o que no tiene sentido. Puede ser que nos parezca demasiado fácil, o inaceptable para nuestras ideas. El hecho es que no queremos hacerlo, y  nuestra resistencia cobra muchísima fuerza. Hasta es posible que nos enfademos sólo con pensar en hacer «eso». Una reacción así es excelente, si podemos entender que es el primer paso  en nuestro proceso de curación.

Yo le digo a la gente que cualquier reacción que puedan tener sirve para demostrarles que han iniciado ya el proceso curativo. La verdad es que el proceso se inicia en el momento en que empezamos a pensar en cambiar. La impaciencia no es más que otra forma de resistencia: es la resistencia a aprender y a cambiar. Cuando exigimos que todo se haga ahora mismo, que se complete de inmediato, no nos estamos dando el tiempo necesario para aprender la lección implícita en el problema que nos hemos creado. Si usted quiere ir a la habitación de al lado, tiene que levantarse y avanzar paso a paso en esa dirección. Con quedarse sentado deseando estar en la otra habitación no se arregla nada. Pues es lo mismo. Todos queremos terminar con nuestros problemas, pero no queremos hacer las pequeñas cosas que, sumadas, nos darán la solución.

Ahora es el momento de reconocer  nuestra responsabilidad por haber creado esa situación o ese estado. No estoy hablando de sentirse culpable, ni de que nadie sea una «mala persona» por estar donde está. A lo que me refiero es a reconocer ese «poder interior» que transforma en experiencia cada uno de nuestros pensamientos. En el pasado, sin saberlo, usamos ese poder para crear cosas que no queríamos experimentar, porque no nos dábamos cuenta de lo que hacíamos. Ahora, al reconocer nuestra responsabilidad, tomamos conciencia de este poder, y aprendemos a usarlo conscientemente de manera positiva y en beneficio nuestro.

Con frecuencia, cuando sugiero una solución a un cliente -puede ser una manera nueva de abordar un asunto, o bien perdonar a una persona relacionada con él- veo cómo empieza a contraer y adelantar la mandíbula, y cómo cruza tensamente los brazos sobre el pecho, a veces incluso cerrando los puños. La resistencia está subiendo a escena, y entonces sé que he acertado exactamente con lo que es necesario hacer. Todos tenemos lecciones por aprender. Las cosas que nos resultan difíciles no son más que las lecciones que hemos decidido tomar. Si las cosas nos resultan fáciles, es porque ya las sabemos hacer.

Las lecciones se pueden aprender mediante el hecho de darse cuenta. Si piensa en lo que resulta más difícil hacer, y en cuánto se resiste a hacerlo, está enfrentándose con lo que en este momento es para usted la lección más importante. Entregarse, abandonar la resistencia y permitirse aprender lo que necesita aprender, le facilitará más aún el paso siguiente. No deje que su resistencia le impida cambiar. Podemos trabajar en dos niveles: i) Atendiendo a la resistencia, y 2) Realizando pese a todo los cambios mentales necesarios. Obsérvese, observe su resistencia, y luego, de todas maneras, siga adelante.

Las claves no verbales. Con frecuencia nuestras acciones revelan nuestra resistencia. Por ejemplo:

Cambiar de tema. Irse de la habitación.  Ir al lavabo.  Llegar tarde. Descomposición de estómago. Aplazar la decisión, ya sea:

•    Haciendo otra cosa.
•    Trabajando.
•    Perdiendo el tiempo.
•    Apartar la vista o mirar por la ventana.
•    Hojear una revista.
•    Negarse a atender.
•    Comer, beber o fumar.
•    Entablar o romper una relación.
•    Estropear algo: el coche, un electrodoméstico, un grifo, lo que sea.

Las suposiciones. Con frecuencia suponemos cosas que nos ayudan a justificar nuestra resistencia, diciendo, por ejemplo:

•    De todas maneras no serviría de nada.
•    Mi marido (o mi mujer) no lo entendería.
•    Tendría que cambiar toda mi personalidad.
•    Sólo los chiflados van a ver a un terapeuta.
•    No podría hacer nada con mi problema.
•    No podrían manejar mi agresividad.
•    Mi caso es diferente.
•    No quiero que se preocupen.
•    Ya se resolverá solo.
•    Eso nadie lo hace.

Las creencias. Crecemos con creencias que alimentan nuestra resistencia al cambio. Algunas de las ideas que nos limitan son:

•    No se hace.
•    No está bien.
•    No está bien que yo haga eso.
•    Eso no sería espiritual.
•    Si uno está en el camino espiritual, no se enfada.
•    Los hombres (o las mujeres) no hacen eso.
•    En mi familia no se hace.
•    El amor no es para mí.
•    Eso no es más que una tontería.
•    Es demasiado lejos para ir con el coche.
•    Representa demasiado trabajo.
•    Es demasiado caro.
•    Llevará demasiado tiempo.
•    No creo en esas cosas.
•    No soy esa clase de persona.

Ellos. Cedemos nuestro poder a otros y los ponemos como excusa de nuestra resistencia al cambio. Entonces, pensamos y decimos cosas como éstas:

Dios no lo permitirá. Estoy esperando a tener una buena configuración planetaria. El ambiente no es adecuado. No me dejarán cambiar. No tengo el maestro (o el libro o las herramientas...) que necesito. El médico no me lo permite. Mi trabajo no me deja tiempo. No quiero caer bajo su influencia. Es todo culpa de... El (o ella) tiene que cambiar primero. Lo haré tan pronto como consiga... Ellos no me entienden. No quiero que se ofendan. Mi religión (o mi educación o mi filosofía...) no me lo permite.

Los conceptos sobre uno mismo. Usamos como condiciones limitativas o como resistencia al cambio las ideas que tenemos sobre nosotros mismos. Solemos decir que somos:

Demasiado viejos. Demasiado jóvenes. Demasiado gordos. Demasiado delgados. Demasiado altos. Demasiado bajos. Demasiado haraganes. Demasiado fuertes. Demasiado débiles. Demasiado tontos. Demasiado listos. Demasiado pobres. Demasiado insignificantes. Demasiado frívolos. Demasiado serios. Demasiado engreídos. Quizá todo esto sea demasiado.

Las tácticas dilatorias. Nuestra resistencia a cambiar se expresa a menudo de esta manera. Usamos excusas como:

•    Lo haré más tarde.
•    Ahora no puedo.
•    Ahora no tengo tiempo.
•    Robaría demasiado tiempo a mi trabajo.
•    Sí que es una buena idea.
•    Alguna vez lo haré.
•    Tengo demasiadas cosas que hacer.
•    Me lo pensaré mañana.
•    Lo haré tan pronto como termine con...
•    Lo haré cuando vuelva del viaje.
•    No es el mejor momento.
•    Es demasiado tarde, o demasiado pronto.

La negación. Esta forma de resistencia se manifiesta negando la necesidad de hacer ningún cambio, con expresiones como:

Si a mí no me pasa nada. Es un problema que no puedo remediar.
La vez pasada estaba bien. ¿Y de qué me serviría cambiar? Tal vez el problema desaparezca si no le hago caso.

El miedo. La categoría más amplia de la resistencia al cambio es, con mucho, el miedo... el miedo a lo desconocido. Fíjense en estos  ejemplos:

•    Todavía no estoy listo.
•    ¿Y si fracasara?
•    Tal vez me rechacen.
•    ¿Qué pensarían los vecinos?
•    No quiero destapar esa olla.
•    Me da miedo decírselo a mi marido (o a mi mujer).
•    No sé lo suficiente.
•    Podría hacerme daño.
•    Para eso tendría que cambiar.
•    Me costaría dinero.
•    Antes que eso me muero (o me divorcio).
•    No quiero que nadie sepa que tengo un problema.
•    Me da miedo expresar mis sentimientos.
•    No quiero hablar de eso.
•    No tengo energía suficiente.
•    Quién sabe adónde iríamos a parar.
•    Puedo perder libertad.
•    Es demasiado difícil de hacer.
•    En este momento no tengo dinero.
•    Podría hacerme daño en la espalda.
•    Yo no quiero ser perfecto.
•    Podría perder amigos.
•    Yo no confío en nadie.
•    Así dañaría mi imagen.
•    No sirvo para nada.

Y podríamos continuar con la lista indefinidamente. ¿Reconoce usted como suyo alguno de estos enunciados? Ahora, fíjese en la resistencia al cambio que aparece en estos ejemplos. Una dienta vino a verme porque sufría fuertes dolores. Se había roto la espalda, el cuello y una rodilla en sendos accidentes de automóvil. Llegó tarde, porque se perdió y luego se encontró con un atasco de tráfico. No tuvo ninguna dificultad para contarme todas sus dificultades, pero tan pronto como intenté hablar un momento, empezaron los problemas. Las lentes de contacto empezaron a molestarle, se le ocurrió cambiarse de asiento, tuvo que ir al lavabo,  necesitó quitarse las lentillas... Durante el resto de la sesión no conseguí que me atendiera. Todo eso eran resistencias: no estaba preparada para dejarse curar. Descubrí que tanto su hermana como su madre también se habían roto en dos oportunidades la espalda.

Otro cliente era un actor, mimo y saltimbanqui callejero, y excelente por lo demás. Se jactaba de lo listo que era para engañar a otros, en especial a las instituciones. Él sabía cómo salir bien de todo, y, sin embargo, nunca salía bien de nada. Estaba siempre sin un duro, atrasado por lo menos un mes en el alquiler, muchas veces sin teléfono. Su ropa daba lástima, trabajaba muy esporádicamente, tenía dolores por todas partes y su vida amorosa era un desastre. Su teoría era que no podía abandonar su actitud mientras no le sucediera algo bueno en la vida. Naturalmente, con lo que él daba, nada bueno podía sucederle. Primero tenía que dejar de engañar. Su resistencia se debía a que no estaba preparado para renunciar a su antigua manera de ser.
 

 

 



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