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VERGÜENZA DE SI MISMO PDF Imprimir E-mail
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Escrito por Walter Riso   

(Extraído del Libro “Cuestión de Dignidad”)

Todos en algún momento de nuestra vida hemos experimentado vergüenza. ¿Quién no ha cometido alguna vez errores o equivocaciones en público, generando hilaridad y miradas burlonas? ¿Quién no ha sentido esa mezcla de pesar y alivio (“pena ajena”) por no estar (¡gracias a Dios!) en los zapatos de quien ha hecho el ridículo o ha cometido la mayor de las torpezas?
La famosa expresión, “Trágame tierra”, posee el encanto de la sabiduría popular. Es un hecho fácil de comprobar que la vergüenza produce, al igual que la ansiedad, un fuerte impulso a retirarse de la situación.
 
Pero mientras que en la ansiedad la huida tiene un carácter anticipatorio y preventivo, en el acto vergonzante la retirada se presenta ante un hecho real que ya ha ocurrido: ya “metimos la pata”, ya no se puede sacar y lo único que queda es escapar o, mejor, desaparecer mágicamente a lo Harry Potter.
 
La sensación que produce vergüenza es poco menos que insoportable. La vida debería darnos al menos una segunda oportunidad y tener una función de deshacer, como la herramienta del programa Word, para regresar al pasado inmediato y subsanar la equivocación o la torpeza.
 
Vergüenza pública (externa) vs. Vergüenza privada (interna). La vergüenza pública (ante los demás) es considerada por algunos autores como menos dañina que la vergüenza privada (ante uno mismo), porque podemos desactivarla escapando de la situación, mientras que la privada, al llevarla encima todo el tiempo, termina por convertirse en un malestar crónico. No obstante, si la situación que genera la vergüenza externa (pública) es fuerte y sostenida, la experiencia puede ser tanto o más nociva que la vergüenza interna (privada).
 
La vergüenza privada que tiene que ver con la auto-condenación y la devaluación del yo, es especialmente destructiva porque no se refiere a la manera de comportarse, sino que ataca directamente y a la esencia personal. El argumento no enfatiza el verbo, sino el sujeto: “No hice el ridículo, sino soy ridículo”. Lo que se ataca es la propia identidad, la estructura central del “yo”.
 
Esta vergüenza esencial suele estar determinada por dos esquemas maladaptativos tempranos: Defectuosidad física o psicológica, y/o indeseabilidad social. El individuo se siente inherentemente inapropiado, malo, desagradable, poco interesante, despreciable, incapaz, fraudulento o ridículo. La trama principal que define este tipo de vergüenza es el sentimiento de indignidad por no alcanzar los ideales del yo: sentirse avergonzado de sí mismo es sentirse indigno.
 
Esconderse o atacar. La preocupación principal de la gente que se avergüenza de sí misma es mantenerse oculta del resto del mundo. Su creencia es: “Si alguien me conociera de verdad, con seguridad, se sentiría defraudado de mi persona: mi mundo interior es horrible”.
 
La estrategia preferida para sobrellevar la carga de un ego herido de muerte es la evitación, agazaparse en el anonimato y ocultar la vida interior. Por lo general, no brindan información sobre sí mismos y tampoco preguntan demasiado para no dar pie a que se metan en su territorio.
 
Sin embargo, cuando estas personas se ven entre la espada y la pared y no tienen más remedio que sacar a flote el motivo de su vergüenza, la conducta de evitación es reemplazada por la agresividad defensiva.
 
Asertividad, Autoaceptación y Vergüenza. A los individuos que se avergüenzan de sí mismos, la asertividad los obliga a revisar sus esquemas en dos sentidos:
Los fuerza a salir de su escondite psicológico y exhibirse (el asertivo nunca pasa desapercibido). Les exige revisar su valía personal, lo que les produce una combinación de miedo y fastidio.
 
Los pensamientos que bloquean la asertividad, cuando la vergüenza está presente pueden adoptar distintas formas: “No merezco ser asertivo”, “No tengo derechos”, “Si expreso mis sentimientos llamaré la atención y seré criticado”, “Es mejor no decir lo que pienso, para que no me conozcan”. Pero el factor común a todos podría resumirse en la siguiente consigna: “Me avergüenzo de mí mismo, de lo que hago, digo o pienso, y por lo tanto, no me surge ni merezco ser asertivo”.
 
¿Cómo es posible que un ser humano se denigre a sí mismo hasta el extremo de avergonzarse de estar vivo y existir? ¿De dónde proviene y cómo se gesta esta creencia irracional autodestructiva? Aunque no se pueden descartar las variables genéticas (algunos niños muestran un temperamento introvertido o tímido desde que nacen), el aprendizaje social y la relación con los padres sigue siendo el principal candidato. Los papás y las mamás moldean y modelan el comportamiento de sus hijos hasta donde la biología les permite.
 
Sólo para citar dos ejemplos: los sujetos tímidos y socialmente inseguros recuerdan a sus padres como especialmente críticos y distantes, y los niños que no son capaces de llenar las expectativas de sus padres, o que así lo perciben, pueden crear un ideal personal inalcanzable y ser más propensos a sentir vergüenza. La memoria autobiográfica determina gran parte de nuestra manera de actuar, pensar y sentir el mundo, en cierto sentido, podríamos decir que somos lo que recordamos, somos memoria en acción.
 
Las madres son determinantes en la conformación de la autoestima de sus hijos: pueden hacer crecer el ego o aplastarlo. Si la mente de un niño pudiera poner en términos de pensamiento lógico el sentimiento de ser despreciados por su madre, diría algo así: “Si mi mamá no me quiere, debo ser un esperpento de la naturaleza. Una madre es capaz de dar la vida por sus hijos y amar incondicionalmente a su prole, es lo natural. Una madre es una amadora experta y, además, es la que garantiza la supervivencia, no la del más apto, sino la del más amado. Y, sin embargo, pese a todo, ella quiere deshacerse de mí. ¡Dios mío, si soy un estorbo para ella, no merezco vivir!”.
 
Las personas que tienen la mala costumbre de concentrarse en lo más negativo que en lo positivo terminan por ignorar lo bueno. Tal como lo han sostenido terapeutas humanistas y cognitivos, aceptarse a uno mismo, de manera total y definitiva, es el principal requisito para la salud mental. En palabras del psicólogo cognitivo Ellis: La autoaceptación […] significa que el individuo se acepta total e incondicionalmente, actúe o no de forma inteligente, correcta, competente y al margen de si los demás lo aprueban, responden o aman.
 
Cuando los individuos que se avergüenzan de sí mismos empiezan a mejorar se sorprenden al ver que los demás seres humanos, los mismos que antes parecían psicológicamente inalcanzables y cuasi perfectos, no son tan distintos a ellos. Ésa es la esencia del cambio: aceptar que más allá de las apariencias, en el resguardo más escondido de la humanidad que cargamos, hay un sitio especial en el que somos tan crudamente iguales, tan desesperadamente humanos, tan misteriosamente frágiles, que nadie merece sentirse inferior. No hay otra forma de vencer la vergüenza privada que aceptarse incondicionalmente, a pesar de todo, y de todos.*


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