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UNA HISTORIA DE: ENTREGA PDF Imprimir E-mail
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Escrito por COLETTE BARON-REID   

Tomado del libro Grandes Momentos de Nuestra Vida

El suceso más importante en el retorno de mi don a mí fue una situación que me cambiaría para siempre. Tenía 19 años, y mi alcoholismo había progresado junto con mi egoísmo: estaba congelada en la inmadurez. Manejaba mi desorden alimenticio tomando píldoras de dieta y bebiendo para atemperar sus efectos. Para ese momento, también consumía drogas callejeras, aparte de todo lo demás. Pedía ayuda a gritos en mi interior, pero nadie acudía.


Después de tomar una sobredosis un día antes de mis exámenes finales como pre-alumna de primer ingreso de Leyes en la universidad, fui a la escuela de verano para compensar el año que había saboteado. Estaba deprimida y no sabía qué hacer: mi intuición estaba bloqueada y apagada por todo el veneno que metía en mi cuerpo, y mi destructividad me hacía imposible oír las advertencias de mi alma.

Mis amigos en el campus me recomendaron mantenerme lejos de un bar en particular, ubicado en una zona miserable de la ciudad, del cual se rumoraba que atraía a gente muy desenfrenada. Desde luego que eso sólo me intrigó más, así que fue ahí con una amiga y empezamos a recorrer el lugar. Sobre decir que, siendo yo una joven rebelde, curiosa y autodestructiva, desesperada por atención y sin mucha experiencia con los hombres, me metí en problemas. El lugar era frecuentado por toda clase de tipos rudos, narcotraficantes y motociclistas, entre otros. Debí haber sido más prudente, pero nunca había tenido contacto con ese elemento de la sociedad, excepto en forma de novelas y películas románticas.

Mi primera probada de los peligros de ese sitio llegó una noche después de que insulté a uno de aquellos hombres frente a su pandilla de amigos. Por primera vez en mi vida, recibí una violenta paliza a manos de un hombre. Su puño me dio de lleno en la cara, caí sobre una silla y aterricé en el suelo. Oí un golpe y un impacto seco, y debo haberme quedado sin sentido unos segundos.

Recuerdo haberme parado sola del suelo…el salón daba vueltas, pude probar la sangre corriendo por mi boca, y tanto el frente como el fondo de mi cabeza pulsaban con fuerza. Nunca antes me habían golpeado; me sentí ofendida, humillada y muy asustada. Nadie me ayudó a pararme. Aparentemente yo había hecho lo inconcebible, aunque no estaba exactamente segura de qué era eso… sin embargo, fue lo que sucedió dos semanas después lo que cambiaría mi vida para siempre.

Empezaba a sentirme enjaulada en el dormitorio de la escuela, donde había permanecido desde el incidente en el bar. Todavía impactada por mi experiencia, y con el moretón aún evidente en mi rostro, dejé que mi amiga me convenciera de ir al centro a tomar una cerveza. Más tarde, tropezamos con un grupo de muchachos que ya habíamos visto por ahí. Yo ya quería irme a casa, pero mi amiga deseaba quedarse más tiempo, así que acepté un aventón de los hombres. No los conocía muy bien, pero parecían amables, y nunca antes me habían molestado.

Después de lo que había ocurrido dos semanas antes, yo buscaba protección, así que les creí cuando ofrecieron llevarme a casa sin riesgos. No sabía que esos hombres tenían otros planes para mí, experiencia que me enseñó lo que era perder el poder de decidir qué le ocurriría a mi cuerpo, y que también me hizo comprender de verdad la naturaleza de la vergüenza. Sin embargo, esa situación también me abriría la puerta a las habilidades que previamente había descartado.

Lo interesante fue que al minuto de que acepté el aventón, supe que algo terrible iba a pasar, porque sencillamente ya no podía escuchar. I intuición estaba ahí para mostrarme el camino, pero yo estaba borracha y no pude oírla. Aunque una sensación de temerosa expectación hizo que mi corazón se acelerara, esperé que lo que preví fuera sólo mi imaginación… pero resultó ser absolutamente real. En efecto, algo importante estaba por ocurrir: me iban a violar.

Mientras esos hombres me violaban, yo tuve una extraordinaria e inolvidable experiencia. La recuerdo vívidamente, como si apenas fuera ayer. Me vi salir de mi cuerpo y flotar hacia arriba en la esquina del cuarto. Miraba la escena de abajo, observando lo que estaba sucediendo con tranquilidad, desapego y curiosidad. Recuerdo haberme sentido muy vieja, como si hubiera sido un alma desde el comienzo de los tiempos.

A la vez, mi don intuitivo empezó a revelarme escenas de la vida de mis agresores. Extrañamente, empecé a sentir pena por ellos. Vi a un niño encerrado en el sótano sin agua ni comida, abandonado ahí por su gorda, desaliñada y alcohólica madre. Fui testigo de que otro pequeño y flaco muchacho entraba y salía de hogares de crianza. Un tercero tenía piel pálida, cabello rojo y formaba parte de una numerosa familia; oí gritos y quejas en la cocina, y vi al padre golpeando a la madre en el suelo y al niño ardiendo de rabia. Luego vi a alguien en una tienda de abarrotes robando latas de sopa y metiéndolas a una enorme y desconocida bolsa con manos que evidentemente no eran las mías.

Estas imágenes giraban a mi alrededor y quedaban suspendidas en el cuarto. También experimenté una conciencia dividida: estaba consciente de mí misma, y al mismo tiempo podía “caminar” junto a mi mente, saltando atrás y adelante a voluntad. Tiempo después reconocí que ese es exactamente el mismo “lugar” que puedo visitar cuando doy sesiones.

Lo que me ocurrió esa noche me dejó dos claros legados: el primero fue la vergonzosa herida de la violación, que tardó muchos años en sanar; la segunda y más importante fue la doble conciencia que experimenté. Desde ese día, pude acceder a esa conciencia a voluntad, y esto se convirtió en última instancia en la clave de mi ansia de saber y comprender la vastedad de la conciencia y la percepción humanas. Pero este cambio para bien no fue inmediato.

Durante los años siguientes, permanecí en situaciones que me ponían en riesgo. Estaba confundida y le pedía a Dios que me ayudara, pero creía que El me ignoraba. Además, mi madre me hizo prometer que nunca le contaría a nadie de mi experiencia, pues ella misma había sobrevivido a una violación tumultuaria (Durante la segunda guerra mundial fue agredida por un grupo de soldados rusos mientras su padre adoptivo era obligado a mirar).

Yo nunca habría querido que alguien se enterara de mi violación. La guardé en secreto hasta que me derrumbé un mes después, con hemorragias y una temperatura muy alta. Durante mi subsiguiente estancia en el hospital, les revelé la verdad a mis destrozados padres. A los 19 años de edad, también me habían dicho que probablemente nunca podría tener hijos.

Pasaron nueve años más para que tocara fondo. El alcohol y las drogas ya no me ofrecían escapatorias a mis capacidades intuitivas, aunque los mensajes y visiones eran distorsionados y filtrados por mi dañado ego. Usaba como insignia la percepción de mí misma como una víctima, y la convertía –y con ella a mi vergüenza- en la excusa de mi autodestrucción…..

....Impulsada por el alcohol y el irresuelto dolor de mi pasado, seguía cuesta abajo en mi autodestructivo camino. Luego encontré la vía rápida al infierno y toqué fondo cuando empecé a fumar cocaína (todavía no se le llamaba “crack”). Sé de primera mano qué es estar demente y perder el respeto por uno mismo, la moral y el sentido básico de la decencia humana a manos de la adicción. Debía haber muerto –estuve cerca muchas veces-, pero Dios tenía otros planes para mí.

Justo después del Halloween de 1985, mi familia se devastó: tuvimos que dormir a nuestro amado perro porque tenía cáncer y no podíamos pagar las cuentas del veterinario. Mi padre lo había perdido todo a los 75 años de edad, y vimos un par de millones de dólares desaparecer prácticamente de la noche a la mañana, junto con nuestra casa y –lo peor de todo- el orgullo y la dignidad de mi papá. Él se quedó sentado horas enteras mirando a la nada, fumando cigarrillos y sufriendo los efectos de numerosos ataques de apoplejía y el principio del mal de Alzheimer, mientras mi madre lloraba, aterrorizada ante la idea de que el poco dinero que nos quedaba no fuera suficiente para cubrir los gastos.

Siempre recordaré la noche en que entregué mi vida a Dios. Había ido a ver a un conecte que me daba drogas “gratis”. Subí las escaleras al baño y me vi en el espejo. Por primera vez, me vi como realmente era: desmoralizada, en quiebra en todos los sentidos y carente de todo sentido de humanidad. El blanco de mis ojos era amarillo por la ictericia, mi piel estaba fruncida de tan deshidratada, mis dientes se habían aflojado y las encías me sangraban. Vi llagas en todo mi cuerpo que por alguna razón nunca antes noté, incluidos grandes moretones que ni siquiera recordaba cómo me había hecho.

Había dado todo a cambio de mi adicción, y supe que moriría. En ese momento, recité la primera plegaria honesta que había dicho en años, y la dije con todo el corazón y toda el alma. Temblando, me apoyé con las manos sucias sobre los costados del lavabo y clamé: “Ayúdame!”.

Algunos podrían decir que lo que pasó después fue sencillamente una alucinación causada por las drogas, pero yo sé que no es así. Vi una luz iridiscente a mí alrededor en el espejo… como si hubiera sido encerrada en una burbuja y todo en torno mío luciera más claro. Estaba tranquila, y supe sin sombra de duda que eso había terminado. Estuve segura de que jamás volvería a poner el pie en la casa de ese narcotraficante. No supe cómo, pero algo profundo me habló, me dijo que yo estaría bien y que debía entregarme, y lo escuché y nunca volví atrás.

Colette Baron-Reid, es una popular intuitiva espiritual, líder de seminarios, personalidad de radio, oradora motivacional y artista musical con grabaciones en el sello EMI. Ha compartido el escenario con los autores Sylvia Browne, John Holland, Caroline Myss y muchos otros. Actualmente vive en Toronto, Canadá, con su esposo, Marc, y sus dos hijos.

 



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