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ASERTIVIDAD: NI SUMISION NI AGRESION PDF Imprimir E-mail
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Escrito por WALTER RISO   

Tomado del libro Cuestión de Dignidad

Decimos que una persona es asertiva cuando es capaz de ejercer y/o defender sus derechos personales, como por ejemplo, decir “no”, expresar desacuerdos, dar una opinión contraria y/o expresar sentimientos negativos sin dejarse manipular, como hace el sumiso, y sin manipular ni violar los derechos de los demás, como hace el agresivo.


Entre el extremo nocivo de los que piensan que el fin justifica los medios y la queja plañidera de los que son incapaces de manifestar sus sentimientos y pensamientos, está la opción de la asertividad: una forma de moderación enfática, similar al camino del medio que promulgaron Buda y Aristóteles, en el que se integra constructivamente la tenacidad de quienes pretenden alcanzar sus metas con la disposición a respetar y auto-respetarse.

Es importante destacar que la mayoría de las personas tiene algo de inasertivo. No es necesario cumplir cada uno de los criterios técnicos señalados o estar en el extremo del servilismo para que la dignidad esté fallando. Muchas de las personas que intentan pasar de la sumisión a la asertividad se pasan de revoluciones y caen en la agresividad. No obstante, el mecanismo pendular sumisión /agresión va acomodándose hasta encontrar un equilibrio funcional y saludable. Mientras ello ocurre, hay que estar atento.

CUANDO NO ES CONVENIENTE SER ASERTIVO: CONTRAINDICACIONES, LIMITACIONES Y MALOS ENTENDIDOS.

Hay ocasiones en que la conducta asertiva puede resultar objetivamente contraindicada y/o socialmente inconveniente. En cada caso, el balance costo /beneficio y los intereses personales marcarán la pauta a seguir. Ser asertivo implica una toma de decisión en la que el sujeto debe sopesar los pros y los contras, y resolver si se justifica o no, actuar asertivamente. Este proceso de valoración es similar a cualquier estrategia de resolución de problemas o de afrontamiento, pero también implica una dimensión ética, es decir, una actuación racional guiada por la convicción personal de que estoy haciendo lo correcto.

•    Cuando la integridad física puede verse afectada.
En medios sociales, altamente violentos, en los que la vida ha dejado de ser un valor, es necesario reservar la asertividad sólo para momentos relevantes y específicos, cuando la integridad física no corra riesgos. Nadie con uso de razón se le ocurriría ser asertivo con alguien que le está apuntando con un arma: “Señor, quiero sentar una enérgica protesta por su conducta delictiva y que atenta contra mis derechos como ciudadano”.

•    Cuando se puede lastimar innecesariamente a una persona.
Si la asertividad puede lastimar a otra persona de manera innecesaria, la decisión debe revisarse. Las personas que derraman sinceridad ácida por los cuatro costados son insoportables: “No me gustan tus zapatos”, “No me gusta como hablas”, “Me aterran tus chistes”, “No comas así”, “Tienes caspa”, “Estás gorda”, en fin, el rosario de los que padecen de quisquillosidad crónica. La insensibilidad por el dolor ajeno no se compadece con la defensa de los derechos. La vida está llena de mentiras piadosas, bellas, tiernas y humanistas. La sinceridad puede ser la más cruel de las virtudes, cuando se la priva de excepciones.

•    Cuando haya un costo social significativo.
Un punto que causa escozor entre los que comienzan a ensayar la conducta asertiva es el costo social. La sorpresa es mayúscula, porque la cantidad de “amigos” suele reducirse a la mitad. Tal como lo demuestran los estudios sobre la percepción social de la asertividad, a mucha gente le disgusta la honestidad directa, así sea empática y moderada.

Si una persona es muy dependiente de la aprobación y considera la adecuación social como un valor altamente deseable, la asertividad puede resultarle francamente desagradable, un exabrupto de mal gusto. Cuando alguien está en la tónica de hacer nuevos contactos y mejorar sus habilidades para vencer la soledad, es mejor poner la asertividad en remojo por unos días. No hablo de eliminarla (eso sería un atentado contra la salud mental) sino de subir el umbral de tolerancia para facilitar el contacto inicial con desconocidos. La mayoría de los asertivos tiene pocos, pero buenos amigos.

DIGNIDAD

Para exigir respeto debo empezar por respetarme a mí mismo y reconocer aquello que me hace particularmente valioso, es decir: debo quererme y sentirme digno de amor. Precisamente, la dignidad personal es el reconocimiento de que somos merecedores de lo mejor. Así como nos sentimos amados e importantes cuando alguien nos defiende y nos cuida, de igual manera la autoestima sube como espuma cuando nos resistimos a ser sacrificados, utilizados o explotados.

Si acepto pasivamente la injusticia o la ofensa, estoy admitiendo en los hechos que merezco ser tratado indebidamente. Ésa es la razón por la cual los que tienen pocas habilidades sociales y carecen de asertividad sufren de depresión. Un paciente que sufría de ansiedad social y depresiones frecuentes llegó a una conclusión interesante, un insigth revelador, que no había  procesado antes de manera categórica: “¡Si no me quiero yo, quién me va a querer!”. Muchos pacientes deprimidos mejoran ostensiblemente con el entrenamiento asertivo porque rompen el esquema de desamor al que inevitablemente llevan los comportamientos de sumisión.

Siguiendo a Savater, podemos decir que la dignidad humana implica, al menos, cuatro condiciones: No ser un instrumento para otros fines distintos a los propios. Ser autónomo en las propias decisiones. Ser tratado de acuerdo con sus méritos y no con circunstancias aleatorias como raza, etnia, clase social o preferencia sexual, es decir, no ser discriminado por esas razones. No ser abandonado, despreciado o rechazado afectivamente.

LA ASERTIVIDAD PERMITE UNA MEJOR DEFENSA PSICOLOGICA Y NOS HACE MÁS SEGUROS.

Cuando somos asertivos, se reduce la discrepancia entre el yo real y el yo ideal. Cada vez que ejecutamos una conducta asertiva se genera una retroalimentación, que nos dice: “Fuiste capaz”. Sube el yo real.Cada vez que ejercemos el derecho a expresar nuestras opiniones y sentimientos, el yo real crece, se afianza, se descubre a sí mismo, se asombra de sus capacidades. Y, entonces, el yo ideal no se ve tan lejos.

Una analogía que describe adecuadamente el estilo asertivo es la del campeón de karate. Si el karateca ha internalizado correctamente su aprendizaje, sólo lo utilizará en defensa propia y cuando sea estrictamente necesario, pero sabe que posee la habilidad. El esquema nuclear de toda persona asertiva es de fortaleza, de seguridad. Es lo opuesto a la trama mental del dependiente, que todo el tiempo cree que es débil y que deben protegerlo para sobrevivir. La asertividad y el entrenamiento en habilidades sociales es uno de los tratamientos complementarios más utilizados para pasar de la debilidad percibida a la fortaleza percibida.

LA ASERTIVIDAD FACILITA LA LIBERTAD EMOCIONAL Y EL AUTOCONOCIMIENTO.

Una de las áreas de acción más interesantes y prometedoras de la psicología aplicada es la psicología preventiva, cuyo objetivo es anticipar las dolencias psicológicas y promocionar la salud física y mental. De allí nace la autoayuda seria y profesional. Dentro de este esquema de prevención, la asertividad nos ayuda a experimentar e integrar las emociones a nuestra vida. Cuando expreso lo que pienso y siento, libero la mente y sano mi cuerpo. Me doy la oportunidad de observarme a mí mismo en relación con los otros, me descubro y me comprendo en cada acción y reacción del intercambio. Las investigaciones que muestran que la expresión asertiva de la ira, y de las emociones en general, permite prevenir enfermedades y mejorar la calidad de vida.

Las personas emocionalmente inhibidas y no asertivas, como por ejemplo las que utilizan un estilo represivo de afrontamiento (“No quiero sufrir más”) o un patrón alexitímico (“No entiendo las emociones”), son incapaces de relacionarse con el mundo afectivo exterior e interior. Sin inteligencia emocional y sin asertividad, no podemos disfrutar la vida, ni comprenderla.

LOS DERECHOS ASERTIVOS

El tema de los derechos asertivos es el punto central, el primer requisito, a partir del cual sabremos si debemos reaccionar asertivamente, o no. Por ejemplo, si alguien considera que sus derechos son innumerables, y que, además, todos ellos son no negociables, es probable que la necesidad de protegerse se incremente desproporcionadamente: habrá muchas cosas que defender. Es el caso del agresivo, el quisquilloso, el obsesivo, y algunos desórdenes de la personalidad.

Si por el contrario, se piensa que todos los derechos son negociables y se reduce su número a la mínima expresión, casi con seguridad el comportamiento asertivo ocurrirá muy esporádicamente o nunca. Es el caso de las personas sumisas con baja autoestima o de aquellos individuos, que por sus creencias religiosas o de otra índole, deciden entregarse a una “misión de vida” en la que los otros son más importantes que él.

Cabe preguntarse, si en estos casos podría hablarse de una especia de “inasertividad trascendental”. Por ejemplo, ¿sería correcto decir que Francisco de Asis fue “inasertivo”?, pienso que no. ¿Pero qué podríamos decir de las resignadas abuelas que permitían el maltrato de sus maridos porque creían que ellos tenían más derechos que ellas? Pienso que tenían más de oprimidas que de santas. Un sumiso feliz de que lo exploten, que haga gala del mayor masoquismo y que se recree en la miseria humana, sería una inasertivo egosintónico, es decir, sintonizado con su deficiencia y dichoso de ser como es. El riesgo de asumir esa posición es quedarnos anclados en el déficit y nunca alcanzar la mejoría.

La mayoría de las personas sumisas, cuando se las interroga por sus derechos, se sienten desconcertadas porque no están acostumbradas a pensar en esos términos. Por lo general, creen que no merecen tenerlos (“Soy poca cosa para exigir”), que no les corresponde a ellos (“No es correcto que yo me comporte asertivamente”) o simplemente no saben que los tienen (“Nunca había pensado en eso, no tengo idea de cuáles pueden ser mis derechos”).

Cuando le pregunté a una señora casada, el motivo por el cual su marido podía dormir la siesta y ella no, me contestó que eso era “lo normal” en su familia. Y cuando le pedí que me diera una explicación de por qué dormir la siesta era un privilegio exclusivo de su esposo, la confusión fue tal, que sólo se limitó a decir: “Es hombre”. Un joven que pagaba una pensión barata mientras hacía su carrera de medicina era incapaz de exigir calidad en la comida que le daban porque tenía la creencia de que en los lugares de poca categoría la comida necesariamente debía ser mala, y que por lo tanto, no estaba “permitido” exigir que se mejorara la alimentación: “Eso es para los ricos”, me dijo en cierta ocasión. Una anciana que era literalmente agredida por su hijastro, después de ocho días de pensar en sus derechos, llegó con un contundente: “No sé”. Cuando le pregunté qué opinaba sobre su derecho a ser respetada en su integridad física o a ser libre, me respondió encogiendo los hombros: “Eso no es para mí, doctor”.

La tarea de reconocer cuáles son los derechos asertivos personales no es fácil. A veces la mejor manera de encontrarlos es ver cuáles defienden las demás personas, imaginarse a uno mismo en una situación conflictiva y/o auto-observarse en las relaciones interpersonales cotidianas para detectar cuándo y cómo aflora la indignación. La indignación puede definirse como un sentimiento de cólera ante la injusticia. Cuando sentimos una oleada de ácido clorhídrico en el estómago, cuando se nos va la voz o nos ponemos rojos de la rabia, cuando no podemos pegar el ojo pensando en lo que nos hicieron, cuando una fuerza interior desconocida nos impide olvidar, es probable, aunque no definitivo, que estemos frente a un derecho vital.

¿Qué  nos impide actuar asertivamente, decir “no”, y no dejarnos manipular o explotar?
En muchas ocasiones sentimos el impulso vital, la reacción natural de defendernos, pero algo nos frena. Una fuerza sumamente poderosa y opuesta al enfado entra a escena con el fin de aplacar la rebelión e impedirnos actuar como quisiéramos.

Imaginemos que una persona inasertiva está haciendo una larga y aburrida cola y que un extraño, con el mayor descaro, le quita el puesto. ¿Qué podríamos esperar y predecir de un sujeto no asertivo en esta situación? ¿Qué pasaría en su interior? Veamos. Es probable que no haga ni diga nada. Muy posiblemente en su interior se desencadenaría una lucha simultánea entre dos procesos opuestos: uno mental y otro emocional. De una parte, la indignación activaría el organismo para un ataque a gran escala, sus funciones entrarían en alerta roja y la artillería más pesada de todas, la biológica, apuntaría directo a la cabeza de su oponente. Pero, al mismo tiempo, un sistema de creencias altamente evaluativo empezaría a moderar la ofensiva. Una duda metódica y existencial, orientada a predecir consecuencias, bloquearía el sistema de acción y lo obligaría a revisar la cuestión y a temblar. La firme intención de protestar, de no darse por vencido, de hacerse respetar hasta las últimas consecuencias comenzaría, lenta e inexorablemente, a ceder terreno ante un enemigo difícil de enfrentar: el miedo ganaría la batalla. “Tranquilo señor, pase adelante, a mí no me molesta, no tengo prisa, con mucho gusto…”

La lista de temores que nos impiden ser asertivos puede ser larga y variada. Sólo para citar algunos: miedo a parecer torpe, miedo a la respuesta agresiva del otro, miedo a perder el control, miedo a ser inadecuado, miedo a sentirse culpable, miedo a no saber qué decir, etc. De acuerdo con la historia personal, cada uno va fabricando sus propios fantasmas. Si gana el sentido de la dignidad, habrá respuesta asertiva, si triunfa el miedo, habrá evitación /sumisión.
 



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