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HUMILDAD, SOBERBIA Y VANIDAD PDF Imprimir E-mail
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Escrito por MARIA CECILIA BETANCUR   

En todas  las épocas se ha enseñado que la humildad es una virtud propia   las almas más nobles y de las mentes sabias. En esto tienen razón los maestros. No obstante, tradicionalmente, se ha transmitido un concepto de humildad errónea y perjudicial, al identificarla con el auto desprecio o, en el mejor de los casos, con la desvalorización  de sí mismo. De hecho, siempre que dictó una conferencia sobre autoestima y propongo un ejercicio de reconocimiento y admiración de los valores personales, mis pacientes se frenan un poco cuando les explico el ejercicio; la pregunta que deben responder a su compañero en la fila es: ¿Qué motivos tienes para sentirte orgulloso de sí mismo? Después del trabajo, cuando hacemos el análisis de la experiencia, siempre salta la inquietud: “Uno se siente extraño diciendo tantas cosas bonitas de sí mismo, porque toda la vida le han dicho que debe ser humilde”. Esto significa que verse valioso y decirlo es propio de la gente arrogante, pagada de sí misma.

No hace mucho, en el diccionario de la lengua española se leía: “humildad: es tener plena consciencia de nuestras bajezas y miserias”, como quien dice, ser humilde es saber la clase de porquería que somos. La filosofía, la historia, la religión, la literatura, están llenas de citas y referencias en el mismo sentido. Aceptar este tipo de humildad es despersonalizar al ser humano. Cuantas veces nos encontramos casualmente  con una frase de algún pensador ilustre, casi siempre fuera de su contexto, y reafirmamos viejas y erróneas creencias. “un hombre es grande en cuanto se sabe miserable”, decía pascal y, cuando leemos este mensaje, ingerimos una dosis más de rebajamiento, sin ir más allá, sin explorar el sentido pleno de su pensamiento: el hombre, expresa pascal, es un ser contradictorio en muchos aspectos; es grande y es miserable al mismo tiempo. Es grande porque, a través de pensamiento, es capaz de abarcar al universo, de comprenderlo, y es pequeño, porque es apenas un punto en el universo.

“LA HUMILDAD ES LA VERDAD”
Esto decía Santa Teresa de Jesús, expresión que es una síntesis magnifica de una virtud tan malinterpretada. En su mejor sentido, ser humilde es estar dispuesto a conocerse, a encontrase con lo que hay al interior de sí mismo, aun riesgo de hallar lo indeseado; es aceptar los puntos débiles y empeñarse en cambiar en cuanto es posible. La consciencia de nuestros defectos, errores, faltas y limitaciones nos llevan a comprender que somos imperfectos, como todo el mundo, y nunca mejores o más valiosos que los demás. Tal  consciencia de sí mismo es valía real. La gente que vale y que lo reconoce no se quita méritos, no se rebaja ni se humilla, y se siente orgullosa de ser como es. Esta es la humildad elevada, noble, la auténtica humildad, que es opuesta a la soberbia  y a la vanidad, a la falsedad y la auto depreciación. ¿Por qué no abriamos de sentirnos orgullosos? Es una vida muy triste y la de aquellas personas a quienes nada de lo que hacen o de lo que tienen por lo que han construido les causa satisfacción, les espolea la voluntad, les masajea siquiera un poco el ego, confirmándoles, de esta forma, lo importante de su presencia en el mundo. Sentirse orgulloso por méritos reales es ser capaz de sentirse agradecido.

Quien sabe agradecer parte del hecho de reconocer que no es omnipotente, sino que su  poder viene de una fuerza superior, llámele como quiera llamarle. ¡Esto es humildad! La humildad quedaría a medias si nos negáramos a reconocer las capacidades y valores ajenos. Un grado aún más elevado de humildad, una muestra fehaciente de orgullo sano, es aceptar que en muchos aspectos los demás nos aventajan y estar dispuestos a recurrir a ellos cuando necesitemos de su ayuda. Quedarse únicamente en la constatación reiterada de estas diferencias puede conducir a la envidia.
En síntesis, conocerse, valorarse positivamente, agradecer los beneficios, aceptar con serenidad las debilidades y reconocer las fortalezas de los demás, muchas de ellas falencias nuestras, eso es humildad, ¿no consiste en esto mismo la autoestima?

CUIDADO CON LA SOBERBIA
La soberbia no aguarda ningún parentesco con la autoestima. Ser incapaz de considerar siquiera la posibilidad de que otras personas también poseen grandes valores, muchos de ellos escasos o inexistentes en nosotros mismos, es, más bien, un preocupante indicador de insania mental. Soberbia se le llama a esta deformación de la estimación propia. Consiste en una imagen desbordada de sí mismo, asociada con subestimación de los demás y afán de someterlos. A la postre, el mayor deseo del soberbio es ser reconocido como una persona superior a  las demás, única e inigualable. Su desajuste esta, esencialmente, en que carece de capacidad para conocerse de un modo realista y cuestionar sus actitudes. En un grado extremo, puede llegar al delirio de grandeza, propio de los individuos gravemente afectados por la megalomanía.

Por lo general, los soberbios se sobrestiman a sí mismos en relación con una o unas cuantas  capacidades y atributos, bien sea en cuanto a la fuerza, habilidades o destrezas, belleza, posición social, inteligencia, cultura, vinculación con personajes renombrados o poderosos, riqueza material o  facultades extraordinarias. Personas como estas pueden parecer muy atractivas recién cuando se les conoce, cuando se les conoce por su conversación agradable y la seguridad que reflejan; por sus aspiraciones siempre altas y por el modo magnánimo como se tratan  a sí mismas, en compensación por sus virtudes. A decir verdad, sus realizaciones son escasas, a causa del conflicto entre la idea de su omnipotencia y sus capacidades y limitaciones reales. De ahí que el individuo soberbio prefiera, en muchos casos, no intentar siquiera un objetivo, a correr el riesgo de fracasar. Una cosa son las aspiraciones realistas y otra las fantasías. Las primeras se enmarcan  dentro de unos límites de tiempo, en tanto que las segundas se mueven en el continuo de la eternidad; por eso, las aplaza una y mil veces.

El trato cálido y encantador de los primeros encuentros con una persona soberbia, pronto, cede lugar a la necesidad de utilizar a su interlocutor en beneficio propio y ejercer amplio dominio sobre él. Los mismos  a quienes hoy conquista serán sus sirvientes el día de mañana. Estos individuos se desviven por ser nombrados en juntas directivas y cargos de alto nivel; por ser llamados a llevar a cabo misiones de gran importancia.  A pesar de que su lucha para lograrlo suele ser titánica, creen que se lo merecen. Conseguirlo confirma su grandeza fuera de serie y representa la oportunidad para sacar provecho personal. En el fondo, el soberbio es dueño de una secreta, muy íntima, falta de fe en sus propias virtudes, lo cual es comprensible, puesto que no se conoce y siente miedo de entrar a buscar en su interior. Por tanto un solo rasgo de su personalidad, una característica positiva de su vida, se convierte en el motivo para admirarse en grado extremo, sobrevalorar su personalidad, como el amante de los caballos que, a falta de una bestia  de paso fino, muestra lo único que tiene, una fusta con mango de oro, heredada de su abuelo.

La persona soberbia, aunque sobreestima sus capacidades, no necesita ser  admirada; incluso el desprecio ocasional le resbala; con que ella misma se sienta grande y poderosa, le basta. En la única circunstancia en la que le perturba la crítica y el rechazo es en la relación de pareja. En este campo, lo habitual es que se les dificulte encontrar la persona apropiada, pues debe ser alguien tan atractivo que llame su atención y sea merecedor de sus requiebros; tan corriente que se sienta ante un ser superior y tan débil que no se atreva a sublevarse. Ya hemos dicho que este individuo, al principio, cuando empieza a conquistar la atención de y  de los demás, es interesante y agradable; ahora en cuanto asegura una pareja, empieza a mostrarse como es y quedan al descubierto sus grandes fallas humanas. Las críticas y regaños de su pareja le parecen infundados, ya que se cree la maravilla en persona pero, contradictoriamente, le duelen, porque sabe que ella es quien mejor lo conoce. La relación se malogra sin que pueda reconocer su responsabilidad; su consuelo es pensar que se equivocó en una sola cosa: haber elegido a la persona inadecuada.

Las demás relaciones afectivas del soberbio son, habitualmente, pocos profunda y de corta duración. El egoísmo inherente a la arrogancia impide que forme lazos de amistad. Esta clase de personas utiliza a las demás, pero, por lo general, las demás que la conocen, también sacan de ella el mejor provecho. Unas y otras se dejan de lado cuando ya no son útiles. Lo más doloroso del  soberbio es comprobar, al paso de los años, que  no tiene verdaderos amigos y tampoco tiene un nido. Cuando lo pierde ya no puede mantenerse  en la cumbre donde procuran vivir los arrogantes, sobreviene el peor sufrimiento: el desamor, la renovación, el desacato y la humillación.

LA VANIDAD TAMPOCO  ES PARIENTE DE LA AUTOESTIMA
Al vanidoso no le falta valoración positiva de sí mismo; por el contrario, le sobra, sobreestima sus valores, exagera sus méritos y necesita con ansiedad ser visto, que otras personas babeen de admiración y que le rindan culto. Entre los fatuos, hay individuos de veras valiosos, que desdoran sus méritos con su actitud fanfarrona; también los hay de valores escasos, pero igualmente presuntuosos, esto significa que la estupidez es imparcial. Estudios realizados demuestran que detrás de la apariencia de los vanidosos, cualquiera que sea su valor real, existe un sentimiento de inferioridad, la creencia que carece de los méritos y las cualidades de mucha gente a la cual admira. El  hecho de que las otras personas los encuentren mejores de lo que ellos creen y los adulen les produce la grata pero falsa sensación de ser significativos. Para conseguirlo, exhiben abiertamente cuanto poseen y alardean de lo que no es suyo. En el momento que hace ostentación de su bondad,  de su capacidad, de sus logros y sus momentos de gloria, ellos mismos se sienten merecedores de distinción, halagos y trato preferencial.

Cuando no tienen quien los escuche, su ego se desinfla, con presión tan punzante que enseguida buscan un nuevo escenario donde puedan impresionar y recibir lisonja.La vanidad más despreciable es aquella que se disfraza de humildad. El truco consiste en  conseguir elogios y altas designaciones, mostrando cara de “no lo merezco”, al tiempo que el vanidoso ensalza a quienes lo distinguen, con expresiones abiertas como: “ustedes son bondadosos  al tenerme en cuenta”, y, a la vez, encubiertas como: “ustedes son inteligentes porque son capaces de ver en mi lo que yo mismo no veo”. Todos conocemos individuos que, sin duda, tienen algún mérito. Pero cuando reciben reconocimientos, se rebajan hasta parecer los más pequeños e insignificantes de los mortales. No hace mucho escuchaba a un hombre de letras muy brillante, de larga trayectoria, cuando al recibir un premio por su última novela publicada decía: “Recibo este premio como una bondad de parte de ustedes. Creo que son demasiado generosos al otorgármelo,  habiendo tantos escritores de mayor talla que la mía. Yo soy apenas un admirador de los grandes maestros y, si me comparo con ellos, un principiante”. La reacción que quería arrancar a la gente que le estaba escuchando era “! Además de ser escritor grande, es humilde!”; de eso estoy segura.

La persona vanidosa que finge humildad, casi siempre, asegura la exaltación de la cual es objeto, mediante algunas maniobras previas, hechas en las sombras, de las que nadie se da cuenta; al fin y al cabo, su objetivo no apunta a ser admirado, simplemente, para darse lustre como un vanidoso cualquiera, sino a recibir algún beneficio: un premio, un nombramiento, un ascenso, un título o una distinción. Cuando sabes aquellas palabras de la Bruyere: “la falsa modestia es el último refinamiento de la vanidad”.

No hay nada malo en desear ser tenido en alto aprecio y recibir elogios por razones objetivas, como tampoco es insano sentir ser ese regocijo interior, esa caricia del ego tan agradable y desearse a sí mismo: “Me Felicito”. Lo que no es propio de la gente realmente valiosa y satisfecha de sí misma es tener que hacerse publicidad. El valor del reconocimiento esta en causar admiración, sin esforzarse por lograrlo.

SUBESTIMACIÓN, EL OTRO EXTREMO DE LA VALÍA PERSONAL
No es humildad, ni siquiera humildad falsa, la subestimación es la auténtica convicción de un individuo de que vale poco y, por consiguiente, merece poco o nada. El sentimiento permanente de indignidad se origina en la incapacidad de la persona para conocerse a  fondo y evaluar, de manera objetiva sus virtudes y sus falencias. Su mayor debilidad consiste en la ausencia de discernimiento. La inseguridad y la desconfianza son respecto así misma son producto de una infancia y una adolescencia  durante las cuales el concepto de los demás primaba sobre el suyo. La  imagen que debería formarse de sí misma se redujo a bocetos trazados sobre un papel, borrados y trazados mil veces, al vaivén de la opinión favorable o desfavorable que aquellas personas tan significativas por entonces.

Coloquialmente, diríamos que aquella persona se quedó sin saber quién era, ni cuál era el camino para llegar a su interior y conocer la verdad. Es asombroso encontrarse con ciertos hombres y mujeres que causan admiración por su actitud sin que se percaten de ello; al contrario, se sonrojan y quieren meterse debajo de la tierra cuando alguien los elogia, les agradece o les ofrece una recompensa por sus actos de grandeza. La subestimación no solo priva al individuo del sentimiento de satisfacción personal tan necesario para darle sentido a la vida, sino que anula su disposición de ánimo para trazarse metas, claro está, reafirma su poquedad y ratifica su indignidad. ¿Es esta una vida deseable, provechosa, grata, cómoda, siquiera? En absoluto. No es ni siquiera cómoda, porque la gente que se menosprecia es gente triste y vive tristemente: no busca lo bueno, lo agradable, lo enriquecedor, no participa en los banquetes de la vida; se conforma con las migajas que caen al suelo y las recoge sin dificultad, porque se ha humillado tanto, que su Cabeza toca el piso.

Otra consecuencia de la subestimación propia es que atrae el desprecio de las demás personas. Alguien que en primer momento parece humilde se empecina en mostrarse tan poca cosa y  tan nulo merecedor de consideración o aprecio que no tarda mucho en convencer   a su interlocutor de que tiene razón. No faltan las almas nobles que se detienen al tratar de redimir este tipo de persona, de liberarla de su propia esclavitud, sin resultados alentadores; hasta que se cansan de tanto esforzarse por descubrir las virtudes y los méritos que la persona misma ignora; y, si llegan a detectar alguno, tiene que hacer un gasto inmenso de energía para persuadirla.
 



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