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CÓMO HACERLE FRENTE A LOS TEMORES QUE GENERA EL APEGO PDF Imprimir E-mail
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Escrito por WALTER RISO   

1_ IDENTIFICAR EL MIEDO QUE IMPIDE EL DESAPEGO.
Como dije: no hay apego sin miedo. Es la otra cara de la moneda, es el costo ineludible de la dependencia. Siempre tendrás una ansiedad anticipatoria pegada al corazón, mientras pienses que el objeto o la persona de quien dependes determinan tu razón de ser. Pregúntate honestamente :<<¿Qué me ofrece este o aquel apego?>>, <<¿Compensa alguna de mis limitaciones o debilidades?>>, <<¿aporta a mi realización?>>, <<¿Suple una necesidad impostergable?>>, << Me brinda algún placer adictivo?>>.

Cuestiónate directamente y sin disculpas; ¿Qué te ata? Esculca en ti mismo, ve hacia adentro y revísate exhaustivamente. Ten presente que detrás de cada apego hay un miedo, y detrás de cada miedo se esconde un déficit que debes subsanar. Por ejemplo:Si consideras que  eres una persona poco querible, tendrás miedo a que tu relación afectiva se acabe. Tu mente estará impregnada de un pensamiento  catastrófico que no te deja vivir en paz: << Nadie me amara jamás>>. Si estas convencido de que <<vales por lo que tienes y no por lo que eres>>, la sola idea de perder tus bienes resultará aterradora para tu autoestima:>>Seré un miserable>>. Si piensas que no eres capaz de dirigir tu propia vida, te apegaras a los modelos de seguridad/autoridad por miedo a la soledad y al abandono: <<Necesito a alguien más fuerte que yo para poder sobrevivir>>.Trata de descubrir la secuencia: déficit-miedo-apego, y allí encontraras la  estructura que define tu dependencia. La estrategia para acabar con el temor a perder la fuente de apego es como sigue: supera el déficit o acaba con la necesidad irracional, y  el miedo caerá a medida que la dependencia pierda fuerza.

 2_ ACEPTA LO PEOR QUE PUEDA OCURRIR
Soltarse y dejarse ir. Mata toda esperanza, toda aspiración que te relacione con el apego, así sea por alguna minutos, como cuando meditamos o nos da un ataque pasajero de valentía. Para aceptar lo peor que puede ocurrir hay que ir mentalmente hasta el final de la cadena de acontecimientos temidos.
Imagínate lo que temes, fantasea con ello, mantenlo en  tu mente. No lo evites. Piensa de ex profeso en la << catástrofe>> que sería perder ese algo o esa persona que te resulta imprescindible. Quédate ahí, no dejes ir la imagen, trata de retenerla hasta que sientas una pizca de resignación de la buena o te habitués a la imagen. Juega a que no te importa en lo absoluto, a no desear, a no querer, a no esperar nada de ese apego en particular. Cuando alguien dice <<Me da lo mismo>>, ya no teme; es libre.

<<¿Y si se cae el avión?>>, me decía un paciente con miedo a valor. Le respondí con la argumentación de los antiguos sabios griegos:<< No es tan horrible: queda la muerte, el adiós definitivo, la terminación y el regreso a casa>>. No supo si llorar o reír, pero después empezó a encontrarle sentido. Todo acaba, todo termina, lo más hermoso y lo más atroz. Lo <<peor que puede ocurrir>> no es arder en el infierno por toda la eternidad: ¿es la idea misma de la eternidad! Cuando yo era niño y en el colegio me decían  que la gente mala se iba al infierno <<pata siempre>>, lo que más me angustiaba era la palabra <<Siempre>>, porque me cerraba todas las puertas; no había escape ni fin. Creo que si existiera la inmortalidad, lo más deseado seria la muerte.

Con esto no quiero decir que haya que quitarse la vida o ser un temerario irresponsable, lo que sostengo es que <<lo peor nunca es lo peor>> debido a que tiene fecha de caducidad y se acaba. Que te sirva de consuelo anticipado: si perdieras alguno de tus anhelados apegos, el sufrimiento seria resuelto por el organismo a través del duelo (si lo dejas trabajar). Con el tiempo, tu apego tan amado, tan vital e irreemplazable, terminara siendo un mal recuerdo.  <<Me entrego a la providencia>>, diría un estoico. Aceptar lo que vaya a ocurrir es la mejor opción cuando lo que deseo o espero escapa a mi control o ya no depende mí. La regla es como sigues: si algo depende de ti y vale la pena, lucha, resístete y aguanta hasta donde seas capaz, pero si escapas  a tu control y nada puedes hacer al respecto, no persigas ciegamente un imposible, deja que el destino, Dios o lo que sea, se hagan cargo del asunto. Aceptar lo peor que puede ocurrir no es negar el poder de decisión que tienes, sino marcar sus límites y humanizarlo.

Podemos llamarlo <<modestia adaptiva>>: la ocurrencia de un terremoto no depende de ti, lo que depende de ti es tratar de salvarte, escapa y busca refugio. De manera similar, y siguiendo con la climatología, no podrás detener la lluvia pero si comprarte un enorme y bello paraguas. Dicho de otra forma: la << modestia adaptiva>> es comprender hasta donde deben llegar y se justifican tus esfuerzos. Cuando algún optimista insensato me dice que no hay imposible, me lo imagino tratando de volar sin ayuda y cayendo de culo.

ASUSTAR AL MIEDO
Es una variante del punto anterior: retar los temores para que vengan a tu encuentro y hacerles frente, como si estuvieras enfrentado a un enemigo que es cobarde. El método consiste en hacer exactamente lo que tus miedos o tus creencias infundadas te impiden hacer. Por ejemplo: si crees que no sabes hablar en público, porque no tienes una buena voz, tartamudeas a veces o sudas cuando estas frente al auditorio, pues reta al miedo escénico, provócalo y toma el control: habla en público cada vez que puedas, así incomodo o doloroso. Y si con el tiempo vas mejorando, no te eches en los laureles. No te confíes; búscalo en cada resquicio de tu ser, en sus escondites preferidos. Dile como un antiguo espadachín: <<te reto a que me impidas dar la conferencia: ¡a ver si eres capaz, pedazo de imbécil!>>. El efecto es paradójico, similar a lo que le ocurre a la gente que sufre de insomnio y en vez  de dar vueltas en la cama y tratar de dormir a la fuerza, deciden no dormir porque ya no les da la gana; a la media hora están roncando.

Yo llamaría a esta práctica del desapego un << entrenamiento en valentía>>: fortalecerse intencionalmente ante la posible pérdida del objetivo de nuestros deseos. Ayunos programados para los que tienen apego a la comida; salir sin plata y mirar vitrinas para quienes son adictos a comprar; tener discusiones enfáticas con Dios para los apegados a la espiritualidad; doblegarse y dejarse mandar para quienes aman el poder;  perder apropósito para quien desea ganar a toda costa; hacer el ridículo para los que necesitan la aprobación;  y así. Exponerse e inocularse el estrés que genera el apego para crear defensas.

Una mujer que temía a los fantasmas y debía dormir con las luces prendidas, aplico el método y decidió << asustar a los fantasmas>>. Nunca había visto uno, pero se lo imaginaba como en las viejas películas de terror de Bela lugosi: arrastrando cadenas, vestidos con manto blanco y rostro pálido. El primer paso fue disfrazarse ella misma de fantasma. Su esposo e hijos colaboraron activamente: talco en la cara, una túnica blanca, música tenebrosa y unas cadenas atadas al tobillo. Cuando el reloj daba las doce en punto en la noche, vestida de esa manera, debía llamarlos con la luz apagada e insultarlos. Abrir los closet, entrar intempestivamente a un cuarto, buscarlos debajo de la cama, en las escaleras, en fin, debía desafiarlos y sacarlos de sus escondites. Los primeros intentos fueron difíciles y mi paciente sudaba adrenalina, pero poco a poco fue cambiando el pánico por una actitud más valeroso. Al cabo de unas semanas el ejercicio le producía risa y se generalizo positivamente a otros lugares. Esto, no está de más decirlo, se llevó acabo con un contexto de terapia y supervisión con profesionales experimentados.

El miedo de perder los apegos es como los fantasmas:<< asustan más de lejos que de cerca>> (Maquiavelo). Cuando no te inclinas ante ellos, van perdiendo su poder intimidatorio. Las palabras mágicas, las surgen del desapego, son: << Ya no temo perderte: me da lo mismo que te acabes o te vayas>>.

TENER CONFIANZA EN UNO MISMO
En cierto sentido, somos los que  no decimos. Si piensas que eres inútil incapaz, te sentirás mal respectos a tus posibilidades y las cosas no funcionaran bien. Pero si logras hacer a un lado los pensamientos derrotistas y fatalistas que caracterizan a la gente miedosa, podrás persistir en tus metas y no desertar. No hablo de auto engaño o de una forma amañada de auto suficiencia, sino de realismo convincente. Si te dices todo el día que fracasarás, el miedo a fallar bajara tu rendimiento, no obtendrás buenos resultados y harás que se cumplan tus profecías negativas. Tú creas los moustruos y dejas que te devoren.  <<Quien vive temeroso no será nunca libre>>, decía Horacio. El miedo te limita, te encierra, te esclaviza.

Cuando un paciente me pregunta en relación a su trastorno: <<¿Voy a curarme?>>, yo suelo responder: << Vamos a dar la pelea>>. Y uno de los principales requisitos para luchar es no sabotearse a uno mismo utilizando auto verbalizaciones destructivas: si posees las habilidades o competencias para afrontar los miedos, hazlo de una vez; y si no la tienes, apréndelas, róbalas o tómalas prestadas, pero no te quedes de brazos cruzados. 


 



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