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EL DOLOR QUE NOS UNE PDF Imprimir E-mail
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Escrito por WALTER RISO   

Es un hecho que el dolor se dispara con mayor facilidad y persiste por más tiempo que el placer; los seres humanos somos especialmente sensibles al  sufrimiento. Placer y dolor: cara y cruz de la existencia. El dolor nos empuja hacia adentro y nos aísla del mundo, mientras que el placer nos expande hacia afuera y nos vuelve indolentes.

Un enamorado entregado plenamente al goce del amor es poco menos que un ente abstracto (el nirvana adormece), pero ante la posibilidad de perder a su amada, el mismo individuo saltaría como un resorte  e intentaría restaurar el control afectivo. Por ejemplo, si llegaras de un viaje corto y descubrieras que tu pareja no te ha extrañado, es probable que te preocupes e intérpretes su comportamiento como “sospechoso” de desamor. Pero por si el contrario, la encontraras al borde de un colapso nervioso, angustiadas y con síntomas depresivos debido a tu ausencia, confirmarías que si te ama.

Obviamente te interesarías por su salud, pero en tu interior, en lo más profundo y oscuro de tu conciencia, una mezcla de orgullo y tranquilidad te haría sentir bien: “¡cuánto me ama!”. Asociamos el amor al dolor, esa es la verdad. Therlard de Chardin afirma que existe que una ley natural que dice  que todo éxito se paga con un gran porcentaje de fracasos: crecer es sufrir, irremediablemente.

Para Kant, el dolor es una especie de bendición que nos salva del orgasmo letal que tendría lugar si el impulso irrefrenable del placer siguiera indefinidamente su curso. Dicho de otro modo: el dolor como “bendición” que se intercala entre un deleite y otro para que no muramos de la dicha y evitemos la indolencia del hombre feliz.

Prohibido ser feliz. Jalil Gibran, en un sentido similar pero más poético, decía que la tristeza no es más que un muro entre dos jardines. Sea como sea, el placer  nos acuna y el dolor nos aguijonea. No importa el sentido que le demos, la naturaleza nos cuida: cuando algo nos genera sufrimiento, todo el organismo se dispone a eliminar su causa. Lo curioso es que a veces el dolor ajeno nos duele tanto o más que el propio: un sufrimiento profundo, inexplicable desde la biología. Es la necesidad imperiosa de ponerse en el lugar del ser amado cuando sufre.

Recuerdo el caso de un adolecente al que  le habían secuestrado a su anciano padre y les propuso a los secuestradores intercambiarse por él, y que el hombre estaba enfermo. Una vez hecho el intercambio, el joven duro un año en cautiverio. Cuando finalmente lo soltaron,  me conto que durante su confinamiento, en los momentos de mayor desesperación, un solo pensamiento lo mantuvo en pie: “De estar aquí mi papa ya estaría muerto”. No era valentía ni audacia, solo amor en estado puro.

El amor guía el sistema de valores y lo reafirma lo absorbe ¿Qué otra motivación fuera del amor podría haber tenido aquel joven? El valor de la benevolencia (ágape) preserva y reforzar el bienestar de las personas cercanas, amadas.

LAS REGLAS DE ORO DE LA CONVIVENCIA
Si quisiéramos establecer una regla universal de convivencia que nos permitiera vivir en pareja y en sociedad de manera constructiva, ¿Qué deberíamos ponderar más: la invitación del dolor o la administración del placer? Algunos dirán que ambas son primordiales, y estamos de acuerdo, pero si solamente pudiéramos seleccionar una de las dos opciones: ¿Cuál elegirías? Que sería más importante para tu convivencia de pareja: ¿generar placer o evitar el dolor? Ya vimos que el intercambio de reforzadores es determinante para philia  y el placer es imprescindible para eros, pero ¿de qué manera el dolor se relaciona con el ágape?

El dolor tiene un lenguaje más categórico y absolutista que el placer. Si alguien con dolor de muela se encuentra con otra persona en igual condición, la identificación seria inmediata: “¡eso es  horrible!”, dirá uno y con seguridad el otro asentirá con vehemencia; el acuerdo será total. Pero si tuvieran que hablar de sus respectivos orgasmos o de su plato preferido, la coincidencia dejaría de ser tan precisa. La descripción mostraría cierta variabilidad tanto en la parte operativa como subjetiva. Nos parecemos más en el dolor que en placer. La mayoría de las personas soportarían más fácilmente la ausencia del placer que la presencia del dolor: lo primero deprime, lo segundo enloquece. Veamos algunas de las máximas de convivencia (“reglas de  oro”) más relevantes y pensemos cuál de ellas se acomodaría mejor a nuestra vida afectiva.

1 la madre de todas las reglas ama a tu prójimo como a ti mismo se le atribuye primero a Moisés y luego a Jesús. Su mandato es claro: dar la  misma importancia a los intereses de otros que a los propios; ponernos en los zapatos de los demás y usarlos ¿Es posible obtener semejante amor? ¿Eres capaz de no solo  amar a tus hijos sino a todos los hijos del mundo?: muy difícil, aunque vale la pena intentarlo. Pese a su complejidad, “Amar al prójimo como  a nosotros mismo” nos permite entre lazar el amor a los otros con el amor propio. Amarte como me amo es aceptar que hay un “yo”, es reconocerme como un ser legítimo que merece ágape y  lo otorga.

2 Otra formulación  cristiana es la que aparece en el Nuevo Testamento y (Mateo 7:12), y traduce: “tratemos a los demás como nos gustaría que nos trataran”. Aparentemente la premisa no tiene objeciones. Sin embargo, tiene un “pero”. Bernard Shaw, citado por Savater, lo señalo claramente: “No siempre hagas a los demás lo que desees que te hagan a ti: ellos pueden tener gustos diferentes”. Y es verdad. Seria aburrido regalarle a mi esposa en el día de su cumpleaños una caja de herramientas, porque “porque eso es lo que me gustaría que ella me regalara”. No puedo acariciarte como desearía que me acariciaras, sin correr el riesgo de incomodarte; ni puedo amarte exactamente como yo quisiera que me amaras, porque sería desconocer tus preferencias. En definitiva: no puedo suponer que necesitas las mismas cosas que yo.

3 Rousseau señala que la anterior regla es una “máxima sublime de justicia” sin embargo, propone en su lugar “otra máxima de bondad natural, mucho menos perfecta, pero más útil”. Yo agregaría: más razonable y menos riesgos potenciales. “haz el bien con el menor daño posible al prójimo”. Aquí ya es tenido en cuenta el dolor del otro, la ineludible realidad de su capacidad de sufrir. Si te amo de verdad mi primera meta, mi primer objetivo afectivo, será no hacerte sufrir. Esa es la condición esencial para que el amor florezca. Procurar tu bienestar sin molestias, al menos intentarlo seriamente. Ponerme en tu lugar, o mejor, en tu dolor, y desde ahí amarte, no como extraño o extranjero, sino como parte esencial de  mi vida.

4 Voltaire nos sugiere otra opción para empezar a construir y cimentar cualquier vínculo social: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan”. Darwin llego a la misma “regla de oro”  partiendo del instinto social. Así se desarrolla ágape: empezar por la no violencia, por la retirada del poder, por el respeto, por el dolor que nos une.  No te hare nada que no quisiera que me hicieras. Daré un paso atrás, un paso amable, para luego avanzar sobre lo positivo. Después ensayare tus gustos, pero solo cuando tenga claro tus disgustos. No puede crecer el amor si no se abona primero la tierra del buen trato. Es muy fácil saber cuáles son tus derechos, basta con mirar los míos.

La regla de oro que expone Voltaire sobre la tolerancia es la artesanal del ágape. Lo cual no significa que la norma no pueda ponerse al servicio de un fin antiagápico. Por ejemplo, un  ermitaño afectivo (esquizoide) podría utilizar la premisa voltereana y acomodarla a su indiferencia: “como la idea es que no te hago lo que no me gustaría que me hicieras, entonces he decidido no amarte”. Aun así, aunque la patología pueda crear excepciones a la mencionada regla, pienso que en el dolor nos vemos más identificados los unos con los otros. No te hare sufrir  ni me harás sufrir, ese es el trato para que ágape sea motivo de felicidad.

 



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