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Escrito por JACK CANFIELD   

La Historia de Teresa Collins
Extraído del Libro Chicken Soup for the Woman’s Soul

“Conquistarán quienes crean que pueden” Virgil
Tenía 10 años de edad, era más alta y gorda que el resto de los niños. Fue entonces cuando empecé a comer a escondidas. Ya me sentía bastante mal con mi peso pero cuando los demás se burlaban de mí, me sentía peor, así que acudía a la comida para sentir alivio.
Con el tiempo, trataba de encorvarme para no sobresalir tanto entre mis amigas, pero mi mamá no me lo permitía. Mamá siempre me decía: “Siéntete orgullosa de tu estatura. Nunca has visto a una modelo bajita, o si?”, esto llamó mi atención. Para mí la palabra modelo significaba belleza, lo cual ciertamente no estaba incluido en el vocabulario que usaba para describirme.
Un día, estaba llorando por como mis amigas llamaban la atención de los chicos y yo no. Mi mamá me sentó otra vez. Recuerdo la suave y reconfortante mirada con sus hermosos ojos azules cuando me contaba la historia del Patito Feo –como la belleza del pequeño pato se reveló a su momento. Mi mamá me dijo que cada uno tenía su momento para brillar en el mundo. “Este es el momento de ellas”, me dijo. “tu momento llegará cuando te conviertas en una mujer”. Escuché la historia de mi madre muchas veces mientras crecía, pero mi tiempo nunca se veía venir.
Ya adulta y casada, comencé a tener a mis bebés. Después del nacimiento de cada uno de mis tres hijos, siempre me sumaba 10 kilos. Cuando quedé embarazada del último, pesaba 105 kilos. Después de eso, por un periodo de 8 años perdí la esperanza de tener un peso normal otra vez. Yo era la primera en hacer chistes de mi gordura, riendo por fuera pero llorando intensamente por dentro. Le escondía a mi familia mis atracones de comida, odiándome a mí misma por lo que estaba haciendo, pero incapaz de controlarlo.
A la edad de 34, pesaba 150 kilos. Tenía dolores las 24 horas del día, con problemas degenerativos en los discos. Mi cuerpo se sentía estirado y aplastado a la vez. Pesar todos esos kilos fue la gota que derramó la copa. La balanza mostraba 150 kilos pero yo me sentía 0. Me di cuenta con gran claridad que sino empezaba a controlar mi vida ahora, no viviría por mucho tiempo. Pensé en mis hermosos hijos –no podría verlos crecer. Me perdería sus primeros amores, sus dolores de cabeza, sus graduaciones, sus bodas- nunca cargaría a mis nietos.
En ese momento, supe que tenía dos opciones: vivir o morir. Algo dentro se rompió y me oí a mí misma gritar “Voy a vivir! Me merezco vivir! Viva!”.
Grité lo suficientemente fuerte para que se despertara una nueva Yo. Como quería vivir ese día! Tenía una emoción dentro de mí que no había sentido nunca. Supe entonces que iba hacer todo lo que estuviera a mi alcance para ganar esta batalla. No iba a darme por vencida nunca más.
Este poderoso deseo de vivir dentro de mí fue realmente la fuerza del amor. Sentí una chispa de amor por mí misma –como era- como ya llevaba bastante tiempo siendo. Decidí, por primera vez que iba a perder peso de manera saludable. En el pasado, había abusado de dietas tanto como había abusado de la comida. Había aguantado hambre al punto de perder el cabello y tener la visión borrosa.
Esta vez, establecería metas pequeñas, así al alcanzarlas ganaría cada vez más confianza para continuar. Aprendí a preparar y disfrutar la comida saludable baja en calorías. También desarrollé una nueva forma de hablarme a mí misma sobre la comida. Cuando la comida “me llama” en vez de decir, anda, nena come. Quien se va a enterar?. La nueva Teresa era firme. No!, no voy a volver a comer a escondidas y sintiendo culpa. Comeré cuando Yo lo decida, no cuando la comida me llame. Que maravilloso se sintió cuando pasé al siguiente día sin haber hecho trampa.
Lo más difícil de todo era que me tenía que concentrar en lo positivo en mi vida. Siempre fui buena dándole animo a otros, ahora me daba cuenta que la persona que más ánimo necesitaba era yo. Comencé a usar maquillaje porque me hacía sentir orgullosa de mi misma, algunas veces este fue el empujón que necesité para seguir adelante. A medida que iba bajando de peso, me veía más pequeña y mi autoestima subía y subía.
Recuerdo la primera vez que fui a ver la ropa de talla regular y no la de tallas grandes en la tienda de departamentos. Lloré al ver la cantidad de ropa que ahora sí podía usar. Cargué con 20 juegos de ropa diferentes y me fuí al vestier. La vendedora estaba sorprendida diciendo, “Todo eso?”. Yo mostré una gran sonrisa, “si, todo esto”, respondí orgullosa. Subiéndome un par de jeans, me sentí maravillosamente libre. Lo voy a lograr, pensé.
En nueve meses había perdido 54 kilos, pero llegué a una pared. Por años había culpado de mi exceso de peso a mi lento metabolismo, y siempre había peleado con el ejercicio como había peleado con perder peso. Ahora sabía que no iba a avanzar mucho sino movía mi cuerpo. Recuerdo decirme: Nena, no fuiste bendecida con un excelente metabolismo, pero fuiste bendecida con dos piernas, así que muévete y haz algo con ese metabolismo lento. Así lo hice.
Parqueaba mi carro en un sembrado de trigo cercano a mi casa, caminaba alrededor de la cerca una milla hasta el final del campo. Si quería regresar a casa, tenía que regresar al carro, así que no tenía más opción que caminar la milla de regreso. Fue duro al principio, pero se fue volviendo más fácil con el paso de las semanas y meses.
Después de otros 8 meses, ya estaba en mi peso meta, 85 kilos. Había perdido 65 kilos! Estaba en talla 12. Lo mejor de todo es que estoy viva, no solo en cuerpo sino en espíritu también.
Ahora mi esposo coquetea conmigo, y nuestros hijos piensan que actuamos raro porque somos tan felices juntos. Además, puedo ser una mamá activa con mis hijos de la manera que soñaba. Pescamos, jugamos o salimos por ahí juntos, y sorprendentemente, tengo la energía suficiente para mantenerles el paso.
Hoy, a mis 36 años, soy bendecida con una nueva carrera. Escribir y publicar mi libro de cocina baja en calorías ha sido una de las más emocionantes aventuras que alguna vez haya tenido.
Por el libro y los discursos motivacionales que he dado para promocionarlo, he tenido la oportunidad de llegar a personas, quienes como yo, perdieron la esperanza de perder peso y ganar el control de sus vidas.
Para mí, perder peso fue cuestión de elegir vivir una y otra y otra vez. Recuerdo un día en una de mis caminatas por el sembrado de trigo, a través de la cerca alcancé una ramita de trigo para sostenerla en mi mano mientras caminaba. Recordé eso de la escuela, en la antigua Grecia, el trigo representaba la vida. Ese día cuando me sentía desfallecer, miraba el trigo en mi mano y éste me estimulaba a terminar mi escalada de dos millas.
Todavía tengo el trozo de trigo. Cuando tengo un día difícil, lo miro y me recuerda la chica, y después la mujer, quien por tantos años pensó que no había esperanza, pero que con fe, coraje y amor, encontró esperanza –y su vida- nuevamente. Es, finalmente, mi tiempo de brillar.


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