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QUÉ PASÓ CON EL HOMBRE DETALLISTA? ¿MURIÓ O, ACASO, LO MATAMOS? PDF Imprimir E-mail
Escrito por ISABELLA SANTO DOMINGO   

Extraído del libro Los Caballeros las prefieren brutas


Otro de los beneficios que hemos perdido por culpa de un feminismo mal administrado, es decir, el asumido con venganza por la opresión machista del pasado, es indiscutiblemente nuestro derecho a los detalles románticos.

¿Qué pasó entonces con el hombre detallista, acaso se extinguió con los dinosaurios? ¿Acaso murió por culpa del feminismo mal  aplicado? ¿Acaso nuestra resignación por vivir cada vez más simple y elementalmente es por culpa de la información que traemos desde nuestras infancias? ¿Es acaso por culpa de la sumisión inculcada por algunas de nuestras progenitoras que nos hemos refugiado en cuanta onda tipo Greenpeace que se popularice? ¿O será por culpa del conformismo que nos hemos convertido en conservacionistas, vegetarianas, practicantes de yoga, protectoras de animales, activistas políticas, en mujeres resignadas que ya no buscamos que ellos sean detallistas con nosotras sin que ello implique desplegar toda nuestra desconfianza hacia el sexo opuesto? ¿Acaso por eso nos hemos vuelto tan espirituales y mientras tanto la materia qué? ¿El materialismo, tan femenino como la laca o el esmalte de uñas, qué? 

¿O tal vez, a su cruel modo, algunas de nuestras sometidas madres quisieron alertarnos de lo que sería nuestra triste realidad si llegáramos a depender de un marido avaro? ¿Será todo esto la raíz del problema? ¿Acaso por esta misma causa o razón las mujeres modernas, en masa, buscamos nuestra propia independencia económica casi como una necesidad física? ¿O todo el cambio fue suscitado por el tema económico y nada más? ¿Será, entonces, que toda la guerra de los sexos está basada en la libertad que hemos ganado las mujeres para comprar y gastar a nuestras anchas con nuestro propio dinero? ¡Eso sí que es materialismo en su más pura manifestación!

Lo que no entiendo es ¿Por qué, en vez de luchar contra la pareja para que podamos gastar dinero, no fingimos más bien que somos, cómo diríamos, menos capaces, y lograr así igualmente gastar dinero?... pero el de ellos. Porque lo que sí es cierto es que ya los hombres no se molestan en ser detallistas. Para qué, si todo lo podemos conseguir con nuestro trabajo y por nuestros propios medios. ¿Cuál es la gracia de regalarnos una cartera, cuando por asalariadas podemos comprarnos una igual, así sea chimba, en donde la contrabandista de moda? ¿Cuál es el chiste de sorprendernos si aparentemente ya no necesitamos nada? ¿Para qué el esfuerzo si cuando tienen detalles con nosotras siempre sospechamos que hay algo malo detrás? “Seguro que quiere algo”; “me regaló flores” ¡Horror! Seguro me puso los cuernos el muy desgraciado. ¿Qué es este nuevo pensamiento tan perjudicial para la salud mental, por Dios? Por nuestra parte, nosotras, las mujeres modernas, también hemos perdido la habilidad de aceptar y agradecer un regalo sin sospechar que detrás del gesto hay una traición o, peor aún, una propuesta matrimonial.

Cansadas como estamos de creer que la ama de casa es un ser aburrido, sin vida, sin aspiraciones, a la cual explotan durante toda su vida como una empleada de servicio gratis, declinamos sus regalos y los convertimos en lo que son hoy día: hombres poco detallistas y fríos. Además como, maliciosamente hemos optado por creer que el cuentito ese del matrimonio no es ninguna petición de amor sino más bien la forma más práctica que tienen de que le hagamos todo gratis, que los atendamos gratis, que les demos hijos gratis, que los ayudemos con los gastos de la casa gratis, entonces a las mujeres modernas la propuesta ya empezó a parecernos poco menos que atractiva.

Lo cierto es que una de las cosas que más extraño del machismo y la razón por la cual propongo esta nueva corriente femenina más no feminista, <machismo por conveniencia>, son todos esos detalles por los que nos derretimos. Modernas o no, extrañamos al hombre detallista y, por supuesto, sus detalles. Ahora, los hombres, tal vez por nuestra propia actitud de mujeres aguerridas, desconfiadas, independientes, ya no quieren sentir que estamos burlándonos de ellos. Ya no nos quieren contemplar como antes porque se sienten escaneados, analizados, juzgados permanentemente por nosotras. Porque una de las cosas más terribles que hemos adoptado las mujeres del mundo con la modernización es a desconfiar de todo y de todos. Entonces, a los hombres ya les aburrió el plan ese que cualquier detalle que tengan con nosotras, jamás será suficientemente grandioso. Porque por nuestras mentes casi siempre ronda la duda: “Quién sabe dónde lo habrá comprado y cuánto le costó esa baratija. Quién sabe qué quiere ahora o qué fue lo que hizo”. Antes no. Uno sólo agradecía el gesto y se limitaba a derretirse de amor y a batir pestaña. Las mujeres, mientras sigamos pensando que cualquier cosa que nos den o quieran hacer por nosotras, podríamos hacerlo mejor y mucho más rápido que ellos, estaremos inevitablemente condenándonos a no volver a recibir nunca ninguna manifestación de cariño. Nos acostumbramos a caminar más rápido que ellos. A manejar nuestro propio carro que pagamos nosotras mismas por cuotas. A decir que no porque sí. A llamarlos por nuestra cuenta. A invitarlos a salir si es que tenemos ganas de verlos. A sacarlos de la casa o irnos con las amigas cuando no tenemos ganas de hacerlo. ¿Entonces así quién puede? Así, ningún hombre se animaría jamás a meterse en la boca de semejante lobo.

Yo sí quisiera regresar a nuestras antiguas raíces. A que nos traten como unas princesas, a que nos traigan flores a la casa sin ninguna razón aparente, a que nos regalen muñecos de peluche así nos den alergia y nos alboroten la rinitis. A que nos dediquen graffitis y a que hagan al menos un esfuerzo por conquistar nuestro amor. Como antes. Y no como ahora, que con coincidir en un bar, es más que suficiente. Cuando uno ya no se quiere casar sino convivir un rato a ver qué pasa, por puro y físico miedo a fracasar. Como si convivir con alguien y no lograr consolidad una relación estable (con hijos, perro y eventos familiares), de hecho ya no lo fuera. Cuando las relaciones se acaban porque nosotras mismas las matamos con tantas condiciones y reglas absurdas. Como lo que pasa en nuestros tiempos cuando si él gana menos que nosotras ya no lo admiramos. Cuando si nosotras no queremos trabajar más lo confundimos con que somos unas perfectas inútiles sin aspiraciones. Qué tiene de malo no aspirar a otra cosa que lo consientan a uno y que ellos vuelvan a creer que son los jefes del hogar. Sí, admitámoslo, la vida era mucho más fácil y cómoda para nosotras cuando eran ellos los que se creían los más capaces, cuando eran más detallistas.

Los detalles de ahora suelen ser tan patéticos que, si quieren ser considerados en casa, su forma de demostrarnos que nos quieren es pagando la mitad de la luz de ese mes. En las fechas especiales, si no logramos salir de la ducha sin matarnos antes de que deje de sonar el celular, tenemos que conformarnos con suponer que nos querían felicitar en nuestro día porque nos dejaron un mensaje en el buzón. Si nos invitan a cenar, partimos la cuenta por mitades para que él no vaya a pensar que estamos con él por interés o porque lo queremos casar. ¿Y qué si lo piensa? ¿Acaso ese no es el chiste? ¿Acaso, en el fondo, eso no es lo que la mayoría de las mujeres queremos? Que nos atiendan, que nos conquisten, que nos inviten a vivir la vida juntos. ¿Por qué tanta prevención, por qué estamos tan a la defensiva, por qué nos hemos vuelto tan desconfiadas?

 



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