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CONDUCTAS QUE AMENAZAN LA RELACION PDF Imprimir E-mail
Escrito por Ma. Elena López y Ma. Fernanda González   

Extraído del libro Inteligencia en Pareja

A veces, sin quererlo, estimulamos comportamientos que se vuelven en contra de la relación. Por ejemplo, cuando dejamos de entender las necesidades de nuestro compañero, la relación se llena de vacíos u reclamos que se quedan sin solucionar. Y esta falta de claridad puede dar pie a conductas inadecuadas. La mayoría de estas conductas sin inconscientes y aparentemente bien intencionadas, pero suelen provocar una reacción defensiva que puede ocasionar serias desavenencias, las cuales pueden maltratar seriamente la relación si no se corrigen a tiempo.

A continuación, analizaremos detalladamente estas conductas:

1. Transgredir los límites de lo individual. Cuando una persona no es consciente de sus propias fronteras y de las de los demás, puede tender a entrometerse en la vida de sus allegados y, por lo tanto, estimular discusiones y confrontaciones. La cercanía y la intimidad en la relación de pareja exigen, con mayor razón, que los límites sean muy claros. Cuando sentimos que nuestra privacidad está siendo violentada, lo más probable es que reaccionemos con intensidad, sobre todo cuando no estamos en capacidad de regular las emociones. Generalmente, las personas tienden a expresar este tipo de sensaciones violando la individualidad de su compañero, al culparlo y juzgarlo. Pero lo único que esto genera es una reacción defensiva que desemboca en altercados, pues al señalar y juzgar el comportamiento ajeno traspasamos la línea de la individualidad y entramos en el espacio del otro, ostentando una posición de superioridad. La mejor manera para no trasgredir los limites es cuestionar nuestros propios sentimientos frente a las conductas de las parejas, y para esto se necesita un buen nivel de autocontrol.

2.  Asumir el papel del psicoterapeuta. Esta clase de conducta se deriva de la anterior, pues implica transgredir los límites, para entrometerse en el espacio de la pareja y adoptar una actitud de superioridad. En este caso, en especial, se asume el papel de experto, desde el cual se pretende interpretar el comportamiento del otro. Muchas veces, cuando las personas pertenecen a este medio, o si han asistido a psicoterapia, se sienten impulsadas a analizar el comportamiento de sus familiares, amigos y colegas, sin antes confirmar que han sido invitadas a desempeñar este papel. ¿Y no es realmente incomodo que, cuando se busca apoyo porque se tiene un problema, el otro asuma una posición de superioridad, al interpretar y diagnosticar el asunto todo el tiempo?. Si en una pareja se permiten estas actitudes, lo mejor es reservarlas para momentos en los que no haya conflicto. Es importante distinguir entre ayudar a la pareja y asumir la posición de superioridad que implica interpretar su conducta. De todos modos, lo primordial es utilizar la empatía para detectar cuáles son las necesidades del otro y actuar en consecuencia.

3. Conflictos del pasado.  Algunas parejas sin darse cuenta, empiezan a pelear sin un motivo aparente. Pero al examinar la situación, advierten que hay un cúmulo de reclamos y desacuerdos que han quedado sin solucionar y que salen a relucir en cualquier momento, en la situación menos esperada. La sensación que esto deja en la pareja es de incertidumbre, pues no se sabe qué es lo que está alimentando el conflicto. En estos casos, lo mejor es adoptar una actitud reflexiva que permita analizar los motivos internos que están generando los disgustos, para saber si se está peleando por una situación del momento presente o si, más bien, se trata de un reclamo por algo pasado que quedó sin solución.

4. Resistencia a enfrentar la realidad. Es común encontrar parejas en las que alguno de sus integrantes trata de pasar por alto los problemas por temor a enfrentarlos, aunque esta actitud impida que se solucionen las dificultades.

Por ejemplo, es una pareja que está pasando por una crisis económica, uno de los dos no la acepta y continua asumiendo los mismos compromisos económicos, mientras que el otro hace un esfuerzo enorme por corregir la situación. La resistencia a enfrentar la realidad es característica de las personas que temen admitir que las cosas cambian o que hay que enfrentar situaciones de crisis. Son personas a las que les cuesta trabajo asumir la magnitud de los conflictos y que, por tanto, tienden a mostrarse ciegas y sordas ante los hechos. Esto refleja cierta incapacidad para tener en cuenta los sentimientos y las opiniones del otro y lleva a la persona a encerrarse en su propia perspectiva, para no admitir que la realidad se va a manifestar en algún momento, por más que  intente evitarlo. Las parejas con esta dificultad se estancan y no salen adelante en los períodos de crisis. La ayuda de otras personas o la reflexión individual pueden animar a romper este círculo vicioso.

5. Hacerse la víctima. Las personas que tienen el hábito de hacerse las víctimas se caracterizan por hablar principalmente de los desastres y las dificultades que han padecido. Tienen una habilidad tal que pueden relacionar cualquier detalle con una dificultad experimentada. También tienen una memoria prodigiosa para recordar los eventos negativos de su vida y pareciera que su principal objetivo es producir lástima para controlar indirectamente al otro. Esta actitud las lleva a no asumir sus responsabilidades, y esto puede desequilibrar la relación de pareja. Lo que motiva este tipo de actitudes es la falta de seguridad en sí mismo. Representar el papel de víctima, consciente o inconscientemente, genera beneficios secundarios. Por esta razón, es más fácil asumir este rol en vez de enfrentar y sacar adelante los propios intereses y deseos.

Es muy frecuente que una persona con esta tendencia muestre una incapacidad para posponer la satisfacción de sus deseos. Este comportamiento es también una manera de manipular al otro en beneficio propio, pues la atención se concentra en atender las necesidades del que asume el papel de víctima, sin tener en cuenta las del otro.

Por otra parte, cuando una pareja está a punto de separarse, no es raro que uno de los dos adopte la posición de víctima para manipular la decisión. Lo mismo sucede con las parejas que están pasando por un momento de cambio. En estos casos, es necesario estudiar cuál es la motivación profunda que está generando ese comportamiento, pues de lo contrario puede seguir manifestándose cada vez que haya que enfrentar alguna crisis o realizar algún cambio significativo.

6. El hábito de defenderse. Este hábito  consiste en la necesidad permanente de justificar y explicar cualquier conducta ante una crítica o un comentario, y se complementa con una marcada urgencia de convencer al otro de la bondad de las intenciones. Las personas que tienden a defenderse no pueden ver sus errores o los aspectos que deben mejorar.

Al presentarse esta conducta en la relación de pareja, el principal objetivo de uno de los dos será defenderse y el del otro, demostrar que no está acusando ni juzgando. Interacciones como éstas entorpecen el crecimiento de la relación y vuelven conflictivo el ambiente, pues cada uno se convierte en un estratega y la convivencia pierde espontaneidad. La conducta defensiva genera, con frecuencia, un círculo vicioso: mientras más se defiende el uno, más tiene que ceder el otro para no ser considerado como el verdugo. El gasto emocional que implica esta conducta no permite ver más allá del problema y, a la larga, lo que se fortalece no es la relación sino el juego de defenderse.

7. Buscar un culpable. Esta conducta es característica de personas temerosas, que tienen baja autoestima y son incapaces de enfrentar las consecuencias de sus actos, o de personas perfeccionistas, que no pueden admitir que cometieron un error.

Si durante las transiciones que se dan entre las diversas etapas de una pareja, alguno de los dos asume la actitud de buscar un culpable, la relación se debilita y el proceso de crecimiento se detiene. La mejor manera para evitar esta tendencia es tener claridad sobre las propias responsabilidades y las del compañero. Una actitud que puede ayudar a la pareja a no enfrascarse en buscar quién es el culpable es referirse a los hechos objetivamente, describiéndolos sin hacer juicios y sin culpar al otro. Por ejemplo, ante el hecho cotidiano de que su compañero deje la toalla en el piso del baño todas las mañanas y no lo reconozca, su reclamo no va a tener eco si usted insiste en hacerlo sentir culpable. Un comentario tan sencillo como “La toalla se quedó en el piso” puede bastar para que el otro asuma su responsabilidad, así no la hará explícita.

8. Escarbar en las heridas del otro. Es común que las personas tengan debilidades y heridas, algunas de las cuales no han sanado completamente y que, por lo tanto, pueden ser fácilmente removidas por los demás. Una tarea esencial para profundizar el vínculo de la pareja es conocer las heridas y experiencias dolorosas del otro, con el fin de descubrir nuevas dimensiones de su personalidad. Sin embargo, y por irónico que parezca, este conocimiento puede ser usado como un arma en un momento de crisis o discusión. Algunas personas emocionalmente inmaduras tienden a valerse de este conocimiento como táctica para intimidar o dominar al otro. Aquí se revela, entonces, otro aspecto esencial del autoconocimiento: tener claridad sobre las experiencias dolorosas que nos han marcado y sobre la manera como éstas inciden en nuestra vida cotidiana. La carga emocional de las heridas consume una gran cantidad de energía, y sólo cuando conocemos y manejamos nuestras propias emociones y reacciones, podemos ser sensibles a las debilidades del otro. Por lo tanto, las parejas que desean combatir este hábito deben tener una conciencia muy clara de las heridas de cada uno, para no convertirlas en un arma en medio de una disputa.
 



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