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LA HISTORIA DE CONNIE: Treinta y dos años; divorciada, con un hijo de once años PDF Imprimir E-mail
Escrito por ROBIN NORWOOD   

Extraído del libro Las Mujeres que Aman Demasiado


“Hay muchos hombres, dijo la Bella, que son peores monstruos que tú, y yo te prefiero a pesar de tu aspecto…”  La Bella y la Bestia

Antes de la terapia yo no podía recordar una sola cuestión por la que mis padres pelearan. Lo único que podía recordar era que peleaban constantemente. Todos los días, en todas las comidas, casi a cada minuto. Se criticaban, estaban en desacuerdo y se insultaban, mientras mi hermano y yo mirábamos. Papá se quedaba en su trabajo, o donde fuera, todo el tiempo que podía, pero tarde o temprano tenía que volver a casa, y entonces todo empezaba otra vez. Mi rol en todo esto era, en primer lugar, fingir que no pasaba nada malo, y segundo, tratar de distraer a uno de ellos o a ambos entreteniéndolos. Yo sacudía la cabeza, les mostraba una amplia sonrisa y hacía un chiste o cualquier tontería que se me ocurriera para captar su atención. En realidad, por adentro estaba muerta de miedo, pero el miedo me impedía actuar con sensatez. Por eso hacía payasadas y chistes, y pronto el ser simpática se convirtió en un trabajo de tiempo completo. Practiqué tanto en casa que después de un tiempo empecé a actuar así también en otros lugares. Siempre mejoraba mi actuación. Básicamente, consistía en esto: si había algo malo lo ignoraba, y al mismo tiempo trataba de disimularlo. Esta última oración resume lo que sucedió en mi matrimonio.

Conocí a Kenneth junto a la piscina de mi apartamento a los veinte años. Estaba muy bronceado, y era muy apuesto. El hecho de que, poco después de conocerme, tuviese suficiente interés como para querer vivir conmigo me hizo sentir que nos esperaba un gran futuro. Además, él era tan alegre como yo, así que pensé que teníamos todos los ingredientes para ser felices juntos.

 

Kenneth era un poco impreciso, un poco indeciso con respecto a su carrera, sobre lo que quería hacer con su vida, y en ese aspecto le di mucho aliento. Estaba segura de que lo estaba ayudando a florecer, que le daba el apoyo y la dirección que necesitaba. Yo tomé todas las decisiones que nos concernían como pareja desde el comienzo, pero aun así, él hacía lo que quería. Me sentía fuerte y él se sentía libre de apoyarse en mí. Creo que era exactamente lo que ambos necesitábamos.

Hacía tres o cuatro meses que vivíamos juntos cuando una vieja amiga suya del trabajo lo llamó a casa. Se sorprendió mucho al enterarse de que yo estaba viviendo con Kenneth. Me dijo que él nunca le había mencionado que anduviera con alguien, aunque la veía al menos dos o tres veces por semana en el trabajo. Todo esto salió a la luz cuando ella trataba de disculparse por haber llamado. Bueno, eso me conmocionó un poco, e interrogué a Kenneth al respecto. Me dijo que no le había parecido importante contárselo. Recuerdo el miedo y el dolor que sentí entonces, pero sólo me sentí así por un momento. Luego oculté esos sentimientos y me mostré muy intelectual. Veía sólo dos opciones: podía pelear con él o dejar pasar la cuestión sin esperar que él viera las cosas a mi modo. Elegí la segunda, sin dudarlo, y bromeé sobre el asunto. Me había prometido a mí misma que nunca, jamás, pelearía como lo habían hecho mis padres. De hecho, la idea de enfadarme literalmente me daba náuseas. Dado que, de niña, había estado tan ocupada entreteniendo a todos, evitaba sentir emociones fuertes. A esa altura las discusiones violentas me asustaban de verdad, me hacían perder el equilibrio. Además, me gustaba mantener las cosas en calma, por eso acepté lo que decía Kenneth y sepulté mis dudas con respecto a la sinceridad de su compromiso conmigo. Nos casamos unos meses después.

Doce años más tarde, por sugerencia de una amiga del trabajo, me encontré un día en el consultorio de una terapeuta. Yo pensaba que aún tenía control sobre mi vida, pero mi amiga había dicho que estaba preocupada por mí e insistió en que consultara a un especialista.

Kenneth y yo habíamos estado casados esos doce años y yo creía que habíamos sido muy felices, pero ahora estábamos separados por iniciativa mía. La terapeuta me interrogó. ¿Qué había salido mal? Hablé de muchas cosas distintas, y en medio de mi divagación mencioné que él no volvía a casa por las noches, al principio una o dos veces por semana, luego tres o cuatro veces por semana y, finalmente, durante los últimos cinco años, seis de cada siete noches. Finalmente le dije que parecía que en realidad él deseaba estar en otra parte, así que tal vez sería mejor que se mudara.

La terapeuta me preguntó si sabía dónde había estado él todas esas noches, y le respondí que no lo sabía, que nunca se lo había preguntado. Recuerdo cuánto se sorprendió. “¿Todas esas noches en todos esos años y nunca se lo preguntó?" Le dije que no, nunca, que yo pensaba que las parejas casadas tenían que proporcionarse espacio mutuo. Lo que hacía, sin embargo, era hablar con él respecto de que debería pasar más tiempo con nuestro hijo, Thad. Él siempre estaba de acuerdo conmigo, y después se iba de todos modos por la noche y tal vez, de vez en cuando, venía con nosotros para hacer algo juntos los domingos. Yo prefería verlo como alguien no muy inteligente, que necesitaba aquellos interminables sermones que yo le daba para mantenerlo un poco en la senda de un buen padre. Nunca pude admitir que él estaba haciendo exactamente lo que quería y que yo no podría cambiarlo. En realidad, las cosas empeoraron con los años, a pesar de lo perfecta que yo trataba de que fuera mi conducta. Durante aquella primera sesión, la terapeuta me preguntó qué pensaba yo que había estado haciendo Kenneth cuando no estaba en casa. Eso me irritó. Simplemente no quería pensar en ello, porque si lo hacía, podría lastimarme.

Ahora sé que Kenneth era incapaz de estar con una sola mujer, aunque le gustaba la seguridad de una relación estable. Me había dado miles de indicios de ese comportamiento tanto antes del matrimonio como después: en los picnics en grupo, cuando desaparecía durante horas, o en las fiestas, cuando se ponía a hablar con alguna mujer y después desaparecían juntos, sin siquiera pensar en lo que yo estaba haciendo en esas situaciones. Por mi parte yo usaba mi encanto para distraer a la gente de lo que estaba pasando y para demostrar lo buena jugadora que era... y quizá para demostrar que era digna de ser amada, no alguien de quien un novio o un esposo querrían alejarse si pudieran.

Me llevó mucho tiempo de terapia poder recordar que el problema en el matrimonio de mis padres también habían sido otras mujeres. Sus peleas se habían debido a que mi padre salía y no volvía a casa, y mi madre, si bien no lo decía directamente, insinuaba que él le era infiel y luego lo regañaba porque nos dejaba de lado. Yo pensaba que ella lo alejaba, y decidí en forma muy consciente que nunca me comportaría como ella. Por eso me contenía y siempre sonreía. Eso fue lo que me llevó a la terapia. Yo seguía sonriendo el día siguiente a aquel en que mi hijo de nueve años trató de suicidarse. Lo dejé pasar como un chiste, y eso fue lo que alarmó realmente a mi amiga del trabajo. Yo había tenido por mucho tiempo la convicción de que si me mostraba agradable y nunca me enfadaba, todo saldría bien.

El hecho de ver a Kenneth como alguien no muy inteligente también ayudó. Yo lo sermoneaba y trataba de organizar su vida, lo que para él quizá fuera un precio bajo a cambio de tener a alguien que cocinara y limpiara mientras él hacía exactamente lo que quería, sin preguntas de por medio.

Era tanta la profundidad de mi negación de que algo andaba mal que no pude librarme de ella hasta que busqué ayuda. Mi hijo era sumamente infeliz, y yo simplemente me resistía a admitirlo. Trataba de hablar con él para convencerlo de que todo estaba bien, bromeaba al respecto, lo que tal vez lo hacía sentirse peor. También me rehusaba a admitir que algo andaba mal ante la gente que nos conocía. Kenneth estuvo fuera de casa por seis meses y yo seguía sin decir a nadie que estábamos separados, lo que también hacía las cosas más difíciles para mi hijo. Él también tenía que guardar el secreto y ocultar el dolor que sentía por todo eso. Como yo no quería hablar del tema con nadie, tampoco dejaba que él lo hiciera. No veía con cuánta desesperación él necesitaba revelar el secreto. La terapeuta realmente me impulsó a empezar a decir a la gente que mi matrimonio perfecto había terminado. Me costó muchísimo admitirlo. Creo que el intento de suicidio de Thad fue simplemente su manera de decir: "¡Oigan todos! ¡Sí hay algo que anda mal!"

Bueno, ahora nos va mejor. Thad y yo seguimos en terapia juntos y por separado, aprendiendo a hablamos y a sentir lo que sentimos. En mi terapia ha habido una regla que me prohíbe hacer bromas sobre cualquier cosa que surja durante la sesión. Me resulta muy difícil renunciar a esa defensa y sentir lo que me sucede cuando lo hago, pero lo estoy haciendo mucho mejor. Cuando tengo alguna cita a veces pienso cómo me necesita este hombre o aquél para enderezar algunos pequeños detalles de su vida, pero sé que no debo pensar en eso por mucho tiempo. Últimamente, los únicos chistes que me permiten hacer en la terapia son algunas referencias muy ocasionales a esos breves impulsos enfermizos de "ayudar". Me hace sentir bien reír de lo enfermiza que ha sido esa conducta, en lugar de reír para disimular todo lo que ha estado mal.

Al principio, Connie utilizó el humor para distraerse a sí misma y a sus padres de la amenazadora realidad de su relación inestable. Empleando todo su encanto y su astucia, podía desviar la atención de ellos hacia ella y detener así las peleas, al menos en forma temporaria. Cada vez que ocurría eso, ella hacía las veces de pegamento que unía a aquellos dos combatientes, asumiendo toda la responsabilidad que implicaba ese rol. Esas interacciones generaron su necesidad de controlar a los demás a fin de sentirse a salvo, y ella ejercía ese control distrayéndolos con el humor. Aprendió a ser sumamente sensible a las señales de ira y hostilidad en aquellos que la rodeaban, y a desviar tales expresiones con alguna ocurrencia oportuna o una sonrisa que los desarmaba.

Connie tenía una doble causa para negar sus sentimientos: primero, la idea de la potencial ruptura entre sus padres la asustaba demasiado como para soportarla; y en segundo lugar, cualquier emoción por su parte sólo lograría empeorar la situación. Pronto, llegó a negar sus sentimientos en forma automática, tal como buscaba manipular y controlar automáticamente a quienes la rodeaban. Su alegría superficial sin duda alejaba de ella a algunas personas, pero otros, como Kenneth, que no tenían deseos de relacionarse más que en un nivel superficial, se sentían atraídos por ese estilo.

El hecho de que Connie pudiera vivir durante años con un hombre que desaparecía horas enteras con creciente frecuencia, y que finalmente comenzó a desaparecer todas las noches, sin preguntarle jamás sobre sus actividades o su paradero durante esas ausencias es una medida de su gran capacidad para la negación y del miedo igualmente intenso y subyacente. Connie no quería saber, no quería pelear ni enfrentarse y, más que nada, no quería volver a sentir el terror de su niñez. Con la disensión todo su mundo se desmoronaría.

Fue muy difícil que Connie accediera a un proceso terapéutico que exigía renunciar a su defensa principal: el humor. Era como si alguien le pidiera que dejara de respirar; en algún nivel ella estaba segura de que no sobreviviría sin él. El ruego desesperado de su hijo para que ambos comenzaran a enfrentar la dolorosa realidad de la situación apenas atravesó las fuertes defensas de Connie. Ella estaba fuera de contacto con la realidad, casi hasta el punto de estar realmente loca, y durante mucho tiempo en la terapia insistió en hablar solamente de los problemas de Thad, negando que ella también tuviera los suyos. Como siempre había sido la "fuerte", no estaba dispuesta a abandonar esa posición sin pelear. Pero poco a poco, a medida que se volvió más dispuesta a experimentar el pánico que afloraba a la superficie cuando no recurría a los chistes, comenzó a sentirse más a salvo. Connie aprendió que, como adulta, tenía a su disposición mecanismos mucho más saludables que los que tanto había usado desde la niñez. Comenzó a cuestionar, a enfrentar, a expresarse, a hacer saber sus necesidades. Aprendió a ser más sincera de lo que había sido en muchos, muchos años, consigo misma y con los demás. Y finalmente pudo recuperar el buen humor, que ahora incluía el reírse sanamente de sí misma.

 


"Pon Fin Al Estrés y La Ansiedad De No Saber Qué Hacer Para Salvar Tu Problemático Matrimonio!"

 



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