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PRIMERO SEXO, DESPUES AFECTO PDF Imprimir E-mail
Escrito por WALTER RISO   

Extraído del Libro Intimidades Masculinas

Si a un hombre común y corriente una mujer desconocida y muy atractiva, tipo Kim Bassinger o algo similar, le pidiera de buenas a primeras que tuvieran relaciones sexuales, no me imagino al supuesto señor diciendo: “No sé… Nos acabamos de conocer… Soy un hombre casado…” o “Hágame el favor y respete! ¡Por quién me ha tomado!”, o “Lo lamento Kim, pero no te amo”. La gran mayoría de los hombres, en semejante disyuntiva, no dudaría un instante en tirarse al ruedo sin importarle demasiado las consecuencias; al menos, no habría mucha repulsa. Más aún, el estereotipo social del hombre viril y dispuesto no deja demasiadas opciones: un hombre que no acepte las insinuaciones femeninas es definitivamente “dudoso”, además de poco caballero. Ésa es la premisa de todo buen semental que se precie de serlo.

La belleza física en una mujer coqueta puede llegar a idiotizar a los hombres. Recuerdo el impacto que produjo Sharon Stone en la película Bajos Instintos, cuando hizo aquel inolvidable cruce de piernas, aparentemente sin ropa interior. Incluso hoy en día la imagen sigue apareciendo en distintos flashes publicitarios, con el claro propósito de activar la libido masculina.

Siempre me he preguntado qué puede sentir una mujer atractiva y de buen cuerpo en un mundo de hombres desesperados por poseerla. Supongo que de un lado, el poder más tremendo, y del otro, el hartazgo del acoso sexual. Pero además, de alguna manera, debe estar presente el miedo a envejecer. El culto a la belleza femenina, instaurado por el deseo masculino y mantenido por la punzante crítica de las propias mujeres, ha creado un culto por la juventud y las proporciones, que raya en lo obsesivo. La sagaz Agatha Christie caricaturizaba así la cosa: “Un arqueólogo es el mejor marido que una mujer pueda tener; cuanto más envejezca ella, más se interesará él”. Habría que preguntarse qué podría ocurrirle psicológicamente a un hombre muy buen mozo y sexy frente a una feminidad donde, si bien existe la sexualidad, el afecto también tiene mucho peso. Parecería que las mujeres son más benévolas con nuestro físico.

Los hechos hablan por sí solos: el efecto no parece ser tan importante para los hombres a la hora de establecer relaciones sexuales, al menos en el inicio. Sin embargo,  a excepción de los famosos “caprichos genitales”, el afecto es el principal factor de mantenimiento de lo sexual. O dicho de otra forma, el amor garantiza la duración del deseo. No importa cuántas cirugías, liposucciones y mesoterapias se haga la mujer: si el hombre no la ama, tarde que temprano la candela se acaba. Los métodos artificiales, si no hay afecto, sólo prolongan la agonía del deseo: el amor es el mejor cirujano estético.

Cuando un varón se satisface sexualmente con una mujer por la que no siente sino atracción física, al cabo de un rato sale despavorido. Escapa de inmediato, porque una vez eliminado lo fisiológico solamente queda el hastío, la saciedad y el disgusto. La mujer que por minutos antes podía haber hecho de él lo que quisiera, pierde de inmediato su poder y la ventaja se invierte. La eyaculación se lleva toda atracción, y el varón queda, por así decirlo, desagotado y libre de todo apego (al menos por unas cuantas horas o días, hasta que las hormonas vuelvan a alborotarse). Pero cuando el afecto está presente, luego de la relación sexual nace una calma compartida, unas ganas enormes de abrazar y consentir a la mujer que nos hizo feliz. No hay asco ni pasión, sólo ternura al por mayor.

Los hombres no solo somos capaces de separar el sexo del afecto, sino que a veces les hacemos tomar rumbos opuestos. Como decían algunos abuelitos de aquella época: “La esposa es para respetar y la amante para gozar”.  Muchos varones se encaprichan con un cuerpo y quedan atrapados exclusivamente en el placer que les brinda la compatibilidad física, casi que morfológica, donde ni siquiera la belleza tiene mucho que ver. Eso no es amor, sino obstinación sexual. Podemos babear de ganas, pero es imposible enamorarse de una estructura ósea y corporal al margen de quien la lleva. Podemos adherirnos como una hiedra, pero no más. Lo que uno realmente ama es el ser que está metido en la vestimenta de lo físico. En el contexto del amor, la piel acaricia, y en lo sexual, solamente excita.

¿Qué peso tienen en la atracción masculina otros aspectos como personalidad, inteligencia, humor, amabilidad y otros atributos no físicos? La respuesta es clara: para que un hombre se enamore, la manera de ser de la mujer es determinante. Si el deseo queda aislado de cualquier otra afinidad, no habrá relación afectiva sino sexo en estado puro. Cuando conocemos a una mujer muy bella, pero sin otro atractivo, automáticamente nos convertimos en seres fisiológicos con un solo objetivo en mente. Pero si la mujer nos gusta también en un sentido psicológico y/o espiritual, aunque el objetivo inicial no suele descartarse, nos volvemos más afectivos y menos sexuales. De todas maneras, salvo excepciones, la regla queda definida de la siguiente manera: el hombre entra por el sexo, y si encuentra lo que le gusta, llega al amor; si no es así, se devuelve. La mujer entra por el amor, y si todo va bien, llega al sexo. Cuando la cosa funciona, nos encontramos en la mitad del camino.

Los hombres tenemos claro que si la mujer nos agrada como persona, el deseo sexual simplemente es la llave para seguir avanzando. Incluso muchas veces la que más nos gusta no es la más sexy, aunque esta última pueda seguir activándonos la testosterona.
 



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