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EL BUEN AMANTE PDF Imprimir E-mail
Escrito por WALTER RISO   

Extraído del libro Intimidades Masculinas

Muchos hombres inseguros y con problemas de autoestima se acercan a lo sexual con la idea de probarse a sí mismos qué tan hombres son. Cuando se topan con una feminista de avanzada, que exige placer sexual a lo macho, estos varones no disfrutan por quedar bien y cumplir el papel de un desmedido e incasable amante, que más se parece a un “consolador” automático que a un hombre haciendo el amor. Todavía hay varones que miden su masculinidad por el rendimiento sexual cuantitativo que logren alcanzar. Por ejemplo, una creencia que aún se fomenta en el ambiente masculino es que la eyaculación retardada es una de las cualidades básicas que todo buen amante debe poseer para satisfacer a una mujer: “Cuanto más me demoro, más gozan”. Esta afirmación, además de incorrecta, muestra un claro desconocimiento de lo femenino. Para la mayoría de las mujeres, el eyaculador retardado, aunque pueda producir satisfacción sexual, deja serias dudas afectivas: “Será que no me desea o no le gusto lo suficiente y por eso demora la eyaculación?” o “Si realmente me deseara mucho, no aguantaría tanto”. Un hombre sexualmente aguantado no es sinónimo de buen amante, ni mucho menos. Incluso ciertas mujeres pueden llegar a preferir a un eyaculador precoz, porque se sienten más deseadas: “prefiero saber que se muere de ganas por mí, a satisfacerme sexualmente yo sin que él pueda venirse”.

Vale la pena resaltar que el desempeño sexual masculino es especialmente sensible y fácilmente alterable, por diversas variables que no siempre son afectivas.  Por ejemplo, la impotencia puede estar relacionada con la ausencia de deseo, pero también con un deseo incontrolable que produce en el varón miedo a fracasar y, por tanto, debilitación de la erección. El estrés, un mal sueño, el cansancio, el ejercicio físico excesivo, una mala alimentación, las preocupaciones y los sobregiros bancarios, entre otras muchísimas causas, pueden ser tan buenos o mejores predictores del trastorno que el desamor. Recordamos que, para el varón típico, el sexo no siempre va emparentado con el afecto. Un consejo útil para las mujeres: el comportamiento del miembro viril no parece ser un buen test para medir el amor interpersonal.

Una sexualidad más sana debe comenzar por acabar con el mito del semental, y ejercer el libre derecho a fracasar en la cama, al menos desde el punto de vista del rendimiento sexual. Es absurdo medir al varón por el número de orgasmos y de espermatozoides por minuto. En determinados sectores de la población latina, aún se escuchan calificativos como “Fulanito no sirve”, refiriéndose a hombres estériles o poco dispuestos al coito. La importancia del linaje y el discutible honor de transmitir el apellido, han creado una valoración excesiva del atributo reproductor. Mientras que la mujer infértil es vista con pesar y consideración, el varón estéril es evaluado como defectuoso e incompleto. Un hombre que no es reproductor, no es tan hombre. Si se considera la importancia excesiva que la sociedad otorga a la potencia reproductora masculina, es apenas entendible que los varones con este tipo de dificultades generen depresión, ansiedad, culpa y serios problemas de autoestima. Se ven a sí mismos como imperfectos, carentes de hombría y con cierta “invalidez viril” que les impide hacerse merecedores del amor femenino.

Pero para consuelo de algunos, el drama de la esterilidad masculina parece ser un problema más generalizado: la calidad y la cantidad de semen está disminuyendo alarmantemente en los hombres. En los últimos cincuenta años, el varón promedio ha disminuido el número de espermatozoides por mililitro a la mitad (de 113 millones en 1940, a 66 millones en 1990), así como el peso de sus testículos. Ciertos pensadores, futuristas machistas y vanguardistas, creen que más que por los contenedores de plástico, los calzoncillos apretados o los factores ecológicos, la verdadera razón de esta significativa baja espermática estriba en una estrategia evolucionista para detener la natalidad y para desmontar el monopolio sexual femenino. Otros piensan que es la oportunidad para dejar a un lado la paternidad responsable o irresponsable. La verdad es que aún no sabemos las razones de este preocupante descenso que, de continuar así, pronosticaría una esterilidad global en los hombres del planeta en la próxima mitad del siglo.

El buen amante, por si a alguien le interesa, no se mide por el tamaño del pene (no tiene nada que ver), ni por la eyaculación retardada (que no es otra cosa que una disfunción sexual tan preocupante como la eyaculación precoz), ni por el número de orgasmo por minuto (eso es más importante en los ratones y los gorilas). Al buen amante hay que buscarlo en “el antes” y “el después” del acto sexual, en los prolegómenos y en las despedidas. El buen amante es buen amador, que juega una y otra vez las distintas facetas del amor, sin desligarlo del placer. Es el que se entrega plenamente, pero también el que sabe recibir sin restricciones. Ni narcisismo insoportable (exclusivamente receptor sexual-afectivo), ni sumisión decadente (exclusivamente dador sexual-afectivo). La nueva sexualidad masculina es una experiencia encantadora y fascinante, que necesariamente debe tocarse a cuatro manos y a toda máquina.
 



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