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LA MUJER QUE SE CREÍA FIEL PDF Imprimir E-mail
Escrito por WALTER RISO   

Tomado de La Fidelidad es mucho más que Amor

“El Amor es como el fuego; suelen ver antes el humo los que están fuera, que las llamas los que están dentro”
Jacinto Benavente

Cuando Alicia asistió a mi consulta por primera vez, llegó con nueve kilos menos, una expresión de fatiga crónica, ojeras, depresión y la reaparición de un viejo acné que la mortificaba intensamente.

Tenía 32 años, dos hijos pequeños, una profesión que no ejercía, un marido que la amaba sinceramente y un amante desde hacía un año y medio. Si bien no trabajaba, gran parte de su tiempo lo destinaba a colaborar como instructora de un reconocido grupo religioso que ayudaba a personas con dificultades de pareja. De hecho, los demás veían su matrimonio como un modelo a seguir, y a ella como una abanderada de la moral y las buenas costumbres. Las amigas y allegados la consideraban una excelente consejera, objetiva y acertada. Si alguien tenía un problema, Alicia era la mejor elección.


Sin embargo, muy a su pesar, la inteligencia y perspicacia no habían sido suficientes para defenderla de un terrible e irresistible invasor. Cupido la había atacado por la espalda. Pese a sus férreos principios, un amor inevitablemente, ilógico y fuera de lugar, había encontrado asidero en su corazón. La ética que tanto pregonaba estaba por el suelo, y ella también. Para colmo, contra todo pronóstico y en franca contradicción con sus creencias, el remordimiento no siempre se hallaba presente. Cuando hacía el amor con su amante, la normatividad se hacía añicos y ella ardía con una fuerza incontenible. El olor (principalmente el olor), el calor de los abrazos y los besos de ese hombre podían más que su aprendizaje. La piel podía más que los valores. La conclusión era sorprendente: el amor se había descarriado, o mejor, bifurcado. Un error del destino, de la naturaleza o vaya a saber de quién; una anomalía en su pronosticada vida de mujer honesta. Duelo, pesar y placer, todo junto y revuelto.

En las conversaciones que tuvo con ella, su lado racional trataba de encontrar explicaciones de lo que le estaba ocurriendo: “¿Cómo puede ser que una mujer hecha y derecha como yo, segura de sí misma y vocera de la lealtad, caiga en las redes de un amor “prohibido”? ¿Cómo es posible que esto me haya pasado a mí? Aunque sea difícil de creer, amo a mi esposo, pero también lo quiero a él… ¿Qué ocurrió conmigo?...Hubiese puesto las manos sobre el fuego por mi conducta… Ahora hago cosas que realmente me hacen sentir muy mal… Es como si quisiera que los dos hombres se fundieran en uno… Doctor, ¿Cómo se cura eso?” Sin respuesta.

Nadie está exento. Muchos lectores podrían argumentar que los principios morales y el sentimiento de esta mujer hacia su cónyuge no eran lo suficientemente sólidos, porque de serlo se hubiera mantenido limpia de toda traición. Pero la cosa no es tan fácil. En mi práctica profesional he visto cómo se derrumban los más representativos baluartes de la virtud en aras de un amor a destiempo. Si dejamos una rendija, el amor se puede deslizar silenciosamente y echar raíces: ¿Cómo había penetrado sus defensas este “Caballo de Troya” afectivo?

La primera vez que lo vio fue en el ascensor. Simplemente se saludaron y luego se despidieron. Curiosamente, ella retuvo la imagen de aquel rostro durante varias horas, como cuando uno mira el sol de frente y el brillo sigue reflejado en la retina. No le dio importancia. Dejó pasar la cosa. “Qué ridículo… No sé por qué sigo pensando en ese tipo… Yo sí soy boba…”, se dijo a sí misma, y mandó el mensaje a la papelera de reciclaje. Pero no se recicló.

La segunda vez, no podía encender el automóvil y él, especialmente amable, la ayudó a prenderlo. Ella iba al banco, él venía de trotar. Alicia había sido una gran deportista y aún se sentía atraída por todo aquello que tuviera que ver con el ejercicio físico. Su esposo era sedentario. Le preguntó por qué no estaba trabajando y él contestó que vendía antigüedades, un negocio de familia que no requería de presencia permanente. Fue cuando supo que se llamaba Pablo y tenía 33 años. Mientras se alejaba, se quedó pensando en cómo estaba vestido: todo de azul. Lo recorrió de punta a punta. Le llamó la atención que se acordaba de cada uno de los detalles. “No pensé que tuviera tan buena memoria”, se repitió en voz baja.

El tercer encuentro fue algo más próximo. Alicia organizó el cumpleaños de su hijo menor y, obviamente, los pequeños vecinos estaban invitados. Pablo asistió con una de sus hijas (la esposa es una importante ejecutiva de tiempo completo, de ésas que nunca tiene tiempo). En el transcurso de la tarde ambos alcanzaron a cruzar algunas palabras y algo de información personal. Las madres asistentes elogiaron sus habilidades como padre, y las más audaces le coquetearon. En realidad, el hombre no estaba nada mal. Cuando le preguntaron si le parecía atractivo, Alicia no se dio por aludida: “¿Sí?... No me había fijado”. Más tarde, después del ajetreo, repasó cada uno de los intercambios que había tenido con Pablo durante la reunión. Esa noche retomó la vieja y casi olvidada costumbre de dormir abrazada a su marido.

La cuarta aproximación fue psicológicamente más intensa. Luego de una reunión de la junta administradora del edificio, Pablo invitó a los asistentes a su casa para tomar unos tragos. Alicia y su marido fueron los únicos que aceptaron. En la visita tuvo oportunidad de conocer parte del mundo privado de Pablo, y no le disgustó. Le agradaron los bonsái que cuidadosamente cultivaba y le fascinó que tocara el piano y cantara. Esa noche sus miradas se cruzaron, se treparon y se estrellaron en el más cómplice de los silencios. Al amanecer, Alicia despertó bañada en sudor y con una extraña sensación de zozobra. Su ropa interior estaba empapada y la flacidez de su cuerpo la enfrentó a lo increíble: ¡Había tenido un orgasmo mientras dormía! Un sueño erótico donde el protagonista principal no era su compañero de lecho. La impresión fue tal, que corrió a confesarse.

El punto cero, la iniciación “formal” de la relación de amantes, ocurrió el día del Amor y la Amistad. Fue cuando Pablo la invitó al departamento para entregarle un regalo singular y muy personal: una canción compuesta especialmente para ella, “Tan cerca y tan lejos”. El remate de la conquista no se hizo esperar. Hipnotizada, medio enamorada y cansada de resistirse, se entregó a la fascinación perturbadora de aquella nueva experiencia. Sudó, jadeó, mordió, besó y gritó como nunca lo había hecho. Había tocado el rostro de una pasión que sobrepasaba todo dogma. Así comenzó el idilio y ahí permanecería, atrapada en la madeja del deseo, fiel a su amante e infiel a su esposo.

Al cabo de un año, la relación se había vuelto insostenible. Su marido exigía más cercanía y había comenzado a celarla. La esposa de Pablo le pedía consejos sobre cómo mejorar su aporreado matrimonio, porque sospechaba que había otra mujer.


Como es casi imposible mantener oculta tanta energía, las malas lenguas comenzaron a soltar el veneno del chisme. Ya no daba conferencias ni participaba en los encuentros matrimoniales (su desfachatez no daba para tanto) y cada vez le quedaban menos amigas.

En ese año, todos intentaron separarse más de treinta veces: ella de su esposo, él de su mujer, ella de él y él de ella. Dos triángulos unidos por la base. Los viajes de fin de año, la Navidad y las vacaciones eran los momentos en que más se agudizaban las peleas y las tentativas de ruptura. Pero nada cambiaba. Nadie daba el primer paso.

A la hora de escribir un este texto, la vida de Alicia sigue transitando por lo vericuetos de una doble vida y una doble moral. No es capaz de soportar la pérdida de ninguno de sus polos afectivos. De un lado están los hijos, el matrimonio, las creencias religiosas, el marido, la adecuación social y su tranquilidad interior, y del otro, Pablo al desnudo. Una balanza de platillos perfectamente equilibrada e insoportablemente quieta.

Aunque su estructura mental estaba organizada y entrenada para ser fiel, no estaba preparada para los imponderables. Sus ideas sobre la infidelidad mostraban tres distorsiones básicas: (a) magnificación del amor y de las convicciones ético-religiosas como factor protector (“El amor todo lo puede” y “Mi compromiso es eterno”); (b) sobrestimación de sus capacidades de autocontrol (“Nada me hará retroceder”), y (c) como consecuencia de los anteriores, una baja en la vigilancia y la atención sobre eventos potencialmente peligrosos para su determinación (por ejemplo, hombres atractivos/tiernos/amables).

Detrás de su aparente seguridad, había una mujer frágil que no se conocía a sí misma. La parálisis de Alicia podría durar años o toda la vida. Recuerdo un caso similar, en el que una agobiada mujer tuvo que irse a vivir a otro país para dejar al amante. Al cabo de cinco años volvió, y lo primero que hizo al bajar del avión fue llamar al ex. A los quince días, otra vez estaban juntos.

En los conflictos, cualquier toma de decisión implica perder algo. Los individuos valientes se arriesgan más e inclinan la balanza para un lado o para el otro. Los temerosos se la pasan moviendo el fiel para que la aparente estabilidad no se rompa. Quizá la integridad no sea sólo cuestión de moral, sino de congruencia interior: pensar, actuar y sentir para un mismo lado.

Definitivamente, algunas vacunas requieren refuerzos, Alicia se confió demasiado, bajó la guardia, dejó la puerta entreabierta y, como dice el refrán, “Saltó la liebre”.

El amor de pareja no es tan poderoso. El mito romántico ha creado y alimentado la idea de un antídoto natural contra el germen de la infidelidad, pero no es más que ilusión. El amor interpersonal no posee ese don, porque entre otras muchas limitaciones, tiende a decaer. Tolstoi, exagerando un poco, afirmaba: “Decir que uno puede amar a una persona por toda una vida es como declarar que una vela puede mantenerse prendida mientras dure su existencia”. Al amor hay que ayudarlo, alimentarlo, cuidarlo y, muchas veces, regañarlo. Dadas ciertas condiciones especiales y bajo estricta vigilancia, es posible hacer que la vela siga encendida. Pero al menor descuido, la llama se puede debilitar y más tarde apagar.
 

 

 

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