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EL HOMBRE QUE EXIGIA UNA MUJER DIEZ PDF Imprimir E-mail
Escrito por WALTER RISO   

Tomado de La Fidelidad es mucho más que Amor

“Quien se sienta en el fondo de un pozo a contemplar el cielo, lo encontrará pequeño” Han Yu

A sus 39 años, Santiago era lo que podría llamarse un solterón. No llegó a mi consulta por iniciativa propia sino porque una de sus novias le pidió, o mejor, le suplicó, que pidiera ayuda profesional. Era un hombre alto, bien parecido, algo cortante, desconfiado, inteligente, educado y económicamente próspero. Mostraba esa extraña combinación que fascina a las mujeres con instinto suicida.

Había estudiado ingeniería, pero estaba dedicado a las finanzas y desde hacía quince años dirigía la sucursal principal de una importante empresa. Su filosofía de vida giraba alrededor de la excelencia. Ordenado, autoexigente y quisquilloso, nunca se pasaba de la raya ni la pisaba. No llegaba tarde, pagaba por anticipado, no contraía deudas, no decía malas palabras y jamás perdía la compostura. Una extraña mezcla de alemán de la posguerra, inglés clásico y cirujano plástico.

Sin embargo, esta aparente pulcritud comportamental estaba lejos de configurar un estilo santurrón. Santiago no tenía un pelo de tonto, de nerd o de cándido. Le encantaban las mujeres, las emociones fuertes, las juergas y practicaba activamente el sexo. Aunque no tenía muchos amigos, las amigas le sobraban. Las había ido acumulando a lo largo de la vida y cumplían la función de soporte social en aquellos momentos de ocio cuando la soledad se volvía irritante.



Cuando le pregunté por qué no se había casado, contestó: “No me hable de eso… Ha sido mi mayor dolor de cabeza… Es muy difícil dar con alguien que valga la pena”.  En los últimos siete años había tenido veintidós novias “formales” y un montón de aventuras intrascendentes.

Aceptaba el matrimonio como institución, quería tener hijos y todo lo demás, pero según él, había que pensarlo muy bien: “En esto uno no se puede equivocar… Es una decisión que se debe tomar con la cabeza fría y los pies en la tierra… Aquí no puede haber errores ni reversa”. Para Santiago, casarse significaba entregarle la mitad de la vida a una desconocida. La unión conyugal no era percibida como la alianza entre dos sujetos independientes, sino como una asociación molecular donde cada uno desaparecía en el otro: la creación de un Frankestein afectivo. Esta tétrica visión del vínculo nupcial lo colocaba a la defensiva durante las veinticuatro horas.  Debía estar totalmente seguro de que la fusión amorosa no resultara dañina a sus intereses. Por tal razón, la espontaneidad natural y fluida que debería acompañar cualquier aproximación empática, se convertía para Santiago en una responsabilidad agobiante y extenuante: “No puedo equivocarme”.

De este modo, cada mujer era sometida al más minucioso escrutinio. En el término de dos o tres meses la novia de turno era literalmente invadida en su privacidad. Familia, conocidos, historia personal, enfermedades, gustos, creencias y aspiraciones, todo era revisado y rigurosamente esculcado. Mente y cuerpo, interiores y exteriores. Con la exactitud de un anatomista, cada detalle era disecado, sopesado y examinado a la luz de sus necesidades.

De más está decir que todo este proceso evaluativo pasaba totalmente inadvertido por las aspirantes, las cuales no se daban por enteradas, ni siquiera después del repentino y fulminante adiós que solía llegarles como un baldado de agua fría. Un día cualquiera, sin aviso ni “preaviso”, se acababan las visitas, ya no pasaba al teléfono y desaparecía del mapa, como si nunca hubiera existido.

Además de lo anterior, cada ruptura estaba mediada por una táctica adicional muy particular: no se desprendía de un noviazgo si no tenía otro a la mano. La condición era que la última conquista siempre debía poseer el atributo del que carecía su precursora. Su modus operandi era avanzar sigilosamente por saltos, sobreponiendo una nueva relación a la anterior hasta acabar con la más vieja. La infidelidad era la estrategia que le permitía preparar el terreno para no quedarse en el aire durante la transición. Las redes de su implacable seducción estaban todo el tiempo tendidas, por si alguna mejor candidata, en algún sentido importante para él, aparecía. Conclusión: a todas les había sido infiel.

La causa del “despido” podía ser prácticamente cualquier cosa que le pareciera inadecuada o no negociable. En cierta ocasión, después de casi dos meses de relación, en un momento de rabia la novia levantó la voz y lo regañó. Nunca había pasado antes. Eso produjo en él una reacción totalmente desproporcionada. Comenzó a indagar los por qué, los cómo, los cuándo y los dónde de la “falta de respeto”. Se dedicó sistemáticamente a confrontar y martirizar a la transgresora mediante la manipulación directa de la culpa: “Nadie me había faltado el respeto antes”, “Debes consultar con un especialista”, “tu conducta no es normal”, “Si me quisieras, no me hubieras tratado así” o “Estoy muy mal desde aquella vez”.

 En fin, los intentos de reparación y las reiteradas disculpas por parte de ella no surtieron ningún efecto. Mientras tanto, el interés se había dirigido a un sector menos contestatario: “mujeres sumisas y respetuosas”. El reemplazo no tardó en llegar: una muchacha quince años menos que él, abnegada y totalmente obediente, ocupó su lugar.

Otras causas de profundo desengaño fueron el tamaño de los senos, el color de los ojos, la estatura, el lenguaje ordinario de la que sería su suegra, el mal gusto para vestirse, las piernas gordas, las piernas flacas, muy lanzada en la cama, muy fría en la cama, negarse a comprarle palomitas de maíz en el cine, ser mala cocinera, muchos novios anteriores, pocos novios anteriores, no devolverle un libro el día indicado, y así.

Santiago dejó todas sus relaciones empezadas. Pese a la intención de acercarse al lado positivo, una y otra vez se empantanaba en lo negativo. Por ver el árbol no veía el bosque. Como decía Gibrán: “Los hombres incapaces de perdonar a las mujeres sus leves defectos, nunca conocerán sus grandes virtudes”.

Después de unas vacaciones de diciembre me llamó para despedirse porque la empresa lo había trasladado a Nueva Zelanda. A los cuatro meses recibí una postal donde relataba haber conocido a una francesa que parecía reunir, al fin, los requisitos esperados. Nunca más supe de él. Es probable que la franchuta haya sido reemplazada por otra más “anglosajona” y que aún deambule por la realidad virtual de sus deseos tratando de alcanzar lo imposible. El pronóstico de los perfeccionistas afectivos como Santiago es poco halagador. De manera similar a los protagonistas de la obra de Samuel Beckett, Esperando a Godot, quien es muy exigente en el amor, se pasa la vida aguardando a un personaje que no llega jamás y que ni siquiera sabe si existe.

La extrema exigencia y la consecuente infidelidad que manifestaba Santiago era producto de una creencia errónea: existe el amor perfecto y podemos acceder a él mediante la persona correcta (certeza afectiva). Por desgracia, las almas gemelas son un invento de los astrólogos: empecinarnos en hallarlas nos aleja de la gente de carne y hueso.

No hay un cóncavo-convexo preestablecido. Los acoples innatos que predican las canciones románticas son bellísimas utopías, deliciosas de escuchar y ampliamente recomendadas para las instancias de despecho crónico, pero peligrosas a la hora de fabricar sueños. Las superficies  de contacto interpersonal deben pulirse bastante para lograr una buena compenetración. No vienen listas de fábrica.

Si creemos que existe una persona a la medida de nuestras necesidades, nunca podremos afianzarnos en los compromisos afectivos que hemos asumido, porque todo el tiempo estaremos esperando algo mejor, y con seguridad siempre habrá alguien que supere la prueba. No digo que tengamos que resignarnos y soportar con estoicismo a quien nos haga infeliz, lo cual sería el otro extremo, sino que debemos manejar cierta flexibilidad y darnos una oportunidad para la convivencia. La insatisfacción es la prima hermana de la infidelidad.

Muchos hombres y mujeres confían en su “ojo clínico” y descartan de entrada las opciones afectivas que se les presentan. A simple vista, y confiados en una intuición de principiante, excluyen posibilidades como si se tratara de la compra y venta de acciones. Pero tal como lo ha demostrado la experiencia, muchos casos de “amor a primera vista” no son más que el resultado de una miopía galopante. No niego la existencia de la “química” personal, pero no podemos descartar que un alto porcentaje de la población se termina enamorando del que menos le gustaba o de la menos atractiva. Debe haber algún “click” mental que cuando se dispara nos hace mirar lo que no queríamos o no podíamos ver. Un relámpago antes del incendio. Muchas parejas bien establecidas arrancaron siendo los mejores amigos, casi “hermanitos”, hasta que practicaron el incesto no congénito.

Los que están pendientes de las supermodelos y las que suspiran por los adonis están fuera de foco. Es mejor bajar la puntería. Como yo veo la cosa, los “normales” ofrecen más garantías. No hay que estar espantando la competencia, no son narcisistas (por lo tanto les gusta dar además de recibir) y tienden a ser más fieles (recordemos que “la ocasión hace al ladrón”).

La gente “bien casada”, los felices y contentos, los que nos e cambiarían por nadie, están emparejados con gente común y corriente. Calvos, panzones, rechonchas, antipáticos, poco agraciadas, desgarbados, arrugadas, achaparrados y narizones conforman la legión de “buenos partidos” del mundo real e imperfecto que nos toca asumir.

Cuando amanecemos “entrepiernados”, con tortícolis mañanera y ternura acumulada, la mujer o el varón que se tiene al lado resulta ser la mejor opción en cien mil kilómetros a la redonda. Nos importan poco las proporciones. Como en “La noche de los feos”, el cuento de Benedetti, de caricia en caricia, el amor nos va llevando más allá de los defectos.

No se puede amar una lista de ventajas y desventajas, sino la esencia. Eso tan especial que posee la persona que amamos y que nadie más lo tiene, al menos de igual manera o en la misma proporción. Amamos el olor, los gestos, los ojos, la expresión, la capacidad de entrega, la honestidad, la tranquilidad, los brazos, los abrazos, la sonrisa, los hoyuelos, las canas, alguna arruga bien puesta, la franqueza, las caderas, el caminado, la torpeza y cualquier otra cosa que se le antoje al corazón. La costumbre no siempre cansa, a veces nos permite crear vínculos, condicionamientos cariñosos y predilecciones intransferibles. Aunque creamos tener el control y hagamos alarde de ello, el amor se acomoda a su antojo en el ser que amamos. Para decirlo de otra manera, el afecto adelante para que no se espante.
 



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