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SANANDO LAS HERIDAS DEL AMOR PDF Imprimir E-mail
Escrito por MARIANNE WILLIAMSON   

Tomado del libro Volver al Amor

Rara vez escogemos conscientemente las barreras que oponemos al amor. Son el resultado de nuestros esfuerzos por proteger los lugares donde tenemos herido el corazón. Alguna vez, en alguna parte, tuvimos la sensación de que un corazón abierto era causa de dolor o de humillación. Amamos con la apertura de un niño, y a alguien no le importó, o se rió, o incluso nos castigó por hacerlo. En un fugaz momento, quizás una fracción de segundo, tomamos la decisión de protegernos ante la posibilidad de volver a sentir jamás ese dolor. No queríamos permitirnos ser tan vulnerables nunca más. Nos erigimos defensas emocionales. Intentamos construir una fortaleza que protegiera nuestro corazón de cualquier ataque. El único problema es que, creamos aquello de lo cual nos defendemos.


Hubo una época en mi vida en la que sentía que debía dejar de abrir tanto mi corazón a la gente que no respondía como yo deseaba que me respondieran. Me enojaba con las personas que sentía que me habían herido, pero en vez de entrar en contacto con esa rabia y ofrecérsela a Dios, la negaba. Si no se lleva el enojo a la conciencia, no tiene adonde ir. Entonces se convierte en un ataque contra uno mismo o en un ataque inconsciente e inapropiado contra los demás.
Al no reconocer la plena extensión de mi rabia, y pensando que la lección que tenía que aprender era simplemente que no debía revelar tan abiertamente mis sentimientos, iniciaba relaciones con dos factores en mi contra: está cerrada –léase “era fría”- e iba armada de ocultos cuchillos emocionales provenientes de mi enojo inconsciente. Y entre este último y la frialdad podía cortarle las alas al más santo de los hombres, con lo cual, naturalmente, mi rabia y mi desconfianza iba en aumento.

Una vez que estuve hablando con una terapeuta muy sabia, le hice un comentario más o menos de este estilo: -A muchas mujeres de mi edad nos resulta muy difícil encontrar hombres disponibles realmente capaces de amar y de comprometerse. Su respuesta me sonó como un repicar de campanas: -Cuando una mujer dice algo así, generalmente en el fondo tiene una actitud de desprecio por los hombres.

Desprecio por los hombres. Desprecio por los hombres. Las palabras me resonaron en el cráneo. No sé si ese era el problema de todas las mujeres que le habían dicho algo así, pero en mi caso había dado en el clavo. Con frecuencia pensaba en algo: creemos que estamos enojados por lo que nos ha hecho nuestro hermano, pero en realidad lo estamos por lo que nosotros le hemos hecho a él. Yo sabía vagamente que aquello era verdad, ¡pero tuve que escarbar mucho para ver qué era lo que les hacía a aquellos hombres que me estaban haciendo a mí todas esas cosas horribles! El Curso de Milagros habla de las “tenebrosas figuras” que arrastramos de nuestro pasado, y nos dice que tendemos a no ver a nadie tal como es. Reprochamos a los demás cosas que otras personas nos hicieron en el pasado. Si mi pareja me decía: “Cariño, no puedo volver el domingo por la noche como había planeado. Debo seguir trabajando en este proyecto y quizá no vuelva hasta el martes”, era como si me hubiera dicho que se me había muerto el gato y el perro se me estaba muriendo. El problema no era que él volviera a casa unos días más tarde, sino cómo me hacía sentir interiormente oírle decir eso. No puedo describir la sombría desesperación que me atravesaba el corazón. Ya no estaba relacionándome con mi pareja, ni con aquella circunstancia. Estaba recordando todas las veces que me había sentido como si yo no importara, no fuera atractiva, papá no quisiera tomarme en brazos o algún otro hombre no quisiera seguir teniendo relaciones conmigo.

Desde la perspectiva del Curso de Milagros, esta situación reaparecería entonces para que yo pudiera sentir de nuevo lo mismo y darme cuenta de que no tenía nada que ver con el presente. Pedí un milagro: “Estoy dispuesta a ver esto de otra manera. Estoy dispuesta a recordar quién soy”. La respuesta de Dios a mi dolor no iba a ser –contrariamente a lo que mi ego decía que era la única manera de librarme de ese sufrimiento- un hombre que me repitiera sesenta veces al día: “Eres fabulosa, eres maravillosa, te amo, te necesito”, y después me demostrara lo deseable que era quizá dos veces al día y preferiblemente tres. La posibilidad de sanar no podía venir en última instancia de hombres que no tolerarían –porque en realidad nadie puede tolerarlas- mis carencias, ni la culpa que yo intentaba despertar en ellos para conseguir que quedaran satisfechas mis necesidades, o lo que yo creía que eran mis necesidades emocionales, que no eran reales, sino apenas un reflejo del hecho de que me consideraba inferior. La salvación sólo llegaría si renunciaba a la idea de que no valía lo suficiente. Al defenderme de que me abandonaran, seguía creando, una y otra vez, las condiciones adecuadas para que ocurriera precisamente eso.

¿Por qué no pueden comprometerse los hombres? Yo sólo puedo responder por mi experiencia, pero en esos casos, y en los de muchas mujeres que he conocido, los hombres no se comprometieron porque yo y esas mujeres nos acorazamos contra el compromiso. Nuestra coraza es nuestra oscuridad: la oscuridad del corazón, la oscuridad del dolor, la oscuridad del momento en que hacemos ese comentario perverso o esa demanda injusta.

Nuestras defensas reflejan nuestras heridas, que nadie excepto nosotros mismos puede sanar. Los demás pueden darnos amor, inocentemente y sinceramente, pero si ya estamos convencidos de que no se puede confiar en la gente, si esa es la decisión que ya hemos tomado, entonces nuestra mente interpretará el comportamiento de cualquier persona como una prueba de que la conclusión a que hemos llegado es correcta. Decidamos lo que queremos ver antes de verlo. Si queremos centrarnos en la falta de respeto de alguien por nuestros sentimientos, sin duda la encontraremos, dado el hecho de que no hay demasiados maestros iluminados disponibles. Pero un montón de gente está haciendo esfuerzos mayores de lo que les reconocemos y trabajando contra algunas desventajas formidables cuando nuestro ego nos ha convencido de que los hombres o las mujeres son imbéciles, o de que no les gustamos, o de que siempre se van y nos dejan, o de que simplemente no hay en el mundo nadie que sirva para nada.
 

 



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