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DULZURA Y NO VIOLENCIA PDF Imprimir E-mail
Escrito por WALTER RISO   

Una buena relación afectiva debe ser esencialmente pacífica y rechazar todo tipo de agresión injustificada, verbal o física. Y entiendo por injustificada, cualquier manifestación violenta que no sea en defensa propia. La característica del amor no violento es la capacidad de renunciar al poder, para evitar herir a la persona amada.

De manera similar a lo que ocurre cuando cargamos  a un bebe y todo nuestro organismo se contiene para acomodarse a la fragilidad del recién nacido. Ágape implica replegarse, retroceder un poco para no molestar ni aplastar al otro.

En un sentido más espiritual, Simone  Weil hacer referencia a que el acto creador de Dios consistió en despojarse de su divinidad para que la existencia del hombre tuviera lugar. La creación, según ella, fue un acto de “descreación” por amor. La voluntad Divina y el ágape no serían otra cosa que la renuncia amorosa a ser más.

Aceptamos que no es fácil abandonar la prepotencia y adherir sin condiciones a la debilidad o al dolor de la persona amada, sobre todo en una cultura en la que el poder, en cualquiera de sus formas, es un valor; pero no puede haber amor sin delicadeza, sin la profunda decisión de no lastimar. Transitar los caminos de ágape es negarse a ser el amo o el verdugo de quien se ama. No hay amor si hay abuso de poder, si hay dominación. El amor es lo contario  a la fuerza que se impone, es lo que se enfrenta a la crueldad. Si eros es la confirmación del “Yo” que apetece, el ágape es el “Yo” que repliega, que se retira por amor.

“respetarte es saber leer tus “No”, tus inseguridades, reconocerlas de manera horizontal y no vertical, hacerlas mías sin contagiarme. Es ser exacto y cuidadoso en mis aproximaciones para no aplastarte con mi ego ni lastimarte con mi indiferencia. Amarte es ablandar el corazón. Camilo siempre se había caracterizado por ser un hombre sensible y afectuoso. Estaba casado en segundas nupcias con una mujer ejecutiva exitosa y bastante motivada hacia el logro. A pesar de ser una excelente persona, Camilo era percibido por los demás como un individuo demasiado tranquilo, huidizo y poco competitivo en los negocios, lo que contrastaba marcadamente con el temperamento de la esposa.

La relación había empezado a mostrar un desequilibrio en lo que a ágape se refería: los comportamientos conciliadores de Camilo chocaban con la fortaleza y la indiferencia de su mujer. En una cita le pregunte que tanto se preocupaba por el marido y el gesto fue sorpresa: “¿Por qué pregunta eso?... no se, no creo que él tenga problemas importantes… es un hombre independiente muy tranquilo… cada uno tiene su mundo y así funcionamos bien… siempre ha sido inseguro y por eso decidió pedir ayuda… pero no creo que mi papel sea cuidarlo y convertirme en un nodriza, si a eso se refiere…”. El egoísmo es ciego.

Camilo había comenzado a presentar síntomas depresivos (recordemos que la esencia de la depresión es la soledad y el desamor), su puesto tambaleaba, sufría de migrañas, tenía problemas frecuentes con su familia, no estaba satisfecho sexualmente y pasaba por una crisis vocacional, entre otras dificultades. Todo lo anterior había pasado desapercibido para su esposa.

Las cosas empeoraron cuando Camilo contrajo una infección respiratoria y tuvo que ser internado en una clínica durante diez días. En ese tiempo la esposa se mostró poco interesada en el proceso de su enfermedad y lo visitaba unos pocos minutos durante la hora del almuerzo, además siempre estaba de afán. Era el cuarto día de la hospitalización, ella le comento que se iba a ausentar una semana para asistir a un  seminario de actualización. Camilo no tuvo otra opción que resignarse y pasar esos últimos días en la clínica en el más absoluto abandono.

Cuando regreso a mi consulta, me dijo con  tristeza: “ahora entiendo lo que usted me dijo una vez… en el amor debe haber reciprocidad… no me siento amado, ni protegido… ella piensa que soy débil porque necesito afecto… el amor debe manifestarse en las buenas y en las malas… ya no la quiero, me di  cuenta en la clínica… me canse… no fue delicada con mi enfermedad… subestima mis problemas, no hay ternura… A ella no le duele lo mío… prefiero estar solo…”

Sin ágape, ninguna relación funciona, porque la insensibilidad, tarde que temprano, genera desamor. La emoción que se siente ante la indiferencia no es la ira del despecho, ni la angustia de la infidelidad, sino pura desilusión. Cuando nos damos cuenta que no hay ágape todo se derrumba. Si la persona que queremos nos pide cariño y apoyo, ¿Por qué no acceder a sus pedidos, si hay amor? ¿Qué razones podría haber para negarle el afecto a la persona que amamos? No hablo de ser demasiado condescendiente, aunque también a veces se puede ser, sino de reconocer como valederas y legitimas las necesidades del otro, apropiarse de ellas y colaborar.

La mujer de camilo nunca fue incondicional cuando debía serlo: o no veía el sufrimiento de su esposo o lo subestimaba por “irracional” ¿pero quién dijo que el dolor debe ser racional para mostrar compasión? Hubiera bastado con una dosis mínima de afecto. El ejemplo muestra que no siempre la ausencia de ágape se manifiesta en el maltrato físico o en la agresión manifiesta; en muchas ocasiones el golpe es más sutil y menos dramático, pero igualmente doloroso. ¿Cuántas veces de manera egoísta le generamos malestar a la persona que amamos o intentamos imponer nuestra supremacía aun a sabiendas de que no es lo correcto? Nuestro amor está contaminado de omnipotencia. 

¿Qué hacer entonces para no lastimar ni agobiar al ser amado? Dos alternativas: atención despierta (“escucharte con cada célula de mi cuerpo”) y disponibilidad atenta (“estar dispuesto a colaborarte con toda mi energía”. No siempre evaluamos el impacto que tienen nuestras acciones en los seres queridos. Hacerlo implica descubrirnos en el terreno de las debilidades: “porque soy débil, comprendo tu debilidad”.

Es la flexibilidad del amor que se despoja de la soberbia. Es fácil luchar por el poder, imponerse y competir, es fácil engordar el ego, sin embargo, es bastante más difícil entregar las armas pudiendo ganar la batalla, recogerse y apaciguar el instinto de supervivencia. ¿Por qué hacerlo?: por puro amor, por que sí.

Ágape significa buen trato, miramiento, asistencia, esmero en el contacto físico. Ágape es el conjunto de las caricias bien distribuidas. ¿Cómo puede haber amor si hay brusquedad? La rudeza se opone al cariño, a la flor, al piropo que se nos escapa sin tanta gramática. ¿la muerte del erotismo?: de ninguna manera. Aunque eros se modere en el ágape, nada opone la sexualidad del amor desinteresado. Puede haber sexo agápico,  sexo cariñoso, apacible, dócil, sexo de entrega, sexo sin disputa, dos debilidades enredadas, tan expuestas como se pueda. Es el riesgo del amor, cuando el animal se humaniza.

Incluso puede haber un eros transcendente. Esta frase de san Agustín lo muestra claramente: “el amor es carne hasta en el espíritu y espíritu hasta en la carne, sino que lo diga Teresa de Ávila”. Ágape es la  expresión más elaborada del afecto positivo, es la expresión natural del amor que se hace consciente de sí mismo en la benevolencia: besar, abrazar, rascar, sobar, peinar, vestir, acurrucar, alimentar, susurrar, arrullar, cargar, sonreír. Los cuidados intensivos del amor, sin tanta urgencia. No solo te deseo,  no solo me alegra tu compañía, sino que me nace cuidarte, con sosiego, sin obsesión, sin apego.

 



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