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INFIDELIDAD CRÓNICA PDF Imprimir E-mail
Escrito por WALTER RISO   

(Extraído del libro La Fidelidad es mucho más que amor)

“La falta más grave es no tener consciencia de ninguna falta” Einstein
Hay sujetos que no alcanzan a codificar el concepto de fidelidad. Como si fueran disléxicos afectivos, el acto de amar se diluye en la imperiosa necesidad de ocupar el territorio ajeno y obtener el botín a toda costa.
Roberto era el cuarto de nueve hermanos. Ocho varones y una mujer conformaban la numerosa familia. Su padre era un reconocido ganadero de la región y una especie de patriarca. Roberto siempre fue su preferido y el único que había terminado una carrera universitaria.
Luego de graduarse con honores en la facultad de medicina, hizo una especialización en Boston y ejercía exitosamente su profesión. Desde hacía diecinueve años estaba casado con una enfermera, y con ella tenía dos hijas a las cuales decía querer mucho.
Llegó a la consulta con su esposa, quien había decidido separarse si él no cambiaba su comportamiento. A sus 46 años, Roberto mostraba un historial que hubiera puesto a temblar a Casanova en persona. Además de las constantes y reiteradas aventuras, tenía cinco hijos fuera del matrimonio, cada uno con distintas mujeres, y otros de dudosa procedencia, producto de su imberbe y prematura disposición al sexo.
La tendencia a seducir se había manifestado por primera vez a los once años, cuando su madre lo descubrió teniendo relaciones con la muchacha de servicio. Muy preocupada, la señora decidió no volver a contratar chicas jóvenes y agraciadas, sino viejas y feas. Pero Roberto no mostró demasiados escrúpulos al respecto. Su criterio de elección no contemplaba ninguna excepción: todas eran apetecibles. Y como tanto va el cántaro al agua hasta que por fin se rompe, una de ellas quedó embarazada. A partir de ese momento fue considerado el terror del barrio.
La esposa de Roberto había tolerado sus deslices desde el noviazgo, pero el quinto retoño colmó definitivamente la paciencia. Lo más inaceptable era que la madre del flamante heredero resultó ser una profesora de la escuela donde estudiaban sus hijas.
La actitud que Roberto asumía frente al problema era de una tranquilidad pasmosa. Estaba tan acostumbrado a la infidelidad, que le parecía normal. Se había criado en un ambiente permisivo y extremadamente promiscuo. Desde que tenía uso de razón le había tocado ver las peripecias de su padre, un maestro del engaño. Famoso y envidiado por los hombres, sus “proezas” eran casi legendarias y motivo de permanentes comentarios: el héroe del pueblo. Roberto tenía alrededor de seis hermanos medios y varias madrastras potenciales. Pero lo insólito estaba en que algunas de estas mujeres habían sido compartidas por ambos, y como consecuencia de tal cooperativismo uno de los hermanos medios podría ser hijo suyo. Para eliminar todo vestigio de culpa y malentendidos, el sostenimiento de ese niño en particular era por mitades. Como quien dice: “Todo queda en familia”.
Los otros hombres del clan también seguían el mismo patrón. Todos tenían amante y descendencia no declarada. Cuando se insinuaba el tema, la madre de Roberto se limitaba a decir: “De tal pal…” Y quizá tenía razón.
La infidelidad crónica es una enfermedad. Lo cual no significa que los humanos nos resignemos a ella. Quizá una de las más honestas y patéticas expresiones del conflicto interior masculino se encuentra en San Agustín, en sus Confesiones, cuando le pide a Dios: “Dame castidad y continencia, pero todavía no”.
La pregunta que surge del caso anterior es simple: ¿Qué es más importante: el ambiente o la herencia? ¿Hay un gen que determina la promiscuidad, o los modelos sociales de aprendizaje son suficientes para explicar la conducta infiel? La respuesta también es simple: ambos factores parecen estar implicados.
Aunque la idea de una infidelidad biológicamente transmitida está en discusión, cada vez más los datos tienden a apoyarla. En primer lugar, hay variables de personalidad innatas, temperamentales, que predisponen a los individuos a buscar emociones fuertes y variadas, sean hombres o mujeres. En segundo lugar, los estudios realizados con familias propensas al engaño y gemelos criados por distintos padres, muestran que hay un factor hereditario que se agrega al consabido “mal ejemplo”. En tercer lugar, algunos experimentos con animales parecen apoyar la teoría del famoso gen egoísta.
Las versiones más modernas tienden a colocar la conducta sexual femenina más cerca de la masculina. De acuerdo con estas teorías, las mujeres también están biológicamente determinadas a buscar la variedad sexual, pero por otros motivos. Siempre hay un “otro yo” agazapado en lo más profundo de nosotros, dispuesto a atacar. Si supieran que jamás serían descubiertas y pudieran evitar el temible costo social, muchas mujeres se entregarían a la fantasía de un amante ilícito hasta consumarse.
Aunque parezca obvio, cuando un hombre heterosexual engaña a su pareja, lo hace con una mujer y no con un marciano. Solamente entre el 8 y el 15% de los hombres son infieles con prostitutas; la mayoría restante lo hacen con mujeres casadas o comprometidas. Es decir, se necesitan dos, e indefectiblemente uno de ellos es mujer.
El caso de Roberto simplemente representa el exponente típico del varón-semental ajeno a todo compromiso afectivo. Su manera de querer no sería suficiente para satisfacer a ninguna mujer mentalmente sana y digna. Existe un tipo de personalidad infiel que es definitivamente incurable e irreversible. Y aunque a veces los engaños pueden modularse, controlarse un poco o disminuir levemente su frecuencia, el lunar permanece. Como reza el refrán: “Lo que natura no da, Salamanca no lo otorga”.  
“Yo puedo resistirlo todo, menos la tentación” Oscar Wilde

 



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