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ES POSIBLE SER FIEL? PDF Imprimir E-mail
Escrito por WALTER RISO   

(Extraído del libro La Fidelidad es mucho más que amor)

El hecho de que seamos infieles por naturaleza no significa que tengamos que resignarnos al determinismo biológico. Si en verdad queremos hacerlo, poseemos el poder de trascender lo primario.

Muchos religiosos logran sublimar la sexualidad y matar el deseo. Otros defienden sus ideales hasta la muerte y son honestos por naturaleza (no me imagino a Mandela siendo infiel). Los humanos podemos escapar al inmediatismo posmoderno. Conozco gente, hombres y mujeres comunes y corrientes, que no han tenido aventuras en más de veinte años de casados. Las estadísticas dan un margen de seguridad: el 40% supera el examen.
¿Qué atributo poseen estos individuos que no caen, a pesar de las tentaciones y los cantos de sirena? ¿Cuál es la virtud que los mantiene dentro del ámbito de la lealtad? ¿De dónde sacan tanto valor, o es que no lo necesitan? ¿Qué tienen de particular? La respuesta puede ser decepcionante para los “amantes” del romanticismo: no poseen nada de especial. No son faquires o ascetas entrenados en algún suburbio masoquista de la India, ni son eunucos. Aunque hay estilos personales y habilidades únicas, estos extraños ejemplares de fidelidad poseen un factor común: permanecen en alerta roja. No son esencialmente inconquistables, sino que han aprendido el complejo arte de esquivar y capotear la atracción inconveniente. Tampoco son santos o promotores de la incontinencia. Son buenos jugadores. Gambeteadores profesionales. Se acercan a la hoguera, pero no meten la mano.
Esto no significa que el amor no importe; la vigilancia constante resulta extenuante o imposible para alguien que no esté enamorado. Lo que sostengo es que no es suficiente per se. El afecto cumple un papel motivador: mantiene el motor prendido, justifica el autocontrol y lo hace más llevadero. Incluso si el amor que sentimos por la pareja es desbordante y arrebatador, el esfuerzo se hace imperceptible: es mucho más fácil ser fiel. Como decía Krishnamurti: “El amor conlleva su propia disciplina”. Es evidente, al menos en sujetos normales, que a más amor menos defensa. La lealtad florece por sí sola si la tierra está abonada.
Pero ocurre que el amor real fluctúa, decae, sube, se enrosca, crece y explota: nunca está quieto. No digo que sea totalmente impredecible, sino que el efecto interpersonal es móvil por naturaleza. Aunque no lo notemos, se desplaza, se escurre, es cambiante y testarudo. Dejar al amor terrenal librado a la estabilidad de la pareja es una locura. Los convenios y compromisos que la mente, la religión o cualquier otra ideología establezcan, necesitan de otros ingredientes. Es mejor confiar en uno mismo que en el amor.
Proteger la relación mediante atención despierta no significa ser obsesivo o hacer un trastorno delirante celotípico, sino desarrollar una actitud previsora. Cuando ya estamos con el amante hasta el cuello, es más fácil sacar un apéndice sin anestesia que eliminar la pasión. No llegamos a la fidelidad dejando de ser infieles, sino fortaleciendo los aspectos que nos mantienen unidos a la pareja: los factores de protección.
A lo largo de este libro he citado algunas vulnerabilidades psicológicas, biológicas y afectivas que predisponen a tener aventuras y/o amantes. Si algún lector se propusiera, valientemente, no repetir ninguna de las historias contadas, es indudable que disminuirían las probabilidades de caer, pero no más. No hay vacunas, no hay antídotos.
La infidelidad es un problema multivariable y las causas se traslapan unas con otras. Podemos haber recibido un mal ejemplo, estar mal casados, carecer de autocontrol, poseer una autoestima pobre y tropezarnos con el primer amor; todo al mismo tiempo.
Como sea, y con fines meramente didácticos, podríamos resumir el núcleo que en cada caso precipita la infidelidad, de la siguiente forma:
1.   Sobrestimar el amor y creerse invulnerable (atención dormida).
2.   Creer que existe la persona ideal que se acomode exactamente a nuestras necesidades (búsqueda perfeccionista).
3.   Utilizar la venganza como una forma de retaliación e intentar salvar equivocadamente la dignidad personal mediante el revanchismo y la reparación tardía (personalidad inmadura y poca inteligencia emocional).
4.   Tener una herencia biológica de infidelidad y/o una educación complaciente y tolerante con el engaño afectivo (determinación genética y mal ejemplo).
5.   Ser incapaz de afrontar adecuadamente un problema de pareja y creer que la infidelidad es una opción válida para sostener un mal matrimonio (malas estrategias de resolución de problemas; por ejemplo, evitación, negación o distanciamiento).
6.   Pensar que la promiscuidad y la seducción son una manera aceptable de mejorar la propia autoestima (prostitución afectiva).
7.   Sentir que en el pasado afectivo quedó alguna relación inacabada, y por lo tanto debe completarse, o idealizar tanto el primer amor que nadie alcanza la medida (momificación afectiva).
8.   No estar psicológica y afectivamente preparado para cuando los hijos se vayan o cuando se llegue a determinada edad (desajuste en los ciclos vitales).
¿Es posible ser fiel? En las buenas parejas no cabe la infidelidad. No hay traición sino transparencia. Las relaciones que practican una fidelidad sana (es decir, no basada en el miedo, la obligación irracional o el sacrificio irresponsable) poseen la capacidad de flexibilizar el vínculo para adaptarse mejor a lo inesperado. Tienen claro qué es negociable y qué no lo es. Antes de ser infieles prefieren ser honestos y revisar el acuerdo afectivo en el que están. Jamás lastimarían intencionalmente a la persona que aman, y si en alguna discusión trivial se les va la mano, reconocen el error.
Una pareja que ha hecho de la fidelidad un motivo de goce, no se siente orgullosa ni se vanagloria de cumplir el compromiso asumido, como nadie se ufanaría de amar a un hijo. La convicción está tan arraigada que no es una obligación ni una carga, sino una forma de vida.
A estas parejas casi siempre se les ve bien. Y no es que se engañen a sí mismas o traten de aparentar, sino que están satisfechas; no están resignadas, sino contentas de estar con quien están.
Los que están enamorados y además son fieles casi nunca se aburren, porque no dejan que la chispa de la creatividad y la pasión se apague. Pueden conversar por horas, hacer el amor hasta desfallecer o jugar cartas. No importa el rubro, siempre hay un menú abierto y disponible.
Las parejas que no le apuestan a la mentira tienen la extraña costumbre de pensar antes de actuar. Saben que ante un riesgo potencial hay que poner el freno y dejar que la mente intervenga para enfriar el impulso. Conocen muy bien sus debilidades y por eso no las exponen.
Los que quieren ser fieles de corazón, mezclan amor, convicción y compromiso en proporciones alarmantes, pero sin alimentar quimeras. Son realistas de línea dura y blandengues de corazón: una combinación digna de respetar y deliciosa de practicar.
Mientras tanto, la otra mitad del mundo ejecuta el complejo ritual de fingir y engañar sin ser vistos. El ceremonial de los que ya no soportan el tedio y deciden jugar con fuego. Algunos logran su cometido, muchos otros se queman.


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